Eurovision, Israel, y la responsabilidad de las estrellas del rock

Circo, olimpiadas, fútbol, toros. Música, espectáculo, rock and roll. No son la misma cosa y, sin embargo, todas ellas sirven a veces al mismo propósito. El entretenimiento ha sido, desde que hay memoria, una efectiva herramienta de distracción de las masas. Las penurias se olvidan cuando los cristianos están en la arena, la pelota en el campo de juego, o la estrella del rock sobre el escenario.

El entretenimiento puede servir de cortina de humo y de lavado de cara para los más viles propósitos. En 1978, en plena dictadura argentina, los vítores de miles de forofos abarrotando el Monumental de Buenos Aires ahogaban los gritos de otros miles que, apenas un kilómetro y medio más allá, estaban siendo torturadas. Fue durante el Mundial de Fútbol, y el gobierno militar hizo todo lo posible por que la atención se centrara en los goles y no en las torturas, desapariciones y asesinatos.

En 1984, Queen recorría el mundo con su multitudinaria gira de The works, y hacían una parada en Sun City, Sudáfrica. Allí, Mercury y su banda interpretarían “Is this the world we created?” para una audiencia blanca. La canción, supuestamente un alegato contra la injusticia, sonaría sin atisbo de protesta, inmune a la situación de apartheid sufrida diariamente por la población negra del país.

Esta semana se celebra el festival de Eurovision y el debate sobre el uso del entretenimiento con fines políticos perversos ha vuelto a ponerse sobre la mesa. Pero no ha sido por el canto a la banalidad del certamen, que viene criticándose como un automatismo desde hace lustros. En este caso es por su emplazamiento, Israel, y por sus consecuencias, que recaen sobre personas anónimas que, aunque se nos presenten como estadística, son de carne y hueso.

Desde el momento en que “Toy” se erigió en ganadora del certamen del 2018 y se confirmó que en 2019 la gala de Eurovision tendría lugar en Tel Aviv, las llamadas a un boicot internacional a Israel han suscitado numerosos debates. Y, siendo éste un evento musical, no han faltado las voces que consideran que el arte (y la música en particular) no debe mezclarse con la política. Pero, cuando la música pasa por canales abiertamente politizados, desgajar arte y política se convierte imposible.

Israel: boicot, desinversiones y sanciones

La situación política que lleva atravesada entre Israel y Palestina desde hace setenta años es más o menos conocida por cualquiera. Si bien los medios de comunicación han presentado el conflicto como un enfrentamiento igualitario entre dos partes con razones igualmente pesadas, los números dicen otra cosa. A día de hoy, y sin entrar en más detalles, el hecho constatable es que Palestina ha perdido la mayor parte de su territorio, mientras su ciudadanía vive una situación de privación de derechos insostenible.

Roger Waters en Gaza

Desoyendo resoluciones de la ONU, Cartas de Derechos y Convenciones Internacionales, el Estado de Israel mantiene con pulso marcial un Estado de Excepción sin fin. Al otro lado, la población palestina permanece en un estado que, desde organizaciones internacionales y sociedad civil, se ha coincidido en definir como de apartheid. Es decir, un sistema que posibilita la segregación de una parte de la población, menoscabando sus derechos básicos y el acceso a servicios públicos.

Para hacerle frente nació la campaña de Boicot, Desinversiones y Sanciones a Israel (BDS Israel). Extendida a día de hoy por todo el mundo, la campaña arrancó en 2005 desde la sociedad civil palestina, con la intención de atraer la atención internacional y poner presión sobre el gobierno israelí. Tal y como explicaban hace ya quince años, la comunidad cultural e intelectual israelí ha hecho oídos sordos (cuando no fomentado) ante las políticas de su país. En tales circunstancias, concluían, la única solución es una campaña que rechace toda cooperación con las instituciones culturales israelíes.

Rock contra la discriminación

A pesar del acomodamiento en el que el rock lleva sumido desde hace lustros, ha habido figuras de primera fila que se han sumado a la campaña de boicot. Se cuentan entre ellas a Annie Lennox, Santana, The Pixies, Elvis Costello y Peter Gabriel. En algunos casos, dicho boicot no se limita a rechazar toda actuación en Israel.

