“Blow”, o cómo un intruso del pop puede salvar el rock

A veces nos faltan palabras para definir nuestras pasiones. Recurrimos a las comparaciones y a las metáforas para referirnos al rock, y decimos que es un sentimiento, una actitud, una hermandad o un hogar. Pero lo cierto es que, si pensáramos el rock como territorio físico y no un género musical, tendríamos que decir que éste es una ciudadela de muros infranqueables. Un fuerte asediado por bárbaros que no dejan de comer terreno.

Esos bárbaros golpeando la puerta son la industria del entretenimiento y la cultura del single, los artistas pop y el autotune. Fuerzas externas que atacan a los pilares de lo que, consideramos, el rock supone: rebeldía, autenticidad, músicos de verdad, álbums como obras de arte. Tenemos, desde hace ya mucho tiempo, el viento en nuestra contra.

El último intento de saqueo lo ha protagonizado Ed Sheeran, que ha lanzado, junto a Chris Stapleton (¡nada menos!) y Bruno Mars, una canción 100% rockera que ha gustado a su público pero que ha despertado escepticismo y desinterés en el nuestro. En este territorio llamado rock, que antaño fue imperio y hoy es poco más que aldea, resistimos con uñas y dientes a abrir las puertas a turistas musicales que lo mismo te hacen una canción de rock como una de reggaeton por mera diversión.

Desde los parámetros rockeros de autenticidad insobornable, Sheeran no es más que otro producto como Justin Bieber o Britney Spears. Un tipo que ha sabido hacer click con las masas gracias a las campañas de márketing (y nada más, ya que su físico contraviene los cánones estéticos de nuestro tiempo).

Resulta, sin embargo, que el talento compositivo de Ed Sheeran traspasa etiquetas, y “Blow” es un soberbio tema de rock duro. No es especialmente original, pero tiene en sí una frescura infrecuente, y los mimbres para convertirse en el superéxito que el rock no ha tenido en muchos años.

No importa el qué, importa el quién

No descubrimos nada si decimos que la industria de la música intenta, sin descanso, apropiarse de todo estilo que tenga algún potencial comercial. Como fans de un estilo musical generalmente denostado, sabemos que meter unas guitarras de apariencia rebelde en una canción pop vende bien, al tiempo que vacía de contenido real los valores que la gente rockera cree vivir a través de su música.

Es fastidioso ver cómo bandas excelentes perecen en medio de la indiferencia mientras los estadios se llenan de oyentes ocasionales con gusto por las baladitas y los manidos hits de Rock FM. Nos irrita ver camisetas de los Ramones en Zara y a Shakira versionando “Back in black” (o Juanes haciendo lo propio con “Seek and destroy”, más recientemente). Ante esa condescendencia que toma lo rockero como extravagancia estética, es comprensible que nos produzca rechazo todo lo que huele, siquiera de lejos, a marketing y ventas.

Precisamente por eso, en el imaginario rockero ha sido siempre difícil separar el estilo musical de los artistas que lo practican. Si el rock es rebeldía, no es posible hacer rock y ser un buen chico o una buena chica que guste a todo el mundo. En ese sentido, el matrimonio de Chuck Berry con una menor, los problemas con las autoridades de The Rolling Stones o las habitaciones de hotel destrozadas de Motley Crue son, además de asuntos personales, una cuestión consustancial a su música. Para formar parte de ese mundo de sexo, drogas y rock and roll, no es suficiente con hacer rock and roll. Además, hay que vivir vidas rockeras.

Bajo estos parámetros, el crédito que un artista como Ed Sheeran tiene frente al público rockero es inexistente. El popero pelirrojo suspendería con seguridad todos los test de pureza. No extraña entonces que, aunque “Blow” es indudablemente rock, la escuchemos con suspicacia, intentando encontrar el artificio, haciendo malabarismos para conceder mérito al invitado Stapleton (que sí es uno de los nuestros) y quitárselo a Sheeran y Mars.

