SWEDEN ROCK FESTIVAL 2019: cuando no ruge la marabunta

“¡Pasen y vean, damas y caballeros…pasen y vean, asistan a escuchar a los mayores prodigios de la guitarra, las más increíbles demostraciones vocales, las más extraordinarias actuaciones de su vida musical. Vengan, señoras y señores, y cuénteselo a sus amigos, a los amigos de sus amigos, a cualquier que tenga oídos para escuchar, ojos para ver y el corazón para viajar a un país de ciencia ficción…cuéntenselo a todos y que sepan que el mayor espectáculo del planeta, el más excitante, el más imborrable, está hoy en las campas de Norje. Pasen y vean damas y caballeros, y venga usted, joven, si es que se atreve, a fantasear con el espectáculo del beso de la muerte. 

Y traiga a su pareja para que conozca a los famosos humoristas Tenacious D. Pasen y vean, todos ustedes, y asistan a conciertos de rock como jamás pensaron que pudieran existir. Vean al hombre que más notas de guitarra toca por segundo, nuestro americano particular, que ha llegado desde el enigmático estado de Wisconsin para mostrarles el poder de sus dedos. Y después, si aún tiene fuerzas, prepárense para asistir a los mayores portentos…al leopardo británico que vocaliza como un mimo y a los estremecedores hombres barbudos cuyos bolos ZZ están en el top de somnolencia mundial. Pasen y vean…vengan con nosotros estos cuatro días, el circo Sweden Rock les acogerá con los brazos abiertos y quedará para siempre en su memoria!”

La satírica del pregón sugiere la inexcusable metamorfosis padecida en las últimas ediciones del Sweden Rock Festival, que ha ido dejando sus principales señas de identidad por el camino en pos de un proceso de transición hacia los nuevos modelos de negocio. Un prototipo que rige desde hace algún tiempo en promotoras internacionales y cuya implementación, dicen, parece inevitable por propia supervivencia. Antaño, la propaganda divulgaba un alto nivel de servicio, donde la comodidad era el principal de los retos y la experiencia de todo asistente se centraba en una fiesta del rock total. La atmósfera era tan especial que hizo sentir a sus visitantes que formaban parte de una pequeña gran familia a la que se nominó como “el mejor público del mundo”.

Actualmente, la fiesta se centra en lo accesorio. La publicidad tiene más resonancia en la calidad y variedad de los puestos de comidas y bebidas (cada año nuevas marcas patrocinando) que en la auténtica imagen de marca. La nueva gerencia ha creado más espacios para el ocio, talleres musicales, zonas de animación…donde las familias puedan participar y donde prevalece el puro entretenimiento. Como si en sí mismo el rock en vivo no tuviera la suficiente capacidad de seducción. Así, la música queda como un sonido ambiente que complementa, y los artistas anunciados solo son la coartada para pasar un ameno fin de semana. En definitiva, un parque temático tradicional donde socializar, tener distraídos a los niños, y a los no tan niños, y donde además se desestructura el espíritu de unidad cuando se distinguen las experiencias (por un módico suplemento -VIP- podrás sentir sensaciones que para el resto son inalcanzables). 

Es evidente que en todo este proceso obtiene más transcendencia la conformación de los carteles. El nuevo patrón opta por garantizar la masificación con tres grandes nombres y completar el resto del cartel con “irrelevancia”. Irrelevante al menos para un público con otras inquietudes. Y es que el verdadero negocio se encuentra más en lo secundario que en la venta de tickets. De ahí que se opte por aumentar la asistencia, buscando un determinado prototipo de visitante que rellene su tiempo de “irrelevancia musical” con actividades lucrativas. Así, la masificación supone un rotundo éxito comercial, pero desemboca en frustración para el público tradicional. 

De una gran familia unida por un vínculo en común, como era disfrutar con comodidades y pasión de grandes conciertos en vivo, hemos pasado a una gigantesca marabunta que no sólo degenera en penurias, sino que está tan ocupada en su circo del ocio que ni siquiera se la oye rugir. Aunque tampoco era fácil sentir el atronar del auditorio cuando la alineación principal del cartel estuvo muy lejos de ser ardiente.

