TESOROS RECICLADOS: buscando nuestra historia entre discos usados

Los ratones de biblioteca tienen un correlato musical bien conocido entre la gente melómana. Éstos son los coleccionistas, los asistentes a las ferias del disco y asiduos de discogs que, previa investigación rigurosa, preparan la cartera para apoquinar por una pieza poco vista y, por tanto, muy codiciada. La investigación no se hace entre páginas de libros polvorientos, sino entre discos y vinilos de impecable estado, ferias anuales, subastas de ebay o en el reducido circuito de apasionados.

Puede que el arte del coleccionista tenga el encanto de la arqueología moderna, pero no es menos cierto que esas reliquias que se acumulan e intercambian son objetos fríos que no certifican nada más allá de su supervivencia en el tiempo. Sí, una primera edición del primero de los Beatles habrá pasado por muchas manos y no menos países, pero siempre con el cuidado que se le pone a las cosas destinadas a ser revendidas. Exactamente como el oro en paño.

Probablemente por eso, me parecen mucho más interesantes las harapientas tiendas de segunda mano. Con sus cajas magulladas, con sus rayajos y su polvo incrustado, no se puede negar que estos discos dan más ganas de abandonarlos que de llevárselos a casa. Especialmente en un país como España, donde la tradición de la segunda mano es comparativamente anecdótica, comprar en tiendas de segunda mano de fines benéficos tiene más de patología acaparadora que de coleccionismo.

En otros países, sin embargo, el mercado de segunda mano está extendido y normalizado, y no supone ningún estigma el comprar en las charities de Intermón Oxfam o Cruz Roja. En el Reino Unido o en Escandinavia, estas organizaciones y otras muchas tienen sus tiendas repartidas en las ciudades. Gracias a ellas, se da salida a las donaciones o herencias de particulares (ropa, libros, muebles, discos) que son adquiridas, a su vez, por otros particulares con menos recursos. Los beneficios, finalmente, van a parar a otros proyectos sociales.

Los discos usados no son muy diferentes de los cubos de basura domésticos. Hay un montón de mierda, pero también da mucha información sobre las personas que habitan la casa. De la misma forma, entre los montones de basura cultural que llegan a estas tiendas, hay muchas pistas anónimas sobre vidas pasadas, artistas desaparecidos o tendencias de mercado sobre las que merece la pena elucubrar. Después de varios meses frecuentando algunas de las diecisiete charities que la organización Stadsmissionen tiene en Estocolmo, esto es lo que he visto.

Testigos de un tiempo pasado y luminoso

Hubo un tiempo, antes del mp3 y el streaming, en el que creímos que el formato físico duraría siempre. Tras el vinilo, el cassette, el disco compacto o el mini-disc, habría otras iteraciones que mejorarían la calidad del audio o engatusarían a nuevas bolsas de compradores. Pero no fue así. Y, en cuestión de años, nuestras casas se llenaron de montones de material obsoleto. Que levante la mano quien se acerque a la estantería y no a Spotify para escuchar una canción.

Algunos de los discos usados más comunes

Lo que encontramos en las tiendas de discos usados es el resultado de este proceso. La gente, más tarde o más temprano, se termina por deshacer de todos sus discos, no hay razón para dejarlos en casa. Esto es así especialmente para los que se compraron en plena fiebre del disco compacto a comienzos de los años noventa. La sección de cd’s de una tienda de segunda mano es un cementerio de one hit wonders y artistas cuya fecha de consumo preferente pasó hace lustros.

¿Os acordáis de Savage “To the moon and back” Garden? ¿Ace of “All that she wants” Base? ¿Lisa “All around the world” Stansfield? Ahora que ya nadie los quiere, en las tiendas se amontonan esos discos de relleno interminable y uno o dos singles radiados. Varias copias de cada uno de ellos. Discos que probablemente se escucharon dos o tres veces en casa para empezar inmediatamente a coger polvo.

