A diez centímetros del suelo: ISRAEL NASH en Estocolmo

La sociedad de apreciación de la música americana parece un club secreto en Estocolmo. Nadie, entre la gente de mi alrededor con la que comparto conciertos, parecía conocer a Israel Nash o alguna de sus canciones. A lo mejor frecuento las compañías equivocadas, porque el jueves del concierto, y contra todo pronóstico, ahí estaba ese virtual sold out que Nash se ha ganado gracias al boca-oreja durante años de gira.

En mi caso, Nash me ganó con la publicación de Silver season, disco perfecto con ecos de Laurel Canyon que me empujó a conocer el resto de su obra. Desde entonces, Israel Nash ha sido casi una obsesión, y la publicación de Lifted, su nuevo y fantástico álbum, no ha hecho sino exacerbar mi interés por él. Claramente, no soy el único que ha vivido el mismo proceso de enamoramiento musical intenso: antes de que se apaguen las luces, miro hacia atrás y las cabezas no me dejan ver el final de la sala.

Cuando el grandullón sale a escena con su preciosa gretsch blanca inspira más temor que simpatía. El pelo largo y la chaqueta de cuero ceñido parecen propias de un rockero de malos modales. Pero entonces empieza a rasgar sus cuerdas, a mover sus piernas embutidas en pantalones de pitillo y a sonreír como un niño al que por fin le dejan salir al patio, y comprobamos que este Nash es físicamente inofensivo, aunque emocionalmente sísmico.

Enlaza, para ir calentando, tres cortes de Lifted, que son tan bien recibidos que más que novedades parecen repertorio clásico del conjunto. Hasta que no suena “Rexanimarum”, no vemos la diferencia entre lo nuevo y lo conocido, porque ahí el público ya celebra la canción con fervor. Una reacción que veremos una y otra vez durante la noche.

Con algo de incredulidad, Israel Nash agradece la acogida y recuerda la última vez en la ciudad. Dos mil quince, dice, pero la memoria le falla, porque no hace ni dos años desde que nos deleitó con un concierto íntimo frente a miles de personas. Claro que aquella vez iba teloneando a Band of Horses, y su único acompañamiento era un Eric Swanson que, con su pedal steel, iluminaba todos los rincones del pabellón.

En este caso viene también con Swanson y su pedal steel, pero la compañía es más numerosa, sin llegar a ser multitud. Con batería, bajo y guitarra, la banda cambia la sutileza del acústico por el crunch y la fuerza bruta mientras intercala momentos de paz en sus grietas. Si aquella vez Nash podía recordarnos al Neil Young de Harvest moon, esta noche su sonido se acerca más al de Weld: sucio, salvaje, febril.

Y, aunque vibro con las guitarras acústicas y los ritmos pausados, este combo, como el del caballo loco, es imbatible. Los matices delicados se oyen menos, y el propio cantante tiene que esforzarse porque su voz se oiga en el barullo, pero el contra se compensa con otros muchos pros. El mayor de ellos, un guitarrista con el don de la oportunidad, con el lick perfecto en el momento adecuado, tocando como si llegara de casualidad a cada acorde y haciendo que incluso las notas en falso suenen necesarias.

El resto de la banda aporta contexto a las cuerdas, que no es poco. “LA lately” o “Who in time” son lo que son precisamente gracias a esos matices que hacen que las canciones crezcan hasta llegar a las estrellas. Y, en esos momentos, la energía de la banda contagia hasta extremos rara vez vistos en esta cultura tan poco dada a mostrar emociones.

El público, sorprendentemente respetuoso la mayoría del tiempo, aplaude y grita con el entusiasmo de adolescentes que ven por primera vez a su ídolo. Claro que este público peina canas (quien aún las tenga), y no es de los que lleva camisetas de rock. Más bien lo conforman viejos amantes del americana que beben cerveza cara y compran vinilos. De Lifted quedarán pocos al final de la noche.

No sabemos cómo ha ido la presentación en otras ciudades, pero aquí todo el mundo parece conocer bien el nuevo disco y disfrutar del mundo multicolor que sus canciones pintan. Casi como una disculpa, Nash dice que en Lifted quiso cantarle a las cosas bonitas que hay en el mundo. El amor. La naturaleza. La música.

Son todos ellos conceptos abstractos que, de alguna forma, la banda sabe plasmar en acordes y melodías. Los coros, el exceso de reverb y la iluminación contribuyen a ese rollo hippie que no suena forzado ni impostado. Nash está feliz, la banda está feliz y su público somatiza esa felicidad en un bienestar físico y mental en el que todo fluye exactamente como debería.

Aunque no todo son buenos sentimientos. O, al menos, no todos se expresan de la misma forma. Llegados los bises, Nash cuenta que hace pocas horas ha habido un nuevo tiroteo en su Misuri natal. Las víctimas son nuevas, pero el problema no lo es. Por eso, casi cincuenta años más tarde, el “Ohio” de CSNY suena a través de esta banda con la misma rabia e impotencia que cuando fue compuesta.

Cuando Nash dice que llega la última canción, nos damos cuenta del rayo sónico que nos ha pasado por los oídos. Hora y tres cuartos que parecieron veinte minutos. Unos cuantos en el público llevan pidiendo “Fool’s gold” desde antes de los bises, y ahora los gritos se intensifican. Pero estirando la cabeza podemos ver sobre el suelo el setlist, que nos dice que el gran final planeado para esta noche se llama “Rain plans”.

Nadie se queja, porque estos planes de lluvia condensan en sus más de siete minutos todo el universo, todos los sueños y despertares con los que Nash llena su música. En su leve in crescendo y sus cadencias hipnotizantes, el clímax del concierto nos lleva a un pequeño éxtasis en el que cerrar los ojos multiplica la experiencia. Mejor no abrirlos, porque entonces termina la canción, y con ella el concierto entero. Las luces encendidas y el escenario vacío nos indican la puerta de salida, a la que es difícil llegar porque la gente se apelotona en la zona de merchandising.

Mañana volveremos a nuestras vidas grises. Probablemente me cruce en el metro con alguna de estas personas con las que, sin saberlo, ha compartido concierto, pero ya dará igual. Este arcoíris en el que Israel Nash será sólo un recuerdo que nos acompañará como un tesoro compartido por miles en riguroso secreto.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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Entrada publicada en Encuentros.

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