ESCENAS DE PELÍCULA: “Forever young” y la penitenciaría de Corazones Rebeldes

A veces me desconcierta constatar que algunos procesos se interrelacionan cuando una experiencia anecdótica se convierte en el impulso definitivo para la publicación de un nuevo artículo. La reciente revisión del documental titulado Corazones rebeldes (Young@Heart, 2017) había sensibilizado mi corazón, y deseaba compartir contigo las peripecias de sus entrañables personajes de la tercera edad. Pero la idea de exponerlo llevaba días columpiándose en ese departamento de dudas que alquila nuestro propietario el cerebro.

Casual o causalmente, una conversación, en mi mundo profesional, fue el desencadenante motivador: al rellenar los datos de una solicitud pregunté la fecha de nacimiento. A su respuesta, entendí que era en los años cincuenta. Pero escuché mal y me corrigió porque había nacido en los cuarenta (lo que le hice diez años más joven). Con familiaridad le dije: “a todos nos gustaría ser más jóvenes“. Inmediatamente negó y, esbozando una sonrisa, respondió: “no quiero revivir diez años de mi vida. He vivido grandes momentos, me encantó lo que he vivido, pero espero con ansia cada día que tengo por delante“.

Portada de la película Corazones Rebeldes

Sus afirmaciones me hicieron reflexionar sobre lo mucho que se puede aprender de una persona senil que encara la vida con esa filosofía y con una sonrisa en su rostro. Exactamente igual que la visión alentadora que ofrece este documental sobre la vejez. El decaimiento, usualmente asociado con la decrepitud, se mantiene a raya mediante la creación de un coro, la camaradería y el sentido del humor.

Corazones rebeldes plasma de forma conmovedora la aventura de unos jubilados convertidos en rockeros ocasionales (haciendo suyas canciones míticas de la historia del pop-rock), mientras ensayan para el estreno de un inminente concierto. En su itinerario nos ofrecen confidencias sobre la vida y la muerte, los amigos, la familia…el amor o el sexo. Todo ello rodeado del ánimo de unos protagonistas, con capacidad para ilusionarse y de afrontar emocionantes desafíos con su contagiosa alegría por vivir.

Pero durante la realización del documental hubo muertes. Y aunque ninguna de las dos fue una sorpresa, llegaron como un shock a un grupo que vive el presente de la manera más completa posible. Su optimismo es tan realista que aunque saben que la vida continúa hasta que deja de hacerlo, se levantan con la convicción de que el espectáculo debe continuar. El grupo conoce el fallecimiento de uno de sus compañeros, precisamente en el día programado de representación en una prisión cercana. Y su conmovedora interpretación de “Forever young“, de Bob Dylan, es inesperadamente poderosa en emoción. El momento fue tan profundo que deja sin aliento.

Esta escena, como estrella espiritual del documental, requiere de un análisis aparte. En su contenido, además de que los abuelos nos muestran su invulnerabilidad obligada por la mala nueva, fomenta un sentimiento de esperanza entre los reclusos, demostrándoles que nunca es demasiado tarde para empezar de nuevo.

La llegada del autobús al centro penitenciario un rato antes muestra un duro cerramiento de hormigón de altos y planos muros, reforzados con largos alambres de espino. El silencio de los fríos pasillos deja entrever un laberinto de celdas cuyos ventanales sólo facilitan la mirada al infinito del cielo. Los presos parecen esperar en el césped del patio con la obligación de pasar un mero trámite. El marco de circunstancias no parece el mejor de los aliados, pero en esta ocasión el poder de la música es capaz de traspasar tanto el férreo cemento carcelario como la cisma generacional entre artistas y público.

En el inicio del concierto, los miembros del coro muestran aires festivos ante un público que, vigilado por sus guardias, pasa de una fase burlona a comportarse de forma respetuosa. Pero todas las emociones se desbordan cuando el guía espiritual del coro presenta “Forever young”, y comenta el reciente fallecimiento de un compañero. El silencio ahoga hasta los sonidos salidos de la naturaleza, sólo roto por la primera estrofa cantada por uno de los miembros. Con la entrada de cada uno de los jubilados coristas, la cámara se centra en el rostro de los mucho más jóvenes presos sentados en el césped. Y su lenguaje de gestos y miradas gachas parecen plasmar sus remordimientos.

Las miradas ensimismadas hacia los ancianos de repente balbucean arrepentidas, recordando que ayer fueron dueños de su tiempo y de su vida, y una terrible imprudencia les sujeta ahora a una disciplina severa. La inhumana confusión de ideas parece detenerse cuando el coro eleva los brazos al cielo, transmitiéndoles que todavía hay esperanza. Todas esas emociones salen a relucir con un estruendoso aplauso que da paso al júbilo y al agradecimiento por la honrosa enseñanza. Los posteriores abrazos de los reclusos a los miembros del coro muestran una de las escenas más sinceras y vitales que se hayan rodado en el cine.

Corazones rebeldes es un tributo a la vida, donde sus personajes no maldicen a la muerte. Más bien tratan de persuadirla para que se retrase un poco más. Al menos hasta que la canción termine. Para ellos la música es su oxígeno. Son cantantes amateurs, y el tono y el ritmo no son trascendentales. Lo que importa es la honestidad y lo que sientes mientras lo cantas.

El coro, cantando ese “por siempre joven” de Dylan, viene a decirnos que no debe haber límites al decidir qué hacer con nuestras vidas. Incluso si llegas tarde. Para el público de presidiarios, este grupo de octogenarios no se presenta como un modelo a seguir, sino como muestra de lo que pueden hacer más adelante en su vida, formando parte de algo bueno. Todos los elementos del documental resultan decisivos para convertirlo en accesible y a la vez edificante. Y está tan repleto de entusiasmo y contagia tanta alegría de vivir que hace que te plantees si la vida realmente comienza a los setenta años. En mi realidad cotidiana, un instigador necesario dejó su granito de arena del enriquecimiento, resumiendo en pocas palabras esta lección de vida: “espero con ansia cada día que tengo por delante”.

Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
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Entrada publicada en Radiografías.

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