SERGIO GUILLÉN – AOR World: un viaje por la historia del rock melódico en 200 discos

Hay libros que se incrustan en nuestro cerebro como un recuerdo melancólico. Disfrazados de hojas ingenuas, abordan temas con destino al deleite de entusiastas con escasez de biblias referenciales. Son ese tipo de textos exclusivos para lectores ávidos por consumir contenidos que alimenten esa pasión de la que somos esclavos. La incógnita a descifrar sobreviene cuando, después de la lectura de la obra, reflexionamos sobre si el autor ha conseguido su propósito y ha colmado nuestras expectativas.

El escritor que aborda una materia como la música, que produce tan contradictorias sensaciones, corre el riesgo de hacerlo de forma subjetiva. Un testimonio que suele contener su punto de vista personal, influido por sus intereses y deseos. Con más razón si aborda un estilo musical predilecto, tan propicio a estímulos partidistas. Pero por otra parte está su cordura, que no es enemiga de la pasión, sino una herramienta para controlarla. Y su honestidad, cuando incide con claridad en lo que cree en lugar de hacerlo pasar por información objetiva.

AOR World: un viaje por la historia del rock melódico en 200 discos no es un libro tristemente erudito, atestado de tecnicismos inaccesibles para el simple aficionado. Es una declaración de amor a ese planeta fascinante al que su autor Sergio Guillén ha querido rendir homenaje: el rock melódico. El viaje proponía distintas rutas para explorar, pero su autor ha decidido caminar por la senda más transitada. Es la ruta oportuna para un público del que se espera cierta preparación y verdadero amor por el género.

Un título que no deja indiferente se recuerda mejor y deja huella. En este caso la practicidad comercial parece prevalecer sobre el afán lúdico y esa arbitrariedad expresa que algunos autores desarrollan en la búsqueda de la originalidad. Quizá una temática tan específica delimite un titular de impacto, y el autor haya escogido lo funcional, al seleccionar palabras clave para encajarlo en algoritmos y motores de búsqueda. Vivimos en la época de google y es evidente que el título apela directamente a lo que busca su potencial lector.

Pero el título no oscurece el notable trabajo de rastreo que se ha realizado para que la selección de discos discutiera con el canon establecido. Incluso entre un público underground, tan apasionado y obsesivo como el del melódico, son comunes afirmaciones como la de que “vivimos en un momento en que las tecnologías facilitan el acceso a la música”. Sin embargo, casi siempre se escucha lo mismo. En redes sociales y foros especializados constantemente se hacen eco de las mismas bandas de los 80 y 90, y se suben vídeos de las canciones más manidas. De alguna forma, el libro de Guillén contraviene esa lógica.

El autor ha querido delegar en expertos del género los primeros capítulos de presentación. Pero dichos artículos están frágilmente expuestos y vuelan a menor altura de lo habitual en una obra de estas características. “Desalentador” es el adjetivo que empleo deliberadamente. Por no emplear “disuasorio”. Y es que, a nivel formal, algunos de los colaboradores incurren en el vicio de un lenguaje estéril y cercano que hace pueril la lectura.

Vocablos como “pastizal”, “temazo”, o expresiones como “abultamiento en la entrepierna”, “ejemplos a patadas” y “periodistas estreñidos” son ejemplos que devanean con la sutileza de barrio. Y no pongo en duda que haya gente de esa cercanía verbal. Es evidente que crea cierta conexión. Pero conviene recordar que, aunque inicialmente lo atractivo de un texto sea la temática que aborda, es el lenguaje el que lo sobrevive.

En cuanto al contenido propiamente dicho, la sensación es agridulce. El problema estriba en un punto de partida de inflexibilidad hacia el estilo que los colaboradores aplican sin ningún espíritu crítico. De este modo lo que falla no es el contenido específico, sino el significado y sentido último que quiere darse a cada una de las aportaciones para que constituyan en su conjunto un testimonio indudable, a los ojos de un lector poco crítico o adoctrinado de antemano.

