JOE HAGAN – Sticky Fingers: 72 años de desplantes, excesos y logros de Jann Wenner

Docenas de horas de conversación con Jann Wenner, acceso exclusivo a su archivo de quinientas cajas de cartas, grabaciones y fotografías y más de doscientas cuarenta entrevistas a personas cercanas. El resultado: Sticky fingers, un exhaustivo tomo de setecientas páginas que, con una afilada objetividad, narra la vida y época del amo y señor de la revista Rolling Stone.

Cuatro años de síntesis y una prismática perspectiva consiguen que, superada la necesaria narración de la infancia de Wenner, el lector menos atraído por la figura del editor acabe enganchado a su devenir, guiado por su ambiciosa y voluble personalidad. Alternando anécdotas decisivas para su vida y la de algunas estrellas -Mick Jagger, Bob Dylan, John Lennon, Bono, Hunter S. Thompson- con hechos históricos en los que su revista o, directamente, él mismo influyó (como convertir la tragedia de Altamont en el simbólico final de la década psicodélica a base de columnas, titulares y portadas descaradas), Joe Hagan narra una vida llena de excesos, logros y baches. Y lo hace con tal detalle que parece haber sido la sombra de Wenner.

Hagan, si bien evita opinar, se deja poco en el tintero. A través de voces testimoniales conocemos a un Wenner materialista, aprovechado, traicionero, trepa, engatusador, drogadicto y apasionado. En tanto que lo presenta como poderoso creador y propulsor de estrellas, un tipo que de niño apenas se interesó por la música, se esmera en contar lo que había detrás: un ingente rastro de rencores, decepciones y deudas. Entretanto, contextualiza siempre que el momento histórico explica o enriquece el relato: del liberador consumo de LSD al resurgimiento absoluto de las viejas estrellas por empuje del Salón de la Fama del Rock and Roll, pasando por la paranoia fruto del escándalo Watergate y la imparable irrupción de la cocaína.

La imagen más común de Jann a finales de los sesenta era esta: sentado en su silla giratoria esnifando una raya de cocaína.

La figura de Wenner, tal como se describe, provoca los mismos sentimientos que los villanos de la cultura popular: repugna y fascina. Es un despiadado magnate de prensa con una infantil debilidad por la muerte de las estrellas a las que admira. Alguien que se vendía al mejor postor pero se deshacía en halagos irracionales sobre sus ídolos. Llegó lejos, no sin retirarle la palabra al biógrafo tras leer esta poliédrica y mordaz historia de su vida.

Wenner sólo era lo que su madre había hecho de él, un chico de trece años herido.

No es un libro ligero. Sticky fingers es un libro serio, contrario a la mitomanía, tan detallado que abruma, escrito en un tono académico ajeno a la bibliografía rockera, pero es tan revelador, vasto y sincero que resulta difícil de abandonar. La presencia de figuras tan populares como Yoko Ono, Paul McCartney, Pete Townshend, Robbie Robertson, The Eagles, Jerry García, Annie Leibovitz o Truman Capote, y giros históricos como la elección de Trump como presidente (el triunfo absoluto de la estrella, del personaje, de la portada), suponen un continuo estímulo.

Cada uno de los sitios a los que Jann acudía estaba impregnado de historias, publicadas o no publicadas, que lo convertían en objeto de reproches y críticas.

Sticky Fingers es interesante a lo largo todas sus numerosas páginas. A un habilidoso Hagan no le cuesta pasar de detallar una importante operación económica a narrar una fiesta en la que añadieron LSD al ponche, provocando que Marc Bolan se encerrara emparanoiado en el baño. Es tan dinámico y salvaje como los hechos que han rodeado siempre a Jann Wenner y su influyente revista. Es sorprendente, y largo, y entretenido. Es una apuesta editorial fuerte, pues provoca reflexión. No es lo que se suele encontrar en el expositor de la sección musical. Es, quizá, lo que estés buscando.


Lo mejor: que no se corta en desmitificar ni al protagonista ni a quienes lo rodearon.
Lo peor: que la posible falta de interés por Jann Wenner en España haga perderse al público una biografía que va mucho más allá.


Edgar Corleone
A la música le dedico la mayor parte de mi tiempo pero, aunque el rock me apasiona desde que recuerdo, no vivo sin cine ni series de televisión. Soy ingeniero informático y, cuando tengo un hueco, escribo sobre mis vicios.

Tres nombres: Pink Floyd, Led Zeppelin y Bruce Springsteen.
Entrada publicada en Juicios Injustos.

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