Con todas las cartas sobre la mesa, el gran atractivo del festival estaba en los reyes Def Leppard, Kiss y Ritchie Blackmore’s Rainbow. Pero sus actuaciones son tan poco fiables como los aviones Boeing 737 MAX. ¿A nadie se le ocurre prohibir sus vuelos en barrena antes de que produzcan más desaparecidos? Veto inviable. El sold out en escaso tiempo es el único termómetro de negocio. La temperatura indica que el trío de reyes sin corona y sin dignidad siguen siendo una máquina de fabricar dólares. 

El último concierto en el Sweden Rock Festival de los icónicos superhéroes enmascarados obtuvo el impacto visual que siempre ha persuadido a diferentes generaciones. La nostalgia de nuestra niñez, con perseguidos sueños de rock and roll, aminoraba con agradecimiento el triste ocaso de los ídolos. Kiss sigue siendo la banda más caliente del planeta dentro de un glaciar de indignidad. Pero algo tienen de especiales cuando miras a tu alrededor y sientes en los rostros de los asistentes esa borrachera de adrenalina contagiosa. A nadie parecía importar si su líder alternaba parrafadas de cacareos incontrolados con perfectas reproducciones vocales, efectuadas desde algún botón de la sala de control; o si al usurpador necesario del hombre cometa, que solo tiene el único cometido de calcar sonidos de guitarra, parecían faltarle dedos o sobrarle notas. Y yo creo que sí debería importar.

Todas sus argucias y deficiencias quedaban enmascaradas por el fuego y el artificio del show visual de más bajo coste de su carrera y la irrefrenable pasión de hacer nuestros sus adolescentes hits inmortales. Los británicos Def Leppard representan como nadie el rock de estadio. Son funcionarios confiables del entretenimiento musical y una sincronizada máquina de rock pastoso, donde todas las piezas encajan al milímetro. Incluso aquellas que antaño parecían oxidadas. El ácido vertido sobre las maltrechas cuerdas vocales de Elliot ha dejado el metal sin corrosión. ¿Deberíamos agradecérselo al galeno de la torre de sonido? 

Sin embargo, su show, bañado entre neones y luces rosas, representa más un calmado estanque dorado de previsibilidad que un espontáneo mar salvaje. Y en el rock, si sólo lo dotas de automatismos y encarcelas el alma, se desvanecen todos sus principios. Y siguiendo con el capítulo de los fiascos, le toca el turno a otro de los payasos de este actual circo SRF cuya imagen de ogro Robin Hood dio más para lágrimas que para risas.

Así como la leyenda Blackmore es invencible, como líder de su actual banda descarta ser el centro de atención. Aunque luego su icónica presencia cobra más trascendencia que su denigrado estilismo. La sonoridad de su stratocaster golpeaba al cielo sueco con notas ramplonas, lentas, dispersas…acompañadas por un indigente cuerpo de instrumentación. Sólo la imitación intachable de Dio por parte de Ronnie Romero (un vocalista sideral, aunque carente de carisma) salvaba los muebles de unos clásicos que prefiero guardar en el recuerdo como me hubiera gustado que sonaran. 

El trío de reyes, ganador previo de la partida popular y de la rentabilidad del negocio, fue el verdadero perdedor del juego de los escenarios. Sus cartas marcadas salieron a la luz pública. Menos mal que los verdaderos ases estaban escondidos en la manga de la letra pequeña del cartel. Como los canadienses The Wild. Su rock and roll de pestilencia a tabaco nos apestaba hasta las tachuelas del cinturón. Un poco de AC/DC, Danko Jones, algunas melodías Y&T y su jodido ritmo, y tenían a la audiencia sometida. Como sometidas estuvieron mis piernas al trío de daneses de sonidos alternativos Dizzy Mizz Lizzy. La originalidad de su propuesta no era incompatible con una endiablada energía capaz de alimentar todas las centrales nucleares de nuestro país. 

