Supremacía de la escuela canadiense: ROCKINGHAM 2018

Nottingham, en el corazón de Inglaterra, alberga un firme pasado industrial, y una historia con un personaje mítico medieval que te llevará de su mano para conocer esta austera ciudad universitaria (Robin Hood vivió sus hazañas por estas tierras). La ciudad se enorgullece de su arquitectura victoriana, su castillo y sus excéntricos pubs. Pero, para quienes se deleitan con la música en vivo, hay una razón para peregrinar a este destino que multiplica por infinito su atractivo turístico: Rockingham, el festival de AOR y rock melódico más atractivo de Europa.

A lo largo de su trayectoria, el festival se ha ido fortaleciendo a pesar de la controvertida decisión de trasladar, desde su segunda edición, su sede desde el mítico local Rock City a la sala de la universidad de Trent. Polémica que, por algunas voces, se sigue alimentando a cualquier puntual anomalía surgida desde la mesa de sonido. Pero quienes, octubre tras octubre, hemos venido observando sus mínimas irregularidades y sus múltiples logros, lo mismo en primera línea de flotación que a través de la mirilla, hemos podido constatar otra cosa. A las primeras, y frente al ruido de sables, se han aportado convincentes soluciones, mientras que los segundos han quedado sepultados por el silencio de la normalidad y la humildad de sus organizadores.

A principios de año, y después del ansiado anuncio del cartel, unos cuantos apasionados del Rockingham coincidíamos en la siguiente reflexión: en esta cuarta edición parecía buscarse el equilibrio perdido (tras unos años donde prevaleció el carácter innovador y las formaciones consolidadas de nuevo cuño, por encima de la calidad de bandas clásicas consagradas de antaño que conviven al margen de la actualidad). En realidad siempre se han dispuesto carteles de esas características, pero con confirmaciones muy puntuales y sin la equidad de la diversidad de escuelas. En esta ocasión, y unido a los variados estilos y currículum de las formaciones, se ha conseguido un reparto más cohesionado, junto a unas actuaciones que, en general y excluyendo la primera jornada por desaciertos técnicos y la lógica bisoñez de algunos nombres, han resultado irrefutables.

La prolífera escuela británica sigue abanderada por una nueva generación de formaciones de hard rock que trabajan sin desmayo ante el reto de mantener vivo un género que busca reencarnarse. Y en plena resurrección se encuentra Mason Hill. Los escoceses tuvieron la compleja tarea de comenzar el festival. Sin cohibiciones y directos a nuestra pulpa deslizaron sus poderosos y sensuales riffs melódicos, producto de mezclar sonidos clásicos con actualizados pero concebidos para infectar en esta edad moderna, acalorando el escenario como un amante clasificado X. La banda fue muy bien acogida y puso un listón alto durante el resto de fin de semana.

Posteriormente, las exhibiciones de Departed y Bigfoot, ambas formaciones dando un puñetazo en la mesa, demostraron por qué esta escuela fue la pionera y quiere seguir manteniendo su reinado. Los primeros nos dejaron el poderío vocal de Mark Pascall y su ingeniería instrumental, donde la energía agarraba con fuerza a la melodía, y sus sonidos calientes llenaron de vibraciones positivas el resto de la jornada.

Los segundos, con sus intensas capas de guitarra que se hicieron cargo de la interacción, junto a un ritmo palpitante, y su frontman Sean Seabrook cantando apasionadamente y atreviéndose con todo, mantuvieron al auditorio durante todo el conjunto sudoroso de cuarenta y cinco minutos que parecieron un simple sollozo. La musicalidad corría a cargo de Mick McCullagh y Sam Millar, reproduciendo el sonido característico de dos guitarras que tocaban patrones sobrios y fluidas armonías. Sam azotaba su guitarra como un huracán sobre el escenario, y el fuego de su talento incendiaba a un auditorio que lo recordará como uno de esos músicos destinados a liderar a su generación.