Una vez las minicadenas estuvieron tan presentes en las casas como el televisor de la cocina, el camino quedó perfectamente pavimentado para multiplicar las ventas de discos. Se compraban para regalar cuando no se sabía qué comprar. Se compraban (todavía en cassette) para evitar la radio en los viajes largos en coche. Se compraban porque estaban anunciados en TV. Se compraban para decorar la casa. Música para gente a la que no le importa la música.

Recuerdo, porque los he visto más adelante, algunos de los discos que decoraron mi niñez y muchos de ellos aparecen, como por arte de magia, en los estantes de reusados: el recopilatorio de Elton John, el homónimo de Tracy Chapman, cualquiera de Enya. Todo hits de su época que, salvo contadas excepciones, han perdido interés. Pensé que, siguiendo la lógica de las grandes ventas, debía encontrarme con muchas copias de Thriller, Hotel California, The wall, o cualquiera de esos otros álbumes históricos que copan las listas de más vendidos.

Pero no. Estadísticamente, la sobrerrepresentación de la última década del siglo es palpable. En contraste, los álbumes que tuvieron su época dorada en las décadas previas a la comercialización del cd aparecen con cuentagotas. No es fácil encontrar un Born to run o un Darkness on the edge of town, pero pueden comprarse copias de Lucky town o Human touch cada semana, sin que nunca se termine el suministro.

Tampoco sorprende. Los clásicos son clásicos, pero los discos noventeros de Bruce Springsteen fueron un chasco para muchísima gente. Al calor de un single atractivo o de una campaña promocional de las que ya no abundan, el consumidor medio se hacía con discos que pensaba que escucharía y que terminaron en nada. Cuántos miles compraron la segunda entrega de Bat out of hell, para descubrir que el único tema que disfrutaban era “I’d do anything for love”. Cuántos pensaron que Tracy Chapman tenía muchas canciones tan agradables como “Fast car”.

A pesar de ser buenos discos, pasaron enseguida al olvido para el gran público. No es de extrañar que muchos de ellos estén prácticamente inmaculados en el interior, aunque muy magullados por afuera. Una vez desprecintados, han pasado por guanteras y cajas de mudanzas; han servido de posavasos y han cogido polvo en estanterías. De su música apenas queda un eco lejano.

Culto de los discos usados

Springsteen, Chapman, The Corrs, Coldplay, Paul Young. Esos discos cien veces repetidos son, después de pasar un tiempo visitando semanalmente la tienda, como el ruido de fondo que uno intenta cancelar para no perder la concentración. Algunas portadas se repiten hasta que dejan de ser procesadas por el ojo. Otras son rápidamente captadas y excluidas por no ser del estilo buscado. Como en toda empresa arqueológica, hay que excavar con ahínco en el desorden hasta encontrar algo que valga la pena.

Y, de vez en cuando, lo encuentras. El esquivo debut de Pavlov’s dog, la discografía completa de Kenny Wayne Shepherd, o un disco en solitario de Joey Tempest que ni siquiera sabía que existía. Cuando el hallazgo se da, la recompensa es mucho mayor que el valor del propio disco. Veinte coronas suecas al cambio no son nada, pero la satisfacción de dar con algo que no pensabas poseer ni se te había ocurrido adquirir (porque volaba muy por debajo de tus radares) hace que las incursiones semanales hayan merecido la pena.

Son trofeos que ha costado tanto ganar como en cualquier otra competición. Porque en el mercado mohoso de los discos usados también hay competición. Después de unas semanas, vas identificando ciertos patrones y rutinas que no tienen nada de azar. Así, los martes, que es cuando reponen las estanterías, es cuando hay más gente de la habitual pasando revista. Hombres en su mayoría. Con los dedos de una mano van volcando los cd’s mientras con la otra sujetan los que ya tienen pensado llevarse. Miro con disimulo y leo Robert Plant, Nazareth, Rammstein.

Mierda. Cuántos discos me habré perdido esta vez, qué obras maestras se habrán llevado antes de que yo llegara. Porque la morralla cotidiana ve pasar los meses sin que nadie se la lleve a casa. En cambio, esos cd’s que llegan los martes esconden a veces algunas buenas sorpresas. De repente, un día, abundancia de rock melódico que va