No existe una acepción más adecuada a las palabras “alma musical” que la banda sueca Lisa Lystam and Family Band. Su blues rock/folk/ funk/soul, de profundidad conmovedora, alta energía y de dosis sensuales y sutiles notas de guitarra (inspiradas en Stevie Ray Vaughan), nos transportó por una dulce atmósfera hasta unas nubes que portaban un cartel que decía: Rey de Reyes de la XXVIII edición. Un trono revitalizado por el factor sorpresa, pero compartido con otras formaciones de diversas dimensiones. 

Con el mejor vocalista del festival y la profesionalidad del resto de componentes, los británicos FM dejaron su relevancia melódica de forma cualitativa. El tópico “nunca fallan” es como un tatuaje de su ADN. Pero escalarían un peldaño más, aunque solo fuera el del honor, si evitaran las pregrabaciones corales.

A quienes no les hace falta ninguna ayuda tecnológica es a los americanos Styx. En esta formación cantan de forma brillante hasta los roadies. Cada tono vocal de sus componentes se siente como una bofetada. La elegancia instrumental y el buen gusto son sus señas de identificación. Luego el vestuario de etiqueta y su armónica disposición escénica parecen virtudes enseñadas en las más ilustres universidades americanas del rock. Las voces autorizadas proclaman a los cuatro vientos que a ellos corresponde el honor al mejor concierto de la edición 2019. Y jamás olvido que la dimensión de los artistas y su calidad está muy por encima de mi disfrute personal. Así que aplaudo la moción

Y existe una realidad objetiva que tiene que ver mucho con la grandeza en directo de una formación como los americanos: tener delante un escenario de unas grandes dimensiones como es el Festival Stage y tu mirada lo recorre simultáneamente de un lado a otro hasta perderse en las columnas exteriores. Los componentes aparecen por los flancos y por el frente como si jugaran al ataque en un hábitat natural. La vista no parece tener tanto recorrido. Si eso se complementa con la elegancia de movimientos acorde con ritmos y melodías, es lo que siempre se ha denominado “llenar el escenario”.

Por eso mismo me decepcionaron sus compatriotas Blackberry Smoke, emplazados en el mismo marco. La formación se mantenía oculta y a la defensiva alrededor de su batería en escasos metros cuadrados (como si los hubieran sacado de su Georgia natal), y la mirada solamente insistía en un único punto fijo. A los cinco minutos ya no había nada que mirar. Y tampoco demasiado que escuchar. Aunque el carismático Charlie Star y sus compañeros ejecutan de forma impecable un rock sureño que mezcla la nostalgia con el pop/rock moderno accesible, la desventaja era que sus últimas canciones están tan pulidas (han perdido su tradicional agresividad), y hay tan pocas variaciones de ritmo que el show se tornó en una insípida linealidad.

Más rutina con los tejanos ZZ Top. Barbas, sombreros y gafas de sol marcan en lo visual. El trillar de su boogie rock marca en lo musical. No es suficiente con mostrar honestidad y hacer apología de una desidia calculada. Además, hay que conectar. Cincuenta años de historia parecen dilapidados en su mundo ficticio con cuarenta y cinco minutos de jams interminables vacías de contenido. Para cuando vuelven al mundo real ya has girado los talones a otro lugar. Como rápidamente los giré en la actuación del americano Joe Lynn Turner, acompañado por los imberbes músicos de Dinazty. 

A las grietas de la pared instrumental hubo que añadir el anuncio del gallo de la llegada nocturna. En el primer desafinar me hizo gracia. En el segundo fruncí el ceño. Al tercero, cambié de destino. El mismo destino que me hicieron cambiar los suizos Krokus, aunque esta vez por distintos motivos. Su potencial de hard rock clásico es innegable y son seductores de ritmos básicos con derecho a fiesta. Pero esa terquedad por tocar versiones sin punto final, como si su arte no tuviera ningún valor, solo les otorga el título de banda de reyes de la fiesta. Pero de fiesta de instituto. 

