Sombras, selfies y tramas de palacio: EUROPE en Estocolmo

En un ingenioso giro dialéctico leído en la prensa sueca, se decía que Europe, en lugar de ser la típica banda que nos habría gustado ver en directo en su periodo de mayor éxito, es una cuyos fans de los ochenta habrían querido ver en su estado de forma actual. Dicho de otra forma: Europe son, hoy en día, mejores que nunca. Como toda opinión vertida en un debate polarizado, la afirmación es controvertida y más apta para provocar comentarios que para zanjarlos. Es un debate que, tras años y discos y giras sigue sin asentarse, pero hay al menos algunos consensos a los que podemos llegar sin tirarnos el vaso de cerveza a la cabeza.

Por ejemplo, que el quinteto de Upplands Väsby ha progresado técnicamente, con la maestría de quienes tocan en la misma banda durante décadas y se conocen como hermanos. También podemos estar de acuerdo en que Joey Tempest no canta como antaño, aunque haya sabido adaptar su garganta al nuevo sonido de la banda. Y, en cuanto a éste, seguramente no habrá debate al afirmar que la banda ha encauzado su carrera con solvencia, acercándose cada vez más a la gloria de las bandas clásicas, aunque sólo sea porque éstas se van muriendo, y a las que emergieron en los ochenta les toca portar la antorcha.

Para el resto de asuntos, podemos llegar a las manos. A las manos, sí, porque Europe es una banda importante en nuestras vidas, y esos cinco tipos y sus canciones dicen tanto de nosotros que nos tomamos su devenir como algo personal. Bien para renegar de su pasado (“me gustaba The final countdown pero sólo porque era joven e inexperto”), bien para ensalzarlo (“los discos actuales aburren a las vacas”), la evolución de Europe puede trazar la misma línea seguida por sus fans. Ellos se hacían mayores, y nosotros también. Por eso mismo, cualquier asunto que rodee a la banda acaba por convertirse en una discusión sobre esas dos etapas de agua y de aceite.

Entonces, ¿por qué seguir dando vueltas al mismo tema una y otra vez? Seguramente, porque la propia banda lo quiere así: “lo único que sé es lo que siento, y no puedo estar equivocado”, cantan en casi cada show. La audacia es un valor poco reconocido en un género musical cada vez más dado al conservadurismo. Y Europe no ha intentado reinventar la rueda, pero sí se ha ido alejando más y más de aquella primera rueda para ir a buscar otras, más robustas, más lentas, de un material posiblemente más duradero.

Por eso, y a pesar de los debates y los malos tragos, hay que agradecer el tesón y la confianza con que los Europe de este siglo han sabido reinventarse. Aunque sea a costa de sus fans. Porque, tampoco nos engañemos, muchísimas de las personas que abarrotaban el Gröna Lund en esta gira que presenta Walk the earth no venían gracias a este disco (ni los cinco que lo preceden), sino a pesar de él.

Europe han tocado en el popular parque de atracciones de la capital sueca con casi la misma frecuencia con que han publicado álbumes, y su base de fans no ha hecho más que crecer. El ambiente del lugar, tranquilo y acogedor, se presta para shows coloridos y para toda la familia, con montañas rusas y lanzaderas rodeando el escenario. El ambiente que crean Europe, sin embargo, es otro: luces oscuras, chupas de cuero negro y el machacón comienzo de “Walk the earth” extienden sombras sobre el público.

El vitoreo inicial es tremendo y comprensible, porque nuestros héroes están ahí, y eso ya es suficiente. Enlazan sin parada con “The siege”, y el entusiasmo empieza a decaer. No hacen falta sino un par de segundos de “Rock the night” para darse cuenta de que lo que mueve a las masas no son los riffs pesados de “Firebox” o “War of kings”, que agradan levemente, sino el estribillo coreable y las melodías que activan la memoria.

Por mucho que me gusten los discos de estos Europe más oscuros, no puedo más que reconocer que los temas suenan algo homogéneos, demasiado solemnes, casi repetitivos. Joyas como “Nothin’ to ya” o “Last look at Eden” gustan pero levantan al público lo justo. En contraste, cuando suenan “Superstitious” o “Carrie” la gente se viene arriba, vuelven los selfies, las grabaciones y las llamadas de móvil. Un engorro, sí, pero señal inequívoca de que en los conciertos de Europe se juntan dos mundos no siempre compatibles.

Parte de la responsabilidad es de la banda, claro, que no quiere desprenderse de su legado. Por un lado, la sobre puesta en escena parece decirnos que sí, que estos Europe son otros, más serios, introvertidos, con una historia que contarnos. Los Europe que volvieron para empezar desde la oscuridad y que publican discos que, año tras año, figuran en las listas de lo mejor del año, dan la clase de concierto para el que cualquier otra banda pediría silencio y ausencia de cámaras. Si la distinción entre alta y baja cultura no fuese una estúpida invención, se diría que estos Europe están más cerca de la primera que de la segunda.

Por otro lado está el showman Joey Tempest, que se pasea por el escenario (y hasta por delante del público, en un incómodo baño de masas diseñado para instagramers) con una sonrisa imperturbable, con gestos calculados y miradas cómplices para el público. Ésos son los Europe para las masas, los que invitan a saltar con el móvil en la mano y los que quieren ser más populares que nadie.

Y en ese movimiento esquizofrénico se balancea todo el show: ni la banda hace lo que realmente quiere, ni le da al público lo que verdaderamente ha venido a escuchar. A pesar de que el setlist lo dominen los Europe que cuentan historias épicas y tramas de palacio, el ritmo es más propio de los Europe festivos de “Ready or not” o “Sign of the times”. En esos momentos se ve claramente que, por muy buenos que sean los Europe actuales, por muy inspirado que esté Norum en su faceta bluesy, están aún lejos de alcanzar himnos cuyos solos uno pueda cantar de memoria. Cada vez que la banda mira por el retrovisor, la audiencia se rebela, monta en júbilo. Pero es en vano, porque los suecos tienen su propia hoja de ruta, y la siguen casi a rajatabla.

Tempest se sale del guion de cuando en cuando, olvidándose de las muletillas en inglés para sus giras mundiales (“sing for me…”, “one more time everybody”, y otros clásicos del manual del buen frontman), y retornando a su idioma materno para dedicar unas palabras al público. Agradece entonces el apoyo constante a través de los años, en lo que parece el único momento dejado a la improvisación. Y es que convertirse en la cabeza del león implica, también, hacerse mejores actores, aprenderse mejor sus roles y saber dar conciertos sólidos e iguales, como dos gotas de hormigón. Por eso, a medida que avanza el concierto se instala en mí la certeza de que su concierto en la Estocolmo natal no va a ser sustancialmente diferente del que dé unas noches más tarde en Londres, en Madrid o en Sidney.

Lo único que cambia son las caras de las primeras filas (las de atrás son ya masa informe para las bandas que venden tickets por miles), que alternan indiferencia o alegría según sus propios gustos y expectativas. Salvo al final, donde no hay lugar para la frialdad: en Estocolmo, “The final countdown” pone a botar a la gente igual que lo hará en Londres, Madrid y Sidney, gracias a una melodía que, por más que se odie, sigue disparando nuestra adrenalina como un resorte.

Ahí se olvida cualquiera de elecciones de repertorio dudosas, de paradas excesivamente largas o de un solo de batería innecesario. Da igual. Porque, cuando vuelven a sus superventas, Europe nos reconcilian, nos devuelven al pasado y responden a la pregunta de quién ocupará el puesto de las bandas clásicas cuando éstas nos hayan dejado.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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Entrada publicada en Encuentros.

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