ANABEL VÉLEZ – Mujeres del rock: su historia

El aire fresco está entrando por fin por las puertas y ventanas del edificio rock. El hedor a naftalina, axe y brummel se desvanece lentamente, aunque las paredes vayan a quedarse amarillentas para siempre. ¿Y ahora? Bien por compromiso ético, bien por oportunismo y olfato comercial de las editoriales, las tornas empiezan a cambiar y las mujeres recuperan (de forma lenta pero segura) parte del terreno que les fue expropiado en el rock. Parte de esta reapropiación se está consiguiendo a través de biografías, novelas y ensayos sobre rockeras que, no habiendo gozado del favor de la industria, tenía capacidad de sobra para dejar huella.

En este discreto boom literario nos encontramos necesariamente con esfuerzos sonrojantemente fallidos, títulos aceptablemente buenos y unas pocas obras maestras que se convierten en clásicos. Ni imprescindible ni bodrio infumable, Mujeres del rock abunda con solvencia en un tema en vías de expansión sin ofrecer, eso sí, nada esencialmente revelador.

Menos de un año después de Rockeras (2017), Anabel Vélez ha escrito su tercer libro como continuación o desarrollo de aquel estimable debut, ahondando en las historias de algunas de las músicas más destacables del siglo XX y añadiendo algunos nombres menos conocidos. El resultado es, sin duda, mucho más satisfactorio que aquél, pues viene precisamente a cubrir las carencias apuntadas entonces, y que tenían más que ver con constricciones de formato que con la prosa o los conocimientos de la autora. Esta vez, podremos leer sobre Tina Turner o sobre Ronnie Spector, sobre The Slits o sobre Blondie, con mayor calma y detalle, con textos que se desarrollan dentro de un proceso histórico más amplio.

Para no repetir la fórmula que organizaba aquél, Vélez se ha valido esta vez de un estilo más narrativo, que coloca a las artistas en un tiempo y en un espacio, incluidas todas ellas en una hipotética fonoteca universal del tamaño de la biblioteca de Alejandría (¿podríamos llamar a esa fonoteca…internet?). El truco funciona, y consigue así que las hojas pasen con mayor fluidez, que podamos imaginarnos con detalle esos corredores llenos de vinilos ajados, y entendamos la magnitud de la pérdida sufrida por una Historia que no repara en perdedores.

Los registros universales, empero, todo lo igualan, y en esta historia que Vélez traza también terminan por mezclarse artistas únicas y cantantes del montón, heroínas y villanas, virtuosas y amateurs. Todas ellas parapetadas bajo un mínimo denominador común que, si bien sirve como hilo conductor, no debería construir, por sí mismo, categorías especiales ni narrativas forzadas.

En su afán por visibilizar a esas mujeres que han sido sistemáticamente olvidadas por el relato oficial, la autora dota a sus protagonistas de una importancia histórica que, en ocasiones, es más fruto de un comprensible deseo que de un análisis objetivo. De esta forma, el peso de artistas que apenas arañaron listas en el transcurrir de la historia se magnifica hasta presentarlas como auténticas referentes, sin hipótesis que podamos dar por buenas.

En contraste, apenas hay en las páginas del libro espacio para la crítica, apartando los aspectos más débiles de cada artista para realzar sus logros. Llama la atención que, según el relato construido por Vélez, casi todas las historias que terminan mal (artistas a las que timan, bandas que se desmoronan, éxito que no llega) lo hagan por factores externos y relacionados con el sexo de las protagonistas, mientras que aquellas que terminan bien (contratos, discos, influencia) lo hagan por méritos de la propia artista.

Quizá porque los matices son más peligrosos que las afirmaciones rotundas (donde el debate se encona entre partes que niegan la mayor), la autora peca por exceso y, para señalar las injusticias constantes a las que las mujeres han sido sometidas, desequilibra la balanza por medio de la exageración. En un quiebro que podría hacer torcer el gesto a cualquiera, se llega a sugerir que la grandeza de un clásico como “Be my baby” reside no en el muro de sonido de Spector sino en las voces de The Ronettes.