La cantera del instituto Nemis no pasa por su mejor momento y sus diamantes sin pulir parecen más piedras de río. Los suecos Cobra Cult tienen apariencia explosiva. Su lideresa, Johanna, destila personalidad y actitud. Pero tienen los síntomas de la gran mayoría de bandas similares de rock and roll. Sus canciones son como el sonido que hace el centrifugado de una lavadora, que por monótono te adormece. No es suficiente la energía. Hay que dotarla de elementos que le den sentido. 

Tampoco tuvo mucho sentido la actuación de las italianas Black Mamba. Su hard rock de guardería no simbolizaba el veneno de su marca. La sacrílega versión de “Detroit rock city” de Kiss será un antecedente insalvable en su currículum. Sin embargo, las suecas Thundermother son capaces de ofrecer esa porción dinámica de riffs sin caer en el bostezo. Y aunque parezcan una banda que dispara su hard rock de bachiller en la época equivocada, sigue siendo un estilo perfecto para escuchar en una tarde de sábado rodeado de cervezas. 

En el capítulo de las formaciones irregulares hubo anomalías y aciertos de diferentes fisonomías. El doom de los suecos Lucifer tiene una tendencia repetitiva que no parece estar en consonancia con el sol de un festival. Quizá en una sala llena de humo tendría su atmósfera propicia. Todo parece sonar correcto. Hasta la voz de Johanna Sedonis encaja como un guante en lo denso y siniestro de su propuesta musical. Pero la inexistente interacción te hace mostrar indiferencia. Algo similar sucedió con Deadland Ritual. Músicos intratables como Matt Sorum y Geezer Butler agasajaban con sus ritmos poderosos como el resonar del mar en sus arrecifes. Pero su música de difícil digestión no dejaba ningún rastro que no fuera una continua erosión. 

Los americanos Skid Row son un navío acorazado instrumentalmente pero un bote salvavidas vocalmente. Y eso les hace hundirse en el océano de la mediocridad. Un consejo: existe un portaaviones llamado Dino (Animal Drive) que sin duda les haría ser una de las flotas más destructivas del planeta rock. Y la flota sueca de la Night Flight Orchestra surca los cielos nocturnos con la efectividad de sus sonidos discotequeros llenos de matices distintivos de ELO y ABBA. Pero su planeo en directo va en piloto automático, y, si no quieren dejar helados a los pasajeros, urge descender de las capas frías de la atmósfera musical e introducirse en zonas de turbulencias.

Los británicos Magnum son de todo menos turbulentos. El material introductor arranca con el freno de mano echado y es tan sombrío que parece una clase de física cuántica. Todos sabemos que los Catley Boys tienen galones para marcar su territorio. Pero el riesgo de aplicar en un festival un set actual de atmósferas elitistas, es enviar al auditorio a luchar contra Morfeo. Y cuando por fin pones la segunda marcha, con un trío de clásicos AOR, suena la bocina de cambio de turno.

Para cambios de turnos constantes los de los vocalistas del super proyecto sueco Gathering of Kings. Su hard rock melódico operístico, de teoría Tobias Sammet y práctica Avantasia, tiene ese tufillo a diseño que busca el santo grial. Pero algo tendrá el cáliz cuando obtuvo de la asistencia su bendición. Globalmente se hace algo impersonal escuchar a tantos vocalistas con diferentes rangos (para un género como es el melódico, sugerente la voz de Tobias Jansson y desencajadas las voces explosivas de Rick Altzi y Björn Strid).

Los guitarristas Uli Jon Roth y Jared James Nichols también buscaron su momento de gloria. El alemán, con cincuenta años en activo, sorprende por sus apariciones casi fantasmagóricas sumido en el más amargo ostracismo. Y el americano, recién llegado al mercado, pero perseguido por el ruido mediático. Al primero le sobra experiencia y le falta reconocimiento, y al segundo le faltan canciones y le sobra tanta recreación inerte en los solos. La sobriedad con personalidad clásica del teutón no vende, pero deja huella. De ahí toda una trayectoria. Veremos a ver si el nervioso blues rock del chico USA de corte Ted Nugent deja huella y trayectoria. 