En su primer capítulo, el colaborador Jose Luis Perez Andrés, pretende acercar al público a la fundación y cronología del género con un enfoque divulgador que resulta apabullante por la densidad de subestilos influyentes utilizados, desde el germinar del AOR hasta la actualidad. Denominaciones de origen como scandiAOR, euroAOR o southernAOR, parecen más términos de cosecha propia, acuñados con el objetivo de catalogar con más minuciosidad las baldas de cualquier discoteca doméstica, que una calificación pública fidedigna.

No hay duda de que las diversas escuelas (americana, británica, canadiense, australiana, escandinava) enriquecen con elementos musicales autóctonos la esencia sonora de sus formaciones. Pero excavar hasta las profundidades del género, derivándolo a escenas de ciudades muy concretas como Cleveland o New Jersey, como si se prefabricara un determinado sonido en sus estudios, ya es rizar el rizo de la meticulosidad. Semejante teoría asfixia hasta la propia personalidad de la diversidad sonora de las formaciones.

Sorprende igualmente la inconsistencia del colaborador en cuestión en algunas de sus afirmaciones. Puede llegar a decir que “el género gozaba del favor de la industria y que había mucho advenedizo que quería sacar tajada de la situación resaltando algunos artistas en concreto“, para acto seguido hacer una pomposa defensa que resulta hasta ridícula, cuando nos previene frente a aquellos “periodistas estreñidos que siempre buscaban ningunear el género“.

De la misma forma, afirmar que “ni todos los adscritos al rock melódico son unos vendidos ni todos los que se acercan al mismo aman el género por encima de todas las cosas” es ambiguo e inconsistente. Incluso parece un versículo sacado de una biblia. Su frágil concepto alimenta más la sospecha de que se trata de una réplica de pataleo hacia comentarios absurdos de determinados enemigos de su entorno, que de un intento de rebatir con coherencia las palabras de profesionales de prestigio de la época. Muchos de aquellos expertos nos ilustraban con juiciosos contenidos para la reflexión:

El AOR es un proceso letal, aburrido y creador de nuevos millonarios. Éxito y confort. Abanico de arrogancias en un circo de leones castrados“. “El AOR es una actitud, un carácter, una especial manera de concebir el rock como un empleo fijo, de una cuantiosa retribución, en el que impera más el oficio y la experiencia, las claves de confección, que el riesgo o la ilusión por desbrozar terrenos aventurados“. “En colecciones discográficas tan fecundas como las que suman adictos al rock adulto, pueden encontrarse piezas de valía no sólo técnica, sino también emotiva, analizables como mero paladeo estético, inofensivo, férreamente inmovilista y sin posibilidad de sorpresa“.

Todos esos titulares que nos dejaron, o las categóricas palabras de una de sus voces más representativas del género, Kevin Kronin, “el negocio de la música ha destruido el arte de la música“, tienen más miga como razonamientos de pura reflexión y manifiesta pedagogía que de simples intereses comerciales y ninguneo al género. Nuestra complacencia por un estilo musical no debería provocar un odio profundo a todo lo que cuestione nuestro mundo. La pasión es perfectamente compatible con el análisis profesional de nuestros presuntos “enemigos”.

Con mayor sentido literario aborda Gabrielle de Val su exultante prólogo, destacando su original título: remembranzas desde la tarima. Sin duda, su exposición de euforia contagiosa (dibujando una especie de Aorlandia con trazados paradisíacos) reafirmará al ferviente en sus convicciones con orgullo henchido, hasta hacerle sentirse exclusivo. Si incurrimos en aceptables analogías, nada que no suceda en otros entornos de estilos referentes.

El público del AOR es extremadamente fiel y a su vez muy crítico” es un claro ejemplo de slogan extremista que lo mismo vale para el fan de AOR como el del jazz, blues, flamenco, los apasionados de los pájaros o los adventistas del séptimo cielo. La fidelidad y el espíritu crítico no son cualidades que vienen de serie en nuestro carnet AOR (y menos cuando hablamos de pasiones encendidas), más bien éstas resultan efectivas con la educación seglar impartida en nuestro día a día. Por eso, generalizar no otorga credibilidad. Muy al contrario, la verosimilitud queda pervertida en pos del intento por fortalecer nuestro credo.

