Cultura del miedo: por qué cada vez hay menos críticas negativas

¿Dónde se han metido las opiniones negativas? Hace algunos meses se lo preguntaba Neil Shah, periodista de The Wall Street Journal, en el título de un discutido artículo. El autor, basándose en los datos agregados proporcionados por Metacritic, llegaba a la conclusión de que, de forma lenta pero segura, las críticas negativas están desapareciendo. Shah probablemente seguía una intuición que, alimentada por la observación continuada, mucha gente comparte en el mundo de la crítica musical.

Números engordados, “diez sobre diez” para álbumes que pronto pasarán al olvido, proclamación de clásicos que no lo son, o indulgentes aprobados en críticas en las que puede leerse la palabra “basura” entre líneas. Las webs y revistas, parece, se han convertido en un vertedero de excelencia en la que todo es tan bueno que grano y paja han pasado a ser la misma cosa. No es fácil saber cuándo dimos el giro, pero poca gente discute ahora la existencia de esa tendencia, por la que toca repartir responsabilidades.

Cada vez más críticas, cada vez más positivas

Parece contraintuitivo. Ahora que tenemos más medios online que nunca (y cuando el papel no termina de morir), la crítica musical es abundante hasta el punto de resultar inabarcable. Y ello, en lugar de suponer un ensanchamiento de criterios, de una mayor variedad de gustos, está evidenciando la unificación de voces hasta eliminar virtualmente la disidencia de opiniones. Cuanto mayor es el consenso, más difícil resulta salirse de la línea establecida.

La correlación no está del todo clara, pero hay factores que apuntan en esa dirección. Una de las explicaciones que se suelen proponer es que, en la sobreabundancia en la que nadamos actualmente, el propio objeto de la crítica musical ha cambiado. Antes, cuando la crítica musical era una profesión respetada y suficientemente remunerada, el álbum o concierto a reseñar no dependía tanto de quien reseñaba como de la actualidad discográfica que marcaba la agenda.

Ahora, en cambio, con medios económicos escasos o inexistentes, la mayoría de medios actuales opta por dosificar los esfuerzos y dedicar el tiempo a aquello que sabemos, o intuimos, nos gustará. Timothy Gabriele, de Pop Matters, lo resume así: “Con una increíble variedad de música disponible en un momento dado, los críticos musicales seleccionan solo los álbumes con los que desean pasar el tiempo. Con la presión actual por mantenerse al día con las tendencias, hay muy poco tiempo que perder (…), sobre todo porque los escritores de música tienden a hacer sus tareas de forma gratuita en estos días”.

¿Para qué dedicar tiempo a un álbum que consideramos malo cuando hay otros muchos de los que podemos decir algo bueno? Siguiendo la lógica de la escasez de recursos, la crítica musical ha pasado de ser un comentario sobre la actualidad a ser un catálogo de nuestros gustos.

Clima del miedo

Pero, más allá de los gustos particulares de la plantilla de un medio, el desborde de blogs, revistas y demás ha provocado un clima de competencia por el click que no se resuelve a través de la calidad, sino de la cantidad. Al contrario de lo que podía pasar en los años fuertes de la prensa escrita, la importancia de un artículo dado no se mide por su contribución al debate, por su influencia o por su calidad literaria, sino por su exposición en Internet, su visibilidad en google o la cantidad de visitas.

Así, lo que predomina hoy en día es la crítica de doce líneas, la crónica (¡y setlist!) express, y cruzar los dedos por que la banda de turno comparta nuestro artículo en su muro de Facebook. En el mejor de los casos, la exposición de un artículo en las redes sociales de un artista atraerá a nuevos lectores, y quienes ya frecuentaban la publicación serán atraídos hacia la música de la banda. No es difícil imaginar, entonces, que va tanto en el interés de la banda como de la propia publicación que las críticas sean positivas. Lo contrario está desaconsejado.

Dan Ozzi, de Noisey, lo califica como un “clima del miedo” en el que numerosas publicaciones han pasado a rechazar todo riesgo. “Muchas publicaciones basan su modelo de negocio en colaboraciones entre artistas y marcas y, al parecer, no quieren ofender a los equipos de marketing que temen que su producto aparezca en un contexto ‘negativo’. Escucho constantemente que hay escritores y editores que sufren presiones para cambiar el tono de una pieza y para darle un aura rosa que encaja con la idea de que la música no es más que un accesorio para marcas”, dice en su artículo.