La exclusiva de la cita era una reunión que ni en los más húmedos sueños AOR hubiéramos esperado. Los suecos Easy Action concentraron alrededor del escenario rock Stage a unos asistentes ilusionados que, al final de la actuación, lo abandonaron con una sonrisa de oreja a oreja. Si hubo alguna duda de la fortaleza vocal de Tommy Nilson para cantar rock, en escasos minutos se había disipado. Incluso la euforia de sentirse sobrado le jugó alguna mala pasada (se le olvidaba volver al micro y cuando sus compañeros se lo recordaban volvía a él con cara ingenua). Los brillantes solos de Marcello y un compacto y cristalino muro instrumental adornaron sofisticadamente la realidad vocal. A veces, estas reuniones urdidas a golpe de alcohol, o vaya usted a saber la razón, muestran una pesadilla. En esta ocasión fue un sueño cumplido que brilló muy por encima de cualquier expectativa. 

Como se rebasó cualquier expectativa con la jubilación por tierras suecas de uno de las rockstars más grandes y entrañables de nuestro planeta rock. Phil Mogg cuelga su sombrero en los más alto del estante después de cincuenta años al servicio de UFO. Un bramido final de agradecimiento se dirigió a Phil cuando levantó sus brazos a modo de despedida, concluyendo un set que más que un concierto fue una celebración a su carrera. Y si el ovni se despedía para siempre con una actuación de superioridad insultante, los americanos Blue Coupe iban a ser el colofón perfecto para el fin de fiesta de este nuevo circo llamado SRF.

Este es el tipo de formaciones que dan prestigio a cualquier evento. Cada nota de guitarra, cada estrofa recitada, cada matiz instrumental de sus composiciones de classic rock de Pulitzer, simbolizaban la pureza de todos los valores que atesora el rock. La clase magistral de rock clásico de los fundadores de Blue Öyster Cult y el bajista original de Alice Cooper subió de decibelios cuando su compañero e ídolo local Ryan Roxie fue invitado a colaborar. La melodía “Born to be wild” de Steppenwolf tuvo el honor de diluirse en el oscuro cielo de Norje hasta que el silencio certificó la defunción. Pero mientras el auditorio desparramaba con los estribillos del tema inmortal de los canadienses, una lucha interna se producía en mi mente: ¿sigue siendo el SRF la fiesta popular de mis preferencias? 

Personalmente siempre tendré palabras de agradecimiento por lo que ha representado y aún representa este festival. No puedo olvidarme de los grandes conciertos vividos, del compañerismo, de su espíritu seductor…pero la congestión, los tapones que dificultaban el paso entre las torres de sonido de los dos grandes escenarios, al cerrarse en vertical con vallas de seguridad; la visión infecta de las montañas de bolsas de residuos de plástico que deterioraban una imagen que antaño era de limpieza inmaculada (aunque se justificara con la teoría del reciclaje); y la formación de colas (tanto en los puestos como en las entradas al recinto -con su lógica de extremada seguridad, pero con escaso personal-), inhiben la experiencia general. 

Por último, no creo en la lógica de negocio de la sobreexplotación. La burbuja de excedente de festivales es posible que explote más pronto que tarde. Y los que vivimos alrededor de este negocio conocemos ejemplos de maníaca especulación que han terminado cerrando sus puertas. La historia de un fracaso es la historia de advertencia de lo que puede suceder cuando las expectativas se desvinculan de la realidad. Y me gustaría creer que el rumbo tomado por el Sweden Rock Festival no es el equivocado. No solo se trata de que, a pesar de todo, sigan ofreciendo las mejores actuaciones de Europa, sino de una filosofía cortoplacista que secuestra todo idealismo. El ejemplo más evidente es que se ha creado una marabunta que ni siquiera ruge.

Fotos: Joaquim Valls

Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
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