Juego de niños traviesos: KINGSBOROUGH y JETBONE en Estocolmo

Lunes, 19:00h. La noche de americana presenta un doble cartel en una sala demasiado optimista para un laborable de otoño. Uno de los mánagers de la gira me reconoce que aquí no hay matemáticas válidas. “No entiendo nada. El otro día llenamos en una sala de 140 personas en un pueblo, y hoy, en Estocolmo…”. Tampoco hay forma de saber cuándo será agosto en el puesto de merchandising: “a veces vienen diez personas y las diez se van a casa con disco y camiseta, otras veces vienen ciento cincuenta y sólo diez compran alguna cosa”.

Claro que ya sabemos que, para quien lleva el rock and roll en sus venas, tocar frente a 20 personas puede ser tan vitalizante como hacerlo frente a 20 000, cero arriba o abajo. Jetbone y Kingsborough son dos de esas bandas. “Llámanos e iremos a tocar”, dice la tarjeta de visita de los suecos. Y el hambre de escenario que demuestran es tal que parecieran dispuestos a pagar por tocar.

Esta noche en la Melodybox, una sala en medio de la nada residencial de Estocolmo, no hará falta llegar a esos extremos, pero la sensación es más bien de fracaso. Demasiada poca gente para una propuesta tan atractiva. Porque a Jetbone es posible que ya lo conozca mucha gente en la capital sueca, pero la banda que abre delante de una docena de personas (algunas más llegarán a lo largo de la noche) llega desde los Estados Unidos como un secreto deseando ser descubierto.

Vienen de la zona de San Francisco, aunque huelen a Nashville. Tras un retraso de unos quince minutos “por si llegaba alguien más”, Kingsborough se presentan ante una sala tirando a vacía, con la ventaja de tener todo que ganar. Prácticamente nadie los conoce, y eso, en este caso, juega a su favor.

Está aceptado que cualquier banda medianamente honesta gana en directo. Que, por muy bien que suene un disco, la energía de unos altavoces y la presencia de los cuerpos mejoran cualquier producto enlatado. Pero hay bandas que directamente transforman ese producto en algo completamente distinto. Pienso en nombres como The Delta Saints o Wild Adriatic, que convencen a cualquiera sobre un escenario sin por ello tener que hacerlo en una grabación.

Kingsborough entran en ese mismo saco. Si, en estudio, los temas de su nuevo lanzamiento, titulado 1544, se presentan como un estimable rock and roll con ramalazos modernos y riesgo limitado, en directo multiplican su efecto. Los riffs son más pesados, las intensidades se intercalan sin llegar al cansancio, y las armonías vocales toman nuevo protagonismo.

Visualmente, y sin hacer nada especialmente remarcable, también enganchan. El líder de la banda, a la que da nombre, acapara la atención con una natural simpatía con forma de permanente sonrisa. Cómodo en su rol de narrador de historias, Billy Kingsborough se pega al micrófono y sólo lo deja cuando los excelsos pasajes instrumentales del cuarteto toman relevancia. Entonces se deja llevar en éxtasis, disfrutando del empaque alcanzado.

Todas esas cualidades se dejan ver una y otra vez a lo largo de los cincuenta minutos que dura el bolo. En la pegajosa “Low down”, por ejemplo, que juega en la liga de Rival Sons, y cuyos “oooh, oooh” consiguen contagiarse desde el escenario hasta la barra del fondo. También en el épico single “Subtle lines”, que resalta las guitarras dobladas y los coros perfectamente ajustados.

Tampoco es todo impecable. La consabida versión de “Whole lotta love” (¿de verdad hacía falta?), poco más que correcta, funciona mejor como exhibición que como rompehielos. Son siempre las versiones las que levantan al público, pero en este caso la química que provoca combustión está en el repertorio propio, como la festiva “Till the road ends”, que arranca una espontánea reacción del público, cada vez más numeroso.

Para cuando Jetbone salen a escena, el aforo máximo está aún lejos de alcanzarse, pero la sala ya tomado algo de color, y los aplausos suenan como los de una respetable multitud. El quinteto de Sundsvall hace ya unos meses que lo dejó todo (trabajos, parejas) para dedicarse exclusivamente a la música, y en ese largo camino hacia la cima del rock and roll, se plantan como el conjunto sueco que más conciertos ha dado: alrededor de doscientos el año pasado.