La mínima representación de la escuela centroeuropea tampoco pudo lucir sus virtudes como hubiera querido. La adaptación de los técnicos en la jornada inaugural no tuvo piedad con los integrantes del cartel, y los alemanes Pink Cream 69 estuvieron entre los damnificados. Su instrumentación, de hard rock poderoso de corte épico, quedó sepultada ante una abrumadora muralla sónica totalmente resquebrajada, donde solamente en escasos momentos pudimos disfrutar de la voz de un Dennis Readman soberbio, que nunca cayó en el histrionismo o la caricatura, aunque en el terreno visual aún le quede mucho camino por recorrer.

Misma consideración técnica con el representante de la escuela australiana Massive que con los teutones. Aunque en su caso, la devastación de indiferencia provocada tuvo más que ver con un trabajo en un callejón sin salida que por las condiciones sonoras. Su testimonio de inspiración solo se encontraba con la transpiración. Sus sonidos redundantes de hard rock primigenio tenían casilla de salida pero nunca de llegada a la meta. Tampoco las versiones “TNT” y “Highway star”, que por imperativo legal soportamos en los últimos tiempos, enchufaron a la clientela.

El método yanqui maneja pluses escénicos que por idiosincrasia o por inadaptación no utilizan otras academias. Y, en ocasiones, el anuncio de la entrada de una banda americana se produce como si fuera un combate de lucha libre. La noche y el festival culminaron con la actuación de Warrant, que subieron al escenario por asalto. Nunca es fácil ponerle la guinda al pastel de un extenso programa, pero Robert Mason y la formación original, con su hard rock USA, lograron con facilidad derribar el muro emocional de un auditorio que ya venía de casa con los bolsillos repletos de predisposición.

Sólo tuvieron que pulsar el botón de sus hits de algodón lila, media docena de trucos efectistas, su solidez instrumental y un frontman que se encargaba de ocultar cualquier inapreciable carencia. La voz ardiente de Robert era más notable en la energía que en la sutileza lírica, pero su desborde escénico rebasaba cualquier frontera de la retroalimentación. Suyo fue el final de fiesta, como lo fue la noche anterior, y con la más estruendosa ovación de toda la edición, de sus compatriotas Tokyo Motor Fist. El proyecto de bolsillo invitaba al escepticismo. Pero en este caso un recorrido rápido a los nombres sobre el escenario generó esa expectativa de cambio de lo profano a lo sagrado.

Mientras las escasas canciones del proyecto abordadas representaban lo profano, los hits inmortales que concibieron Rainbow, Ted Nugent, Trixter y Danger Danger y escogidos por los sabios actuantes Greg Smith (bajista de Rainbow y Ted Nugent), Steve Brown (guitarrista de Trixter) y Ted Poley (vocalista de Danger Danger y figurante necesario del proyecto), eran el camino sagrado que mostraba la verdad del rock melódico. La cadencia de sus espléndidos coros y la excelsa ejecución instrumental sólo era la prueba palpable del tópico de los tópicos: “dónde hay músicos hay música”. Ted Poley sigue estando a la altura de su fama. Aunque su voz aguda aniñada indique intrascendencia, sus intervenciones escénicas siempre son prodigiosas.

Igualmente portentosa fue la voz de Robbie LaBlanc, magnificando los temas de su proyecto Find Me. El vocalista alternó la chisposa ligereza con la honda emotividad. La inocencia mostrada durante la lectura de presentación de los músicos que completaban la banda era indicador del nulo ensayo. Ni siquiera conocía sus nombres. Pero, aunque haya un reproche a los sonidos pregrabados, también hay una felicitación al clima creado, a la energía positiva y a todas las auras artísticas que se fusionaron en el dulce aroma de las melodías que limpian el alma. Mi atrevimiento me incita a afirmar a que Robbie fue el vocalista más notorio de este Rockingham.