Son detalles como los mencionados los que denotan que, aunque imponente en datos musicales, la investigación de Vélez cojea en lo que concierne al análisis riguroso. Si Rockeras adolecía de cierta falta de profundidad, Mujeres del rock viene a ahondar en lo biográfico y artístico, pero se vuelve a quedar en la superficie a la hora de analizar y explicar el peso político y social de estas artistas.

Al fin y al cabo, no basta señalar las intenciones de una artista (o explicar el contenido de la letra de una canción) para afirmar su influencia sobre la sociedad. Ni siquiera del volumen de ventas de una canción o álbum puede extraerse que el público haya interiorizado su mensaje, o que su éxito se deba a éste y no a otros elementos. Una vez más, no es tanto que las afirmaciones de Vélez sean falsas como que su fundamento es débil o inconcluyente.

Esa debilidad teórica se intenta equilibrar con afirmaciones de trazo grueso y vaguedades (el doble rasero con el que se juzgan a hombres y mujeres, los prejuicios contra los que se enfrentan las músicas y, en especial, las vanguardistas) que pueden funcionar en ciertos espacios pero que resultan insuficientes en el contexto de un libro de esta entidad.

Aprovechándose de estas vaguedades, abundan en Mujeres del rock las hipótesis que sirven para explicar tanto una cosa como su contraria. Por ejemplo, leeremos que Suzi Quatro triunfó gracias a su actitud poderosa y rompedora, para luego nos encontrarnos con que a Betty Davis le cerraron las puertas…por estar adelantada a su tiempo. En otros pasajes, Vélez no dudará en subrayar las virtudes vocales de unas cantantes que interpretan canciones escritas por profesionales (el caso de los girl groups es el más claro), para más tarde poner el peso de sus alabanzas en autoras (Mitchell, Bush, Harvey) que no sólo cantan sino que además, y sobre todo, escriben sus propias canciones.

A medida que pasan las páginas, se hace evidente que el hilo conductor del libro (el de las mujeres en el rock) no sirve para explicar todo cuanto sucede en la industria musical, y entonces se echan de menos marcos que tengan en cuenta la raza, la clase social o la ubicación geográfica. Así, por ejemplo, si mandamases como Berry Gordy o el mencionado Spector son duramente condenados por su falta de escrúpulos para con sus subalternas, las jugarretas de estrellas como Diana Ross son observadas con mayor cautela, atendiendo a razones creativas o diferencias personales y, en todo caso, sin entrar a juzgar más de lo necesario. Todo ello resulta en una lectura inconsistente, como si la autora tuviese más interés en encontrar marcos explicativos que se adapten a su visión que en indagar en los hechos para dar con afirmaciones ciertas y verificables.

Es esta otra dimensión, sin duda más compleja, la que podría dar pie a un tercer tomo (¿por qué no?) que aborde el peso político real de estas músicas, intentando abarcar menos nombres pero profundizando más en la importancia (real, cualificable) que algunas de estas músicas han tenido. ¿Cómo se apropiaban los girl groups de las letras que otros hombres escribían para ellas? ¿Cómo contribuían The Runaways a romper con (o a perpetuar) los discursos machistas? ¿Cuál es la importancia de escribir material propio a la hora de lanzar un mensaje subversivo? ¿Qué importancia pudo tener el mensaje, poderoso pero minoritario, de Isis?

Escribir ese otro libro, el que hincaría de verdad el diente a una presa de tamaño descomunal, llevará más que un par de años de investigación y redacción. Hablamos de un área vasta en la que cada día se producen nuevos textos valiosos. Y, para hablar de ella con rigor hace falta ir más allá de los lugares comunes. Por ahora, Mujeres del rock no retrocede en el terreno ganado, pero tampoco avanza mucho más allá de la casilla de salida que ya conocemos: que las rockeras existen, que rockean duro, que valen mucho más de lo que los hombres pensamos, y que el futuro es suyo.


Lo mejor: el acierto de contextualizar la obra de las artistas en las corrientes sociales y artísticas de su tiempo.
Lo peor: se echa de menos un lenguaje un poco más audaz. ¿”Una músico”? ¿”Mujeres de color”?


Puedes leer la reseña de Rockeras aquí.
Una entrevista con su autora, Anabel Vélez, aquí.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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Entrada publicada en Juicios Injustos.

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