Ed Sheeran, una estrella del pop improbable

Ed Sheeran es un buen tipo que escribe música agradable (en el peor sentido de la palabra), que gusta a las masas y que se escucha en centros comerciales. Por eso, no podemos considerar “Blow” sin pensar en el resto de su discografía. Si el giro a la comercialidad manchó el currículum de bandas como Aerosmith o Scorpions, haciéndolos caer en desgracia para muchos de sus antiguos fans, es igualmente difícil aceptar a artistas provenientes del género anatema por excelencia.

Lo que nos molesta, quizá, es que alguien como Sheeran, que no aparenta vivir el rock, haya escrito una canción que pasa tan bien por “lo auténtico”. Porque, al escuchar “Blow”, lo que nos viene a la cabeza no es “Shape of you”, sino cualquiera de las muchísimas bandas de rock setentero que se creen lo que hacen y que desbordan internet hoy en día. Y, lo que es peor: con o sin una canción como “Blow”, el destino de esas bandas es la irrelevancia.

En el rock, no nos queda nada que perder

¿Qué hacer, entonces? Los datos más recientes muestran que “Blow”, radiada ampliamente en las radios musicales generalistas, ha tenido poca o ninguna difusión en las emisoras dedicadas al rock. ¿Quizá por querer conservar una marca y una actitud frente a esas otras músicas no deseadas? ¿Tal vez por su aversión a las novedades, rockeras o no? Sea como sea, el segmento del público que estilísticamente corresponde a “Blow” (o sea, el rockero) parece estar perdiéndose una canción que ya está en las listas de hits.

En un momento en el que el rock mira al futuro con un pie en el museo y el otro en la precariedad, desechar la excelente canción de Sheeran y compañía es una apuesta arriesgada. Y, seguramente, perdedora. Sí, puede que afiance las convicciones de los rockeros más cerrados de mente, centrados en el quién más que en el qué, pero no sumará ningún adepto a esta causa que renquea desde hace lustros. Más bien al contrario, continuará agrandando el cisma abierto entre el rock y la música actual.

Ensimismados como estamos en el lento pero seguro camino hacia la irrelevancia mainstream, estamos dispuestos a desechar buena música con tal de preservar algo de esa esencia que el rock alguna vez tuvo. ¿Es Sheeran un falso rockero, un turista musical, escribiendo una canción como “Blow”? Probablemente, pero no más oportunista ni falso que el hard rock de MTV que insufló nueva vida al estilo a mediados de los ochenta. A diferencia de muchos de aquellos rockeros, a Ed Sheeran no le hace falta aparentar para vender.

Fotograma del videoclip de “Blow”, dirigido por Bruno Mars

Habrá quien piense que “Blow” es un intento de Sheeran por ganarse el mercado rockero. La realidad es que, para el artista británico (o sus acompañantes Mars y Stapleton), ese mercado tiene un interés reducido. Más bien al contrario, el paseo que Sheeran se ha dado por nuestra música puede atraer la mirada de miles de fans hacia un estilo que, salvo en las giras millonarias de los dinosaurios, ha dejado de interesar al gran público.

Si hay alguien o algo que pueda salvar el rock, seguro que no son cuatro chavales de Míchigan. Ed Sheeran, por su lado, marca tendencia. Y “Blow”, con su riff abrasivo y sus redobles y sus agudos, puede conseguir que llevar chupas de cuero vuelva a ser algo cool. ¿A quién le importa si es o no auténtico? Hablamos solo de un single, pero es un single que escuchan miles de personas que, gracias a Sheeran, sabrán que el hard rock es algo más que la música que escuchan sus padres y abuelos.

Si hemos de encontrar bandas que, en un futuro, hagan un rock innovador como no hemos escuchado en años, éstas vendrán no de versionar a Led Zeppelin y a The Beatles, sino del crisol estilístico que vivimos hoy y al que insistentemente damos la espalda. Desde este lado de la ciudadela, lo mínimo que podemos hacer es abrir las puertas y dejar que entre aire fresco.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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