La parte nostálgica nos la entrega Julio López Tecglen. Un tercer prólogo que arranca fuerte. Se centra en los dos hitos principales de cualquier trayectoria de un apasionado de los 80’s: la anécdota personal con “final feliz”, que el lector podrá vivir en primera persona, y los recuerdos fetichistas generales que todo seguidor podrá revivir con cierta melancolía. El fervor por las tiendas de discos, la selección de las múltiples alternativas en radio, el encaje de bolillos solidario con el compartir la música, o los enemigos acérrimos contra los que tocaba plegar velas o zafarrancho de combate. Son algunas de las añoranzas que nos recuerdan que cualquier tiempo pasado tiene el poder de fortalecer nuestras posiciones más emocionales.

Me queda por enunciar la parte más complicada de esta reseña. El contenido del libro se atiene escrupulosamente a lo que ya se anuncia en el titular de la cubierta: el viaje de la historia del rock melódico en 200 discos. Los criterios de selección, sin embargo, aunque no parecen discutibles en el fondo (con un abanico tan amplio, muchos seguidores alcanzarán la frustración de no ver plasmados sus discos favoritos), sí lo son en las formas. Y es que, según sus propias tesis, se vislumbran ciertas contradicciones.

Quizá el problema resida en no definir las premisas con claridad desde un principio. Lo que para un disco es un “sonido definitorio” para otro puede ser “adaptarse al mercado”. O viceversa. Hablar de “transformación, buscando pulir un sonido final y característico” para luego terminar por nominar el primer disco de Dakota, parece contradictorio. Como lo es que discos como Siogo de Blackfoot, o Iron age de Mother’s Finest figuren en la partida, siendo bandas representativas del southern o el funk-rock.

La puntual utilización por estas bandas de elementos más cercanos al AOR, que sólo significó una parada comercial en su trayectoria, no convierte a los seleccionados en discos referentes. Menos aún cuando algunos de esos títulos son repudiados por sus autores, considerándolos una mancha en su hoja de servicios. Así, la sensación que queda es que los gustos del autor han podido nublarle el juicio.

Dentro de esa paleta de colores estilística, también sorprende el aperturismo a tendencias que nada tienen que ver con el AOR/melódico. Más bien parece un proceso de adaptación a formaciones de prestigio como un intento de dar al género mayor dimensión. Como si un barrio de la periferia aspirase a ser núcleo de urbano. Steve Winwood, Chris De Burgh o Praying Mantis, aparte de su firme reputación, no son músicos que gocen del reconocimiento de un público que ha demostrado cerrar más fronteras de las que abre.

Por otro lado, parece lógico incluir ciertos discos de algunas bandas españolas y alguna discográfica actual muy concreta, que desprenden ese tufillo a acuerdo tácito de apoyo y colaboración. Todos entendemos que un libro no sólo significa el esfuerzo de sus autores y el deseo de verlo publicado, sino que hay una motivación comercial traducida en la venta de ejemplares. Por eso, no es de extrañar la inclusión de proyectos como Phantom 5, Tokyo Motor Fist, Three Lions o Crush, como máximos referentes actuales. Aunque sí sorprenden estas elecciones cuando, analizando los contenidos de las reseñas, se puede constatar que Sergio Guillén evita las apreciaciones injustas y argumenta de forma clara, objetiva y con datos contrastados.

Es verdad que una reseña conecta a la obra con el espectador. Arroja luz para tener claridad sobre un determinado disco. Y como la música es un cúmulo de sensaciones, parece que los puntos de vista son inevitablemente subjetivos. La lógica dice que quien reseña lo hace generalmente desde la dimensión emocional. Pero también existen la dimensión física (la obra misma) y la racional (el sistema de normas que estructuran nuestros juicios). Y ahí es donde cada lector se aferra a quien le regala su exigencia. La intensidad o el tedio es como un comodín que todo lo explica sin decir casi nada.