Dos abanderados de la campaña BDS, Roger Waters y Brian Eno, han protagonizado en los últimos años la lucha por los derechos humanos desde la música. En el año 2016, Eno retiró el permiso de usar sus canciones al grupo de danza Batsheva, que iba actuar en un evento patrocinado por la embajada israelí. En una carta abierta escrita para Batsheva, Eno expresaba así su postura:

“Los opositores de BDS a menudo dicen que el arte no debe ser usado como un arma política. Sin embargo, dado que el gobierno israelí ha dejado claro que utiliza el arte exactamente de esa manera (para promover la ‘Marca Israel’ y para distraer la atención de la ocupación de tierras palestinas), considero que mi decisión de negar el permiso es una forma de quitar esta particular arma de sus manos. (…) Siento que vuestro gobierno explota a artistas como vosotros, jugando con el deseo natural de seguir trabajando, incluso si eso significa ser parte de una estrategia de propaganda. Es posible que vuestra compañía de danza no pueda distanciarse formalmente del gobierno israelí, pero yo puedo y lo voy a hacer: no quiero que mi música figure en ningún evento patrocinado por la embajada israelí”.

En el caso de Roger Waters, su lucha ha ido más allá, y de forma más beligerante. En sus conciertos, Waters insta al público a resistir al Estado de Israel y las matanzas de niños en Gaza. Semejante atrevimiento le ha costado a Waters acusaciones de antisemitismo por parte de los medios de propaganda israelíes. No es sorprendente, por otro lado, ya que el artista ha dedicado sus últimos años a ejercer la mayor presión posible en favor de Palestina.

Concierto de Roger Waters: “resistid a la masacre de niños en Gaza”

Eso no es todo. A través de editoriales con destinatario y llamadas personales, tanto Waters como Eno han intentado que otras bandas consigan el coraje para sumarse al boicot. A veces de forma exitosa. El pasado año, por ejemplo, la joven estrella Lorde decidió reconsiderar y cancelar su concierto en Tel Aviv, en un movimiento que recibió (además de críticas) el apoyo de más de cien artistas internacionales. Otras veces, el resultado es otro.

En 2017, Radiohead decidió seguir adelante con su concierto a pesar de las numerosas peticiones públicas que se hicieron en sentido contrario. En su respuesta a la carta de Artists for Palestine UK (firmada por, entre otros, Waters y Ken Loach), Thom Yorke dijo que “tocar en un país no supone abrazar las políticas de su gobierno”.

De forma similar, Nick Cave hizo de su actuación en Israel una cuestión de principios, añadiendo que no pensaba aceptar la “humillación pública” por parte de quienes “intentan amedrentar y censurar a artistas”. Más adelante, en su web de respuesta a fans The Red Hand Files, Cave matizaría sus palabras, incluyendo la respuesta que le escribió a Brian Eno meses atrás.

“[N]o apoyo al gobierno actual en Israel, pero no acepto que mi decisión de tocar en el país suponga cualquier tipo de apoyo tácito a las políticas de ese gobierno. Tampoco condono las atrocidades que has descrito; ni soy ignorante de ellos. (…) Lo que realmente tenemos aquí es una diferencia fundamental de opinión sobre cuál es el propósito de la música. Cuánto más poderoso sería si fueras a Israel y le dijeras a la prensa y al pueblo israelí lo que opinas de su régimen actual, ofreciendo luego un concierto con el propósito de que tu música hable a los mejores ángeles del pueblo israelí. Eso tendría un efecto mucho mayor que un boicot. Ahora imagina que los 1200 artistas del Reino Unido que firmaron tu lista hicieran lo mismo. Quizás los israelíes responderían de una manera totalmente diferente.”

Eurovision, o el lavado de cara de la dominación

Tal y como dicen Cave y Yorke, la decisión de tocar en un país no los convierte simpatizantes de las políticas públicas de sus gobernantes. Pero la ecuación no es así de sencilla. El músico y activista Dave Randall, escritor del fantástico Sound system, explicaba en The Guardian que Israel ha hecho grandes esfuerzos por vender una imagen de apertura y de democracia, reforzada gracias al constante flujo de artistas contratados para tocar en Tel Aviv.