Por otro lado, es cierto que la disidencia tiene su público y que una buena polémica puede dar buenos resultados en términos de visitas. Destrozar el trabajo de una banda puede atraer algunos cientos de clicks, sobre todo de una que levante pasiones, como Bon Jovi, Europe o Morrisey. Pero es una transacción de corto recorrido, que puede enrarecer las relaciones con la gente equivocada. Las buenas palabras, en cambio, venden siempre bien. Las bandas, sus mánagers y sus discográficas lo apreciarán e incluso lo pagarán con difusión. Los fans verán sus opiniones corroboradas y lo celebrarán igualmente. La relación entre todas las partes se refuerza. Todo el mundo gana.

Redes sociales, foros de debate sumarísimo

A estas peculiares relaciones de simbiosis (o parasitismo) entre diferentes actores de la industria musical hay que unir los nuevos espacios en los que se da el debate musical. Las redes sociales, lugar de encuentro de millones de personas, han pasado a ocupar el lugar que antes ocupaban los tablones de revistas, las barras de bar y los foros online. Las diferencias, desafortunadamente, son notables.

Sin ánimo de romantizar un tiempo pasado en el que no todo funcionaba a la perfección, se puede afirmar con contundencia que la calidad de la conversación desde aquellos espacios de debate hasta las actuales redes sociales como Facebook y Twitter ha descendido drásticamente. Frente a unos primeros años en los que se hablaba de democratización del espacio público, lo que prima ahora es la agregación de opiniones más que el intercambio de éstas. Lo importante no es que haya un debate saludable, sino que todo el mundo pueda soltar su opinión y pasar a otra cosa.

Tomemos Facebook, donde las reacciones y los likes se miden al peso, mientras que los hilos de comentarios son cada vez más difíciles de seguir. Gracias a los algoritmos eternamente cambiantes en la red de Zuckerberg, intervenciones valiosas sobre un debate cualquiera pueden perderse en medio del ruido. En contraste con el orden y la claridad a la que los foros nos habían acostumbrado en los primeros años de este siglo, el modelo de Facebook promueve la reacción rápida y la respuesta superficial. Del debate continuado al contenido inmediato e inmediatamente olvidable.

Y, aunque todo el mundo parece saber que Twitter no es lugar para discusiones, algunos de los peores enganches todavía suceden allí. Discusiones a 280 caracteres por argumento que, a falta de espacio, acaban comúnmente en descalificaciones. En un contexto así…¿quién querría dejar caer una crítica negativa sobre el artista favorito de miles de personas de gatillo fácil?

Las tornas han cambiado para la crítica musical

Este debate habría sido impensable hace quince o veinte años. Hasta hace no tanto tiempo, aparecer en las páginas de una revista de gran tirada podía ser la línea divisoria entre el triunfo y el fracaso. Incluso en la era de Internet, algunas cabeceras como la siempre mencionada Pitchfork eran capaces de pavimentar el camino al éxito de una banda.

Ya en 2009, en un artículo que sigue en plena vigencia, Diego Manrique lamentaba los cambios que la prensa especializada estaba viviendo con la llegada de la democratización digital. Donde antes había un medio unidireccional, ahora el campo se ha abierto en todas direcciones, haciendo la conversación permanente, disponible para cualquiera y a cualquier nivel. Una vez que los púlpitos han sido demolidos, decía Manrique, el crítico pasa a ser criticado. Sin piedad.

“Poco acostumbrado al papel de punching ball, el crítico criticado se siente confuso. El periodista no debería entrar en esta profesión para ser querido pero, piensa, tampoco para acumular odios. La primera reacción es intentar explicarse, puntualizar sus palabras y desmontar argumentos contrarios. A veces, esas aclaraciones funcionan y se establece cierta tregua entre el plumilla y sus impugnadores. El proceso resulta enriquecedor: sumando matices, la crítica se hace más ‘constructiva’. Idealmente, tus siguientes textos serán más nítidos, más ponderados”

Todavía con la esperanza de enderezar lo irremediablemente torcido, Manrique hablaba entonces de un proceso que es tan ideal como inalcanzable. Éste sería un proceso en el que las opiniones vertidas serían honestas e informadas, y que buscarían la comunicación por encima de la confrontación. Pero, en el debate en redes (rápido, visceral, enconado), no hay crítica, por rigurosa o respetuosa que sea, que contribuya al debate. Hemos pasado a una lucha sin cuartel por ver quién grita más, quién insulta peor, quién se impone a quién.