Y entonces, ¿qué utilidad puede tener una descripción subjetiva de la música? Nadie puede valorar como propia la sensibilidad de quien escribe, más que por la curiosidad por conocer sus gustos personales. Es decir, si me parece tedioso un disco de una banda cualquiera, no importarán los elogios de cualquier crítico. Y si me entusiasma, pondré en duda cualquiera que me diga que sus interpretaciones no están a la altura. Por lo que, cuando leo reseñas sobre música, busco que me aporten detalles técnicos, históricos, incluso anécdotas y curiosidades. Quiero crecer en conocimientos. De lo subjetivo ya se encargarán mis oídos. Y en ese sentido, quiero expresar mi total reconocimiento a las reseñas de los 200 discos de AOR world. Dejando de lado alguna interpretación personal, colman de lleno mis exigencias.

Aunque también es cierto que la intención informativa de las reseñas, con datos desglosados en canciones, músicos colaboradores, productores, etc. dificulta la digestión y puede hacerse pesada en dosis elevadas. A eso hay que añadirle que el resto de capítulos están complementados con las discografías completas de las bandas seleccionadas, otro apartado interesante por estar relacionado con la música en el cine, y la nominación de otras bandas que podrían haber estado pero que por el formato no tuvieron cabida. Así, más que un libro con continuidad en la lectura, su estructura y formalismo lo reduce a una guía de referencia para consulta y análisis de forma muy puntual.

AOR world: un viaje por la historia del rock melódico en 200 discos, el libro publicado por lo editorial Milenio, es una guía musical que aporta en clave positiva. Sergio Guillén ha tenido la valentía de adentrarse en un terreno difícil, y hacerlo desde una posición personal y libre. Los lectores neófitos que acaban de besar la bandera del género descubrirán todo un mundo, y quienes llevan toda una vida prestando sus servicios experimentarán esa sensación que dejan nuestros mejores recuerdos.

En el sentido emocional, el autor parece haber conseguido su objetivo. Pero, ¿ha colmado mis expectativas? No me ha dejado satisfecho en la metodología, en el procedimiento adoptado. Para ser una obra de un contenido musical exclusivo, escrita por primera vez en castellano, el camino utilizado ha sido el de la política, el de regalar oídos a fans convencidos de antemano. Solamente se ha raspado la superficie del género, como ese crucigrama fácil que la mayoría de la gente discurre mientras toma el café. Y, por eso mismo, se ha perdido la oportunidad de profundizar desde una perspectiva social y cultural, que profundizase en los cómos y los porqués, enriqueciendo un debate aun a pesar de adoradores incondicionales.


Lo mejor: la estética de las reseñas que, con sus diferentes coloridos, incita a seguir descartando obras cumbre.
Lo peor: el exceso de referencias de inventario deja poco margen para recrearse en la lectura. Y el partidismo exorbitante de los colaboradores.


 

Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
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Un comentario en “SERGIO GUILLÉN – AOR World: un viaje por la historia del rock melódico en 200 discos

  1. Pues sí, efectivamente y como tú te presentas: no das ni una en la diana. No sé para que le has dedicado tanta palabrería al libro para algo que no entiendes y que se nota a la legua que no te gusta, ni escuchado. Si al menos fueses un Ignacio Juliá o un Diego Manrique, con los que no comparto gustos, pero que saben expresarse con la suficiente originalidad y socarronería como para leerles un artículo.

    Pero en tú caso es que pasar del segundo párrafo es toda una suerte de bostezos. He leído etiquetas de lejía más entretenidas que tus textos, así que he tenido que leerte (con sopor) entre líneas. Pero cuando leo una cosa tal como esta: “Quiero crecer en conocimientos. De lo subjetivo ya se encargarán mis oídos”, se nota que has leído poco sobre música. Cualquier obra que sea un mero recital de conocimientos llega a ser casi tan aburrida como tu artículo.

    Joder, que te imagino haciéndote una pajilla escribiendo y casi que me cae bien Santiago Abascal.

    Sí, tienes el honor de que lo haya leído (de rebote) y te conteste uno de los prologuistas. Tu minuto de gloria. Hala, ya te la estás cascando otra vez, si es que no se te puede dejar delante de un teclado.

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