Cuando los primeros acordes salen de los amplis, apretados en las esquinas para amortizar el espacio de la forma más eficiente posible, se le percibe a la banda una personalidad marcada. Hay en estos tipos una traza de urgencia y de locura, como si, una vez subidos al escenario, dijesen “¡a la mierda! y decidiesen echar el resto, dar lo mejor de sí para un concierto que podría ser el último.

Pero esa urgencia y locura está ahí noche tras noche. Y, en lugar de un in crescendo de intensidades y emociones, lo que Jetbone dan es un clímax perpetuo de hora y pico. En su mezcla de estilos, parecen querer abordar funk, soul, rock and roll y blues sin perder ni un segundo, atropellándose a sí mismos y a quien pillen en el camino. No hacen prisioneros, porque su música es liberadora, como despelotarse en mitad de una fiesta de etiqueta.

No llevarán más de tres canciones cuando pienso, “éste debe de ser el tema con el que cierran”. Pero no. Tras cada canción, se sube la apuesta. Cuando parece que ya han llegado al culmen, sube el volumen, se acelera el tempo, y los movimientos se multiplican. Como niños malos que se niegan a madurar, Jetbone suben cada peldaño como buscando una nueva gamberrada.

Sebastian Engberg aporrea su instrumento mientras saca la lengua y pone cara de sufrimiento, como el guitar hero que no es. Gurten Sjödin, en el centro, se empeña en alzar su bajo hasta tocar el techo y en tocar de la forma más salvaje posible, y el resto le sigue el rollo, sin saber exactamente hacia dónde va su pequeño tren descarrilado. La premisa, aunque no expresada, es clara: no parar, seguir hasta que no quede nada por arrasar a su paso.

En un momento dado, el guitarrista y cantante Alin Riabouchkin se toma un par de minutos para recordarnos que eso de ir a trabajar de lunes a viernes es una lata. Hay una adjetivo en sueco, intenta explicar en inglés, que significa “pesado, indeseable”, que deriva directamente de la palabra trabajo (“jobb”) y que se traduciría como “trabajoso” (“jobbigt”). ¿Coincidencia? Claro que no. Tampoco lo es que, en inglés, la música no se toca (“touch”) sino que se juega (“play”). Y así es su concierto: un juego constante por ver quién se divierte más.

No tocan ni una hora y cuarto, pero sus canciones son tan compactas y leves como las de una banda de punk, y da tiempo para mucho. Repasan su tercer disco, Come out and play, y se acercan a sus anteriores trabajos con piezas como “Everybody needs somebody to love” o “Fifth time loser”. Todas suenan a clásico.

La sala se les queda grande, pero el escenario es a todas luces demasiado pequeño. Los tres miembros que están al frente con sus guitarras y micros se mueven en su metro cuadrado como bestias enjauladas, y los bandazos son tan impetuosos que parecen que en cualquier momento un mástil va a acabar en la cabeza de un compañero. Y, entonces, llegan las sorpresas.

Si cinco instrumentos y tres voces no fueran suficientes, se sube un saxofón. Y, cuando ya parece que definitivamente no entra nadie más ahí arriba, los chicos de Kingsborough son invitados para una festiva versión de “Feelin’ alright”. Los teléfonos salen de los bolsillos para inmortalizar el momento, pero los músicos se amontonan unos detrás de otros, y no casi no se puede distinguir quién es quién.

En esa orgía musical nos mete los bises compartidos de Jetbone y Kingsborough. Ahí, finalmente, se alcanza el clímax de sonrisas y sudor, con la sensación de trabajo bien hecho que habrá de repetirse tantas veces como se pueda, en tantas ciudades y salas como les dejen. Pero si, por el contrario, éste hubiese sido su último concierto, podrían estar contentos, porque habría sido tan inesperado y mítico como un bolo en la azotea de las oficinas de Apple.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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Entrada publicada en Encuentros.

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