Pero no todos los americanos armonizaron con el auditorio con actuaciones superlativas. Los hermanos Nelson murieron en el intento, brindando un cambio de estado de ánimo de su rock melódico/AOR hecho en casa y con el freno de mano puesto, a electrificarlo y ponerlo a la máxima velocidad en la calle escénica. Tres guitarras en el escenario abruman por su sonido blindado. Quizá esa acorazada muralla sónica produjera un efecto lineal que, además de ocultar la belleza de sus armonías vocales, desconectaba de la esencia de las canciones. Pero el caso es que el sol instrumental pegaba tanto en la cara que no parecía posible encontrar algo de sombra. Así que sonreímos de satisfacción con el tributo al fallecido John Spinks con “Your Love”, de los británicos The Outfield, y renegamos del mundo con las enésimas versiones “Whole lotta love” de Zeppelin y “You really got me” de The Kinks.

También renegamos de los técnicos de sonido ante la actuación de las americanas Vixen. Su show teatral de cálculo algebraico, que convive mejor con la pose y las sonrisas premeditadas que con el poso y la espontaneidad, dejó más vítores que indiferencia. Sus hits de fm son la solución a cualquier problema. Aunque para problema el decepcionante comportamiento de Janet Gadner. Vocalmente tocada (¿será decadencia o es una crisis pasajera propiciada por su reciente enfermedad?), pasó muchos apuros y se percibió una desmotivación infecciosa.

Por otra parte, su nueva guitarrista Britt Lightning escribe con sus notas de color la poesía que las canciones demandan. Al contrario que Gina, que con sus notas de escalas incontroladas, emborronaba su esencia hasta ensuciarlas. Pero tampoco hay que olvidar que sin Gina y su dinamismo se ha perdido el efecto que contagiaba a sus compañeras a dar algo más que estar.

“Estar” es el verbo que mejor complementa a la escuela sueca. Ellos han estado a las duras y a las maduras en épocas donde los demás habían sepultado estos estilos. Pero su perseverancia no puede ocultar la actual frialdad y sobresaturación de sus productos. El paradigma de las enseñanzas suecas en general aporta más en lo cuantitativo que en lo cualitativo. Su realidad es restrictiva en la búsqueda del pedigrí y no ofrece esperanza.

La esperanza que sí teníamos con los jóvenes Creye, que encabezaron el acta de la jornada de clausura y agotaron existencias de su nuevo cd en el merchandising. Pero la perdimos al comprobar que su sonido de centrifugadora se convirtió en un atasco de puerta giratoria. El estudio es un traje hecho a medida y el directo es la verdadera medida del traje. Y si existe inexperiencia no hay sastre que lo arregle. Aunque haya materia prima hay que darle forma con ensayo y aprendizaje. Sorprendió, al menos, un frontman vocalmente impecable pero escénicamente irrelevante.

Como intrascendente y hasta grotesca fue la actuación de sus compatriotas Wildness. Si la parte fundamental de tu propuesta musical (teclados y coros) está pregrabada, demuestras argucia. Si ni siquiera acudes al paripé de los micros, demuestras negligencia. Su rendimiento fue tan cómico como altamente inadmisible.

Y del germen principiante pasamos a la semilla curtida. La cátedra canadiense siempre atestiguó un estilo refinado, con la sencillez elegante de los adornos instrumentales de las canciones, y mucha clase en el epicentro de las melodías. Pero todo esto luego hay que llevarlo al ruedo con manifiesta prestancia. Y ¿qué podemos decir de dos de los máximos exponentes de su país en los sonidos AOR? Simplemente perfección.

Boulevard proporcionó un contraste completo de un conjunto musical sofisticado (incluido un puntual coro de góspel), donde los solos de saxo de Mark Holden nos acercaban a los sueños místicos, y la voz, de terciopelo de alma de David Forbes, nos despertaba a la realidad. Cerrabas los ojos y podías sentir que la atmósfera de una canción se caía sonoramente por una cascada. Y, cuando se desactivaba la instrumentación, la música te envolvía en una vorágine de efectos hasta salir a la calma de las aguas abiertas. Una vez más el auditorio se sintió atraído por la sensación de intimidad, la interacción en el escenario, la calidez instrumental y los solos de buen gusto.