En ese sentido, cada artista que rechaza unirse al boicot contribuye, si bien de forma indirecta, a los propósitos del gobierno israelí de limpiar su imagen frente a la comunidad internacional. Un dato que lo confirma el multimillonario Sylvan Adams. Adams, que ha financiado la participación de Madonna en la gala de Eurovision, ha declarado públicamente que este tipo de actuaciones ayudan a mejorar la imagen del país.

Madonna ha salido al paso de las críticas recibidas, apelando a vagos llamamientos a salidas pacíficas y a derechos humanos. Una vez más Roger Waters, contestó a la reina del pop de forma tajante: “Algunos de mis compañeros músicos que han actuado recientemente en Israel dicen que lo están haciendo para construir puentes y promover la paz. Y una mierda. Actuar en Israel es un concierto lucrativo, pero sirve para normalizar la ocupación, el apartheid, la limpieza étnica, el encarcelamiento de niños, la masacre de manifestantes desarmados. (…)”.

El mencionado Randall, desde hace años involucrado desde el Reino Unido en la campaña BDS, se suma de forma activa a la protesta contra Eurovision. Mientras las canciones y los votos telefónicos distraen a las audiencias en las televisiones europeas, el evento benéfico “Not the Eurovision: Party for Palestine” tendrá lugar en Londres. Para la ocasión, Randall y su banda Slovo han publicado la canción “Not my kinda party”.

Boicot, ¿sí o no?

El boicot, en tanto que herramienta noviolenta de presión política, ha sido en ocasiones un arma poderosa. Cuando tocaron en Sudáfrica, Queen (y algunos otros, como Paul Simon) desoían la llamada a un boicot internacional que, en el mundo de la música, ya lo abrazaban artistas de todos estilos. En su culmen, y capitaneados por Steve Van Zandt, el grupo Artists United Against Apartheid publicó el tema Sun City, un himno que acompañó al movimiento y que, a la larga, se probaría efectivo.

A nivel individual, también ha habido artistas que han echado mano de esa misma táctica. Por ejemplo, Elton John (quien, paradójicamente, no apoya el BDS Israel) ha comenzado una campaña contra los hoteles propiedad del sultanato de Brunei, en respuesta a las torturas y penas de muerte contra personas de la comunidad LGTBI en el país.

Otro rockero que no ha cejado en sus luchas políticas desde los escenarios es Neil Young. En su lucha por parar los efectos venideros del cambio climático, Neil Young se negó a tocar en su concierto de Hyde Park junto a Bob Dylan debido a la esponsorización de Barclaycard, una multinacional que contribuye al uso de combustibles fósiles. El órdago le salió bien, y finalmente el concierto se celebrará sin espónsores irresponsables.

Por alguna razón, Young y John se han encontrado con muchos apoyos y ninguna crítica en sus particulares cruzadas. Tampoco se levanta el polvo cuando artistas de toda índole se unen para un concierto benéfico. Sin embargo, el debate sobre la acción política desde los escenarios sigue estando a la orden del día. Y, aunque el debate pueda estar servido en los casos que provocan debates más enconados (e Israel sin duda es uno de ellos), el poder del boicot como herramienta táctica está fuera de duda. En pleno certamen eurovisivo, y mucho más allá, el boicot musical consigue poner el foco sobre la violación de derechos humanos, fomenta el debate internacional y pone presión sobre el gobierno y sus políticas.

Como no podía ser de otra forma, el maestro de la distracción Gene Simmons considera que “la música une a la gente”, y que separar a la gente de Israel no tiene sentido. Pero la música no ocurre en el vacío, sino en medio de situaciones sociales complejas. Igual que Queen no podía unir a su audiencia blanca de la audiencia negra a la que no se permitió asistir, no hay forma de que un evento como Eurovision enderece una realidad negada por las autoridades israelíes.

Para bien y para mal, el poder de influencia de una estrella del rock frente a esas situaciones no puede ignorarse. Y no es suficiente con apelar genéricamente a la paz y a los derechos humanos. Elegir la neutralidad es también una forma de elegir bando.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
Julen Figueras on FacebookJulen Figueras on Twitter

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

12 − 10 =

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.