PETER DOGGET – Historia de la música pop: el auge, de Bob Dylan y el folk al Spotify

De acuerdo, la música no va a morir. Una revolución de unos y ceros no va a acabar con una actividad que es tan innata como el respirar. Pero la música popular, esa que se escribe, se graba y se reproduce para las masas, lleva más de un siglo sobre una montaña rusa de giros políticos, experimentos estilísticos, mestizaje instrumental e innovaciones tecnológicas. Y no está del todo claro hacia dónde vamos. Afortunadamente, la Historia de la música pop, del escritor británico Peter Doggett, es un mapa con el que guiarnos por el mundo tumultuoso de nuestra mayor pasión.

Publicado originalmente en un solo tomo titulado Electric Shock, esta Historia de la música pop ha sido dividida en dos para su versión española, en una decisión editorial discutible pero aparentemente acertada. Acertada, porque lo que parecía una mera estrategia comercial, ha pasado a probar el buen criterio de Redbook Ediciones. Sus dos partes más o menos diferenciadas pueden leerse del tirón o por separado; pero, repartido así, sus páginas se hacen más manejables. Y, lo mejor de todo, nunca llega a resultar cansado.

Si en aquella primera parte las tempranas décadas de eso que venimos llamando música popular se contaban a través de géneros y tecnologías que son ya piezas de museo, este segundo tomo abarca territorio familiar. El subtítulo que acompaña, “de Bob Dylan y el folk al Spotify”, es suficientemente aclaratorio, pero podría inducir a engaño. Porque, a pesar de que parezca lo de siempre, la habilidad narrativa de Doggett consigue hacerlo novedoso, escapando de los lugares comunes a los que la literatura rockera acostumbra.

Tal y como nos gusta contarla, nuestra historia musical contemporánea es un acordeón cuyos pliegues se estrechan o se ensanchan de acuerdo con los eventos que más nos han marcado. Años que pasan en un suspiro, meses que parecen décadas. Basándonos en nuestras filias y fobias, podríamos decir que los años setenta fueron el culmen de la creatividad y que no ha pasado absolutamente nada de los últimos veinticinco años. Y creérnoslo.

Doggett hace lo opuesto y, consagrándose a toda la objetividad que su mirada participante le permite, rechaza atajos y se empeña en mostrarnos la imagen completa. De cabo a rabo y parándose en todas sus estaciones, el autor evita que sus particulares gustos (¿acaso hay alguien no los tenga?) desdibujen los grandes trazos del siglo XX y lo que llevamos del XXI.

Manteniendo el firme pulso narrativo de la primera parte, los últimos sesenta años se presentan aquí no como una autopista de dirección única, sino como toda una red de carreteras (estilos, movimientos, subgéneros) que corren en paralelo. Algunas se cruzan, otras se solapan y unas pocas incluso dan un volantazo hasta volver al punto de partida. En ellas correrán el dance y el hip hop, el folk y el disco, la psicodelia y el post-punk.

Pero, sobre todo, es más de medio siglo en el que el rock en sus distintas vertientes, ha impregnado, cual grava en el asfalto, todo cuanto ha existido tras él. Son los caminos que llevaron a nuestro estilo musical predilecto de la rebelión al establishment. Es decir, del compromiso al individualismo, de una búsqueda de la autonomía artística y social a la producción mecánica de gestos y espectáculo, de la invención a la repetición, del mensaje al medio:

Cada vez era más evidente que el propósito de un concierto no era escuchar la música que uno amaba, sino decir que habías estado allí y compartir, bajo la lluvia o un sol abrasador, la camaradería de decenas de personas. Los espectáculos se ampliaron para llenar estadios y los fuegos artificiales y los láseres del pasado fueron sustituidos por espléndidos decorados y efectos especiales dignos de Cecil B. DeMille o Steven Spielberg.

Notas de una situación terriblemente actual, pero que Doggett refiere a los espectaculares años ochenta. Recordatorio quizá de que, por muy mal que creamos estar, siempre conseguimos salir de encrucijadas que parecen insalvables. Algunas bandas y estilos entrarán y saldrán de escena en cuestión de meses o años, como actores secundarios haciendo cameos cinematográficos. Pero otras permanecerán, mutarán, y crearán los sonidos del mañana. Y luego están The Rolling Stones, claro, que por muchas veces que parezcan desaparecer acaban por sobrevivir a todas las catástrofes nucleares que caen sobre la música.

Al terminar este segundo tomo, no sabemos si lo que le gusta a Doggett es Hendrix o Daft Punk, Glenn Miller o Madonna. Todos o ninguno de los anteriores. Porque hay menos proselitismo y fanatismo que rigor y ganas de entender cómo hemos llegado hasta aquí. Apasionado pero no parcial, el repaso del autor sobrevuela las décadas que mejor conocemos (con las consabidas paradas en Memphis, Liverpool, Woodstock o Altamont), establece las causalidades adecuadas, y nos insta a seguir mirando hacia adelante sin mitologías que estorban más de lo que ayudan.

En ese “adelante” que es hoy, el rock ha pasado a ser parte del paisaje, tan inevitable como las bebidas gaseosas o las fiestas patronales. Aunque, a diferencia del swing o del ragtime, el rock ha sobrevivido a su propia leyenda, no ha sido sin un precio. Doggett nos recuerda que éste es ahora un bien de consumo que nos permite vivir en una celebración constante. Una celebración en la que las retrospectivas, las reuniones, los macroconciertos y los tributos se han convertido en la moneda de cambio más común:

Cuando alguien ve que a Chuck Berry , a sus ochenta años, tienen que ayudarle a subir al escenario y que no puede ni cantar ni tocar la guitarra, uno se pregunta si eso es dignidad, explotación o una aterradora mezcla de las dos cosas. Lo que vitoreamos cuando vemos a hombres y mujeres que siguen actuando a los setenta y ochenta años es su supervivencia y, por extensión, la nuestra.

El pop se reinventa y se autodestruye cada cierto tiempo, y por eso es posible que no haya necesidad de alarmismo. Sin embargo, este viaje que Doggett empezó con un gramófono se acelera, cual pendiente cuesta abajo, cuando llega hasta nuestros días. En los trepidantes últimos capítulos, cuando el nombre de las bandas musicales empieza a ser menos importante que el de las marcas de auriculares, las plataformas de descargas o los aparatos de reproducción portátil, llegamos a la sospecha de que éste, quizá, sí que es un nuevo tiempo.

Al final, y a diferencia de la mayoría de libros con mismo objeto, esta Historia de la música pop no se limita a contar lo sucedido. Y por eso es un libro tan valioso. Gracias a su afilada mirada, que se posa sobre lo menos evidente, conseguimos entender mejor el mundo y hacerle al futuro las preguntas adecuadas. ¿Cuál es la importancia actual de la música? ¿Cómo puede sobrevivir una industria sin mitos, sin imagen o sin soporte físico? ¿Podemos concebir el arte de masas fuera de las lógicas del negocio? Y la más acuciante de las incógnitas para quienes pasamos la treintena…¿Hay en la música popular lugar para la adultez?


Lo mejor: un atracón de conocimiento que no empacha.
Lo peor: la traducción de Ismael Belda, mejorable, y las constantes erratas, imperdonables.


Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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