Hasta que llegaron sus compatriotas Glass Tiger y rebasaron en unos milímetros el límite de la excelencia. Su inclinación por las melodías pop-rock se ven fortalecidas por su dulzura y su ingeniosa composición. El estilo vocal medido de Alan Frew, con fraseo variado e incisivo, sumado a los suaves subtextos de teclado y a los toques conmovedores de guitarra de All Conelly, completa una sensible mezcla musical de pura porcelana, donde todo está entregado con un gran talento. Alan no sólo puede cantar los sonidos más crudos con la misma distinción que las baladas delicadas, sino que también tiene carisma y con su presencia llena el escenario. La pulida formación golpeó impecablemente nuestros expectantes oídos durante sesenta minutos, con una música que parecía ser ejecutada con el único propósito de bombear la sangre de nuestras emociones.

Sin emoción pero con final polémico, la actuación de los daneses Pretty Maids iba a tener, paradójicamente, más resonancia por lo que no fue que por lo que fue. Los más duros del cartel, y últimos representantes de la escuela nórdica, hace ya tiempo que desprenden una profesionalidad de oficina donde no existen los errores pero donde tampoco se distinguen los aciertos. Su burocracia escénica ahoga la libertad de lo espontáneo, y, esa actitud de cumplir el horario de forma rutinaria con la ley del mínimo esfuerzo, sólo parece tener la motivación de su salario. Cualquier análisis de un show de un estilo como el suyo, representando sólo lo correcto con cero de hambre y actitud, quedará mediado por la dictadura del gusto personal del fan.

Hasta las castigadas cuerdas vocales de Ronnie Atkins, cuya expresión facial en algunos pasajes desnudaba su sufrimiento, se han adaptado para no desviarse del sendero más seguro a la cima. La controversia llegó cuando un “anónimo”, en el cenit del tema “Love Games”, desconectó los instrumentos y salieron los roadies rápidamente a gestionar la siguiente actuación. La sorpresa fue mayúscula y, a partir de ahí y con el lógico descontento de los asistentes, se desataron todo tipo de especulaciones. Las redes sociales echaban humo y se alimentaban teorías, con visos de verdad absoluta, que rayaban en lo esperpéntico. ¿El morbo nos iba a devolver los minutos perdidos? La única realidad es que el desplante fue una falta de respeto tanto a la banda como al auditorio.

Ahora bien, la organización, con Rich a la cabeza, escribió un comunicado en el que se responsabilizaba del hecho, aunque se desmarcaba de ser quien diese la orden. Explicación de obligado cumplimiento pero con un contenido que le honra. Aunque lo más inverosímil fuera que algo anecdótico cobrara una relevancia tan exacerbada que hasta oscureció el resplandor de un grandísimo festival. ¡Con qué facilidad nos sale la crítica y qué difícil son las palabras de reconocimiento!

Esta cuarta edición nos dejó actuaciones tan memorables que sin duda permanecerán en nuestra memoria para siempre. Y a todo ello hay que añadir que tanto el promotor como sus colaboradores se han volcado en la comodidad de los asistentes y en que todo transcurriera por los cauces normales. Aunque indiscutiblemente haya habido anomalías.

En un evento de tres días es fácil que sucedan hechos adversos que no estaban previstos en el guion. Pero quienes lo hemos vivido, hemos percibido cómo se afanaban en corregir cualquier irregularidad. Es un hecho objetivo que los técnicos de sonido no estuvieron acertados en la jornada del viernes. Pero los problemas de sonoridad se subsanaron en la del sábado, y, en la del domingo, salvo en formaciones de menos peso, estuvo a la altura que se esperaba.

Este festival se ha convertido en la bandera del AOR. Ese reducto irrenunciable que nos queda para seguir alimentando nuestras pasiones. Evidentemente la subsistencia de Rockingham depende de que su organización haga autocrítica y corrija sus errores. Pero también de que su auditorio sepa comprender el esfuerzo que supone organizar un evento de tamaña dimensión. Pongámonos pues de acuerdo para seguir remando en la misma dirección.


Puedes leer, siguiendo los enlaces, las crónicas de las ediciones de 2017, 2016 y 2015.

Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
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Entrada publicada en Encuentros.

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