GRETA VAN FLEET – Anthem of the peaceful army: himnos en probeta

Come in here, dear boy, have a cigar,
You’re gonna go far,
You’re gonna fly high,
You’re never gonna die,
You’re gonna make it if you try,
They’re gonna love you.
I’ve always had a deep respect and I mean that most sincere;
The band is just fantastic, that is really what I think,
Oh, by the way, which one’s Pink?

Hace ya más de cuarenta años desde el encuentro, probablemente ficticio, que Pink Floyd relataba en “Have a cigar”. En voz de Roy Harper, un señor con corbata y puro (probablemente un ejecutivo de una discográfica) acercaba la miel a los labios de un descreído Roger Waters al que le prometían ganar mucha pasta de manera muy sencilla: déjanos modelar tu banda, y la cuenta corriente engordará rápidamente.

Los señores con corbata y puro en la boca han existido incluso antes de las corbatas y los puros existieran, y puede que éstos sigan existiendo mucho después de que la tan anunciada muerte del rock and roll se haga efectiva. Hasta que eso suceda, podemos tener la certeza de que, en alguna oficina de alguna ciudad de los Estados Unidos (New York, Los Ángeles, Nashville), hay unos ejecutivos hablando con el siguiente grupo de chavales a los que envasar y comercializar. En una de esas oficinas, alguien ofrece un puro habano y pregunta: “por cierto, ¿quién de vosotros es Greta?

Detrás del nombre de Greta Van Fleet hay cuatro jóvenes de Míchigan, y delante tienen a miles de personas que, como ludópatas desesperados frente a una ruleta, han apostado todos sus ahorros emocionales a una banda con un solo EP en su currículum. Una sola canción, colocada estratégicamente en esa nueva lanzadera de talentos que son las series de televisión, fue suficiente para darlos a conocer. Suficiente para que, aún sin haber publicado Anthem of the peaceful army, la banda creciese de bares a salas y de salas a pabellones, al tiempo que su caché seguía inflándose sin aparente techo.

¿Hay para tanto? Greta Van Fleet son, en realidad y pese a todo, una buena banda de rock. Cumplen diligentemente con el abecé de la ortodoxia del género, y la ejecución de sus respectivos instrumentos es tan solvente como la de cualquier otra formación de rock duro. A base de imitar el sonido general y la técnica individual de Led Zeppelin, han conseguido una copia casi perfecta, imperceptible ante oídos inexpertos. Por si fuera poco, tienen un repertorio de canciones muy estimables que, seamos honestos, calificaríamos de obras maestras de haber sido firmadas (o incluso compuestas) por Page y Plant.

Al hablar de música, sin embargo, la música no lo es todo. De forma expresa o tácita, reconocemos que hay cierto valor en que una banda sea pionera en un estilo, que un guitarrista sea influencia directa de toda una generación de músicos, que un artista rompa las normas establecidas para crear un lenguaje propio, o que un intérprete sea también compositor de sus canciones.

Quizá sería justo decir que a las bandas y a su música hay que considerarlas en sus propios términos, independientemente de parecidos y contextos, disfrutando de la música libre de condicionamientos. Pero a veces tal cosa no es posible. El condicionamiento con el que nos acercamos a Greta Van Fleet es precisamente la expectación (hoy se le llama hype) que ellos mismos han contribuido a extender.

Greta Van Fleet son, más que una banda, una referencia. Una exhibición de parecidos y espejismos. Un ejercicio de comparación tan odioso como al que se tienen que enfrentar dos gemelos idénticos. Por desgracia, a la nueva esperanza del rock and roll sólo se la puede considerar en comparación con la nueva esperanza del rock and roll de hace cincuenta años.

Lo que Greta Van Fleet y sus representantes parecen olvidar, sin embargo, es que si los nuevos Led Zeppelin sonaran como los viejos Led Zeppelin, su lugar en los libros del rock estaría entre las notas a pie de página. Por muy bien y en su sitio que suenen los temas de Anthem of the peaceful army, no nos engañemos: nadie va a salvar el rock haciendo exactamente lo mismo que se hizo medio siglo atrás.

