SOEN – Lotus: el sueño de la hipercompetitividad produce monstruos

El fracaso en la vida de cada persona individualmente tomada es, de alguna forma, el fracaso de una sociedad. La parte responde por la totalidad, y son las disfunciones de la segunda las que reflejamos en nuestros más particulares padeceres. Soledad, tristeza, perdición. La expresión musicada de este escenario traumático puede tomar muchas formas, pero pocas tan precisas como la que Soen presenta en Lotus.

Oscuro y duro como la banda sueca acostumbra, su último disco hasta la fecha aborda el lado feo de las cosas, y lo que viene será más oscuro y más duro, si cabe. Vivimos en un sinsentido de superficialidad y de expectativas impuestas y truncadas, nos dice Soen. Y nunca seremos completamente libres si no conseguimos traspasar los muros que nos hemos construido. Si nos quedamos dentro, sólo nos aguardan los monstruos de la hipercompetitividad, que tienen por resultado pecados capitales de sobra conocidos: envidia, avaricia, lujuria.

Justamente nueve años después de publicar su fantástico debut, la banda de Martin Lopez tiene sus bases bien sentadas, su sonido claramente definido. En Lotus encontramos algunos de los riffs más inspirados de la banda hasta la fecha (como los de “Rival” o “Lunacy”), que sirven como vehículo para expander sus paisajes más allá de los elementos habituales en el género.

Un intento encomiable que, sin embargo, no les evita las consabidas comparaciones con otros nombres del prog metal. Es innegable que la presencia sobredimensionada del bajo, los ritmos de batería con sabor a matemáticas, o la voz, entre la melancolía y el tedio, nos obligan a pensar en referentes que no hace falta nombrar. Pero estas comparaciones son sólo justas si pensamos en Soen como una banda que no tiene más que instrumentación y texturas que ofrecer.

Bajo esas texturas subyacen las composiciones de una banda con sello propio. Una marea de riffs y melodías sombrías, que progresan pero nunca terminan de resolverse. Y, aunque forma y fondo se solapan en Lotus como si fuesen la misma cosa, es sobre todo a través de las letras que el mundo sombrío de Soen cobra pleno significado. En ellas dibuja Joel Ekelöf el mundo invernal del que nunca salimos, y entre líneas podemos adivinar alguna esperanza, aunque sólo sea por la certeza de que no hay fondo más bajo que podamos tocar.

A veces de forma algo críptica, casi siempre con imágenes evidentes, Lotus le canta a un malestar existencial que, aunque seguramente enraizado en las experiencias vitales del propio Ekelöf, pueden verse en el espejo de la mayoría de individuos de nuestro tiempo. Y si bien el comentario social de canciones como “Martyrs” suena terriblemente actual (“nos encontramos dentro de un sistema que ensalza a los domesticados”), es tan atemporal que más bien parece una radiografía de las profundidades humanas, que jamás cambian.

Las imágenes religiosas que impregnan el álbum (visiones, fe, sacralidad, penitencia) contribuyen a esa sensación de angustiosa repetición hasta el infinito. Los ídolos del hoy no son los de ayer, pero tienen los mismos efectos. Seguimiento ciego, persecución de la disidencia, obediencia por la vía del miedo. Lotus recrea, así, paisajes arquitectónicos de muros sin ventanas, de pueblos fantasma y de cemento cuyo gris se pega a nuestras vidas sin remedio. Si hablásemos de arte pictórico, tendríamos que pensar en Francis Bacon.

A través de sus guitarras de bordes afilados y ritmos taquicárdicos, Soen consigue que todo paso nos coja a contrapié, obligándonos a tomar conciencia de lo que nos intentan decir. Que combatamos los efectos nocivos del individualismo, a la par que nos atrevemos a ser seres únicos que buscan su propio camino. De esta forma, Lotus se perfila como una terapia grupal que identifica los males que nos aquejan, aunque no llegue a dar demasiadas claves para salir del agujero.

Encontraremos, sí, algunos claros entre tanta oscuridad. Momentos dulces que llegan mecidos por un solo inspirado en “River”, o por arreglos de chelo en “Penance”. Pero no hay mucho más a lo que agarrarse en el maremágnum depresivo que nos ofrece Soen. Llegados al final, el cuerpo queda tan exhausto que es difícil pensar en esperanza alguna. El desasosiego que transmite la banda no nos permite mirar más allá.

Con toda su fealdad y agresividad, Lotus es un álbum realista. Y, por tanto, difícil de digerir. Es un cuarto trabajo incómodo, que obliga a abrir los ojos por medios expeditivos. Pero también es un álbum hermosamente tejido, desde las composiciones hasta la posproducción, un álbum que nos hace herida, que nos sirve de recordatorio de dónde estamos y de los horizontes a los que podemos aspirar.


Lo mejor: la producción, que refleja el concepto del álbum en todo su vacío existencial.
Lo peor: cierta linealidad que puede acabar por cansar a quien no escuche con atención.


Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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