En ese plano, hay pocos medios lo suficientemente fuertes como para aguantar semejante embate sin resentirse. ¿Merece la pena? La persona que critica ha pasado a ser, para bien y para mal, la persona criticada. El insulto es la moneda de cambio en curso. Duros golpes bajos que no pretenden enriquecer el debate, sino zanjarlo por medio de un golpe violento sobre la mesa. Siguiendo una ponderación de riesgos y beneficios, la operación sencillamente no sale a cuenta.

¿Quién se atreve?

Hay quien piensa que, con la ingente cantidad de música que se produce cada día, es absurdo gastar el tiempo criticando lo que no nos gusta. Para esa gente, una crítica negativa es una mala crítica, y una que debe evitarse. En cuanto a la persona que critica, ésta sería alguien envidiosa o con muy malas intenciones. El mito del crítico como artista frustrado es reflotado. La crítica musical pasa a ser el enemigo a batir.

Es una visión extendida y errada. Porque lo que prima en la crítica musical actual, independientemente de lo que se escribe, es un interés genuino por la música, así como un deseo por compartir un gusto o una opinión con sus iguales. Quienes escriben críticas son, ante todo, fans de la música. Pero ser fan no implica ser fanático, y las críticas más sagaces hacia el trabajo de una banda vienen a menudo de la gente que más la disfruta o mejor la entiende.

La crítica, en esos casos, es un ejercicio de honestidad más incómodo para quien lo escribe que para quien lo lee. Desde la lejanía, puede interpretarse como tirar piedras sobre el tejado propio, pero en las distancias cortas se ve que es fruto del aprecio real que se tiene por la banda o artista criticadas. Al fin y al cabo, ¿por qué perder tiempo con algo que no nos interesa?

A pesar de ello, escasean quienes dan el paso. Cuando nuestra banda favorita saca un disco mediocre, la solución más recurrente es la de abstenerse de escribir nada. Se acepta, implícitamente, que si bien no va a ayudar a nadie a elegir mejor lo que escucha, al menos no perjudicará a quien hace la música. Ésa, sin embargo, no es más que una de las múltiples dimensiones de la crítica: la que se centra en las ventas.

En su concepción más amplia, la crítica musical es una pieza fundamental en la constantemente renovada conversación alrededor del arte. Aporta una opinión, sí, pero también aporta contexto y el deleite del texto escrito. En el mejor de los casos, la crítica es una forma de envolver una visión particular sobre un artista o una obra. Una pieza que haga “click” en tu cabeza y te impida ver las cosas como antes. Y ahí, las críticas negativas pueden ser tan valiosas como las positivas. O más incluso.

En palabras de Aaron Cooper: “Las reseñas musicales no deberían ser tomadas como opiniones finales, sino como una discusión de posiciones personales. (…) Hay una vieja historia sobre David Lee Roth hablando sobre una mala crítica de un espectáculo de los primeros tiempos de Van Halen. Él afirmaba que las buenas críticas le daban reconocimiento, pero que una mala le recordó que se debía esforzar por mejorar. El crítico había escrito algo que le dio determinación. Se trata de una discusión en la que uno expresa sus sentimientos y el otro hace algo positivo con ello“.

Esta clase de intercambio no puede tener lugar si quien escribe no tiene un cierto grado de independencia, tanto frente a aquellos que pagan por un banner como frente a bandas y público. Tal y como Luke Turner nos recuerda, el crítico “tiene el deber de tratar al artista de manera justa (…). [M]ás allá de eso, el periodista no le debe nada: su responsabilidad es para con el lector y para con ellos mismos, por ser honesto y audaz, para decir la verdad y hacerlo con elegancia”.

Abstenerse de criticar negativamente una obra no es un favor. Es negarle la posibilidad de mejora. Supone fomentar el espíritu acrítico que, precisamente, el arte tanta veces ha pretendido combatir. Hacer frente a estos obstáculos y decir lo que se piensa -con respeto y rigor- es, al final, la responsabilidad que tiene la crítica musical. Todo lo demás, como dijo aquél, son relaciones públicas.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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