¿Y si Greta Van Fleet no son más que una banda que busca entretener? Como puro entretenimiento, a la banda estadounidense no tiene reproche, porque su primer LP es disfrutable de cabo a rabo, y sólo unos oídos con mala fe se atreverían a decir que los once cortes de Anthem of the peaceful army son malos. Más bien al contrario. No me cuesta reconocer que “Age of man” me arranca un placentero escalofrío cuando conjura teclados, guitarras y voces estratosféricas. Tampoco oculto que el disco se me hace más amable con cada escucha, o que incluso llego a olvidarme de los parecidos evidentes con una de mis bandas favoritas.

El equilibrio es casi perfecto. Aunque tengamos el oído acostumbrado a los riffs y redobles de canciones como “Lover, leaver” o “When the courtain falls”, hay que admitir que la ligera épica de guitarras acústicas y atmósferas oníricas de “Anthem” o “You’re the one” aún no la había explorado casi nadie. La aportación de Greta Van Fleet al vastísimo catálogo de bandas retro de este siglo es, en ese sentido, equiparable a la de cualquier otra.

Y, sin embargo, algo no funciona en esta ecuación clínicamente testada. La sensación de que este muro de sonido es en realidad de cartón piedra impregna la experiencia auditiva. Podríamos comprar que estos cuatro chavales han mamado el rock clásico de forma tan exhaustiva y obsesiva que, llegados a la mayoría de edad, ésta es la música que les sale de forma natural. Pero cuesta mucho más esfuerzo aceptar que, desde el vestuario hasta los gimmicks de su cantante, el tiempo se haya parado en Greta Van Fleet unos treinta años antes de que sus propios miembros nacieran.

Al fin y al cabo, si bien la música es atemporal y apela a generaciones diversas por igual, las circunstancias socioculturales que cincelaron el sonido y la imagen del hard rock clásico hace tiempo que dejaron de existir. Por eso, es del todo improbable que el repertorio lírico del que tira Anthems of the peaceful army sea tan flagrantemente similar a las que la banda de “Immigrant song” creó en su momento. Por la boca de Josh Kiszka oíremos mamma’s y gemidos, historias con aroma mitológico y metáforas sexuales que, si en los sesenta y setenta hubiesen alborotado y embaucado, hoy en día hieden a impostura.

Es cierto que todo arte tiene ciertas dosis de robo y reciclaje. No hay creación musical impermeable a culturas, sonidos e influencias. Y, en el caso del rock, éste se ha convertido en un estilo tan autorreferencial que el valor de la música está tanto en lo que en ella hay de original como en lo que la ata a sus propias raíces. Pero, siendo sencillo reconocer las influencias que han permeado en Greta Van Fleet, cabe preguntarse qué tienen de original, qué había en esa banda más allá de un cascarón.

Preguntas que no valen mucho. A fin de cuentas, no importa que ese cascarón esté realmente vacío, porque los números dan la razón a los ejecutivos en sus oficinas. En el momento de escribir estas líneas, entradas de veinticinco o treinta euros para ver a Greta Van Fleet se venden en el mercado secundario por precios que alcanzan los tres dígitos. Nadie se sorprenderá si, para cuando anuncien su próxima gira, los tres dígitos van en el precio de salida.

Para bien y para mal, la escucha de Anthems of the peaceful army recupera debates nunca cerrados sobre la autenticidad, la creación artística, la originalidad y el cálculo comercial. Greta Van Fleet y su meteórico fenómeno son, en última instancia, la prueba fehaciente de que no hay nada imposible para el mercado de las emociones y la nostalgia. Igual que hemos creado una inteligencia artificial capaz de componer canciones, colaboraciones musicales entre personas de épocas distintas y hologramas que salen de gira, podemos encontrar bandas que clonen a otras. Siempre y cuando haya alguien dispuesto a comprar el producto.


Lo mejor: que, detrás de las grandes pretensiones, hay algunos buenos temas.
Lo peor: ¿es éste el futuro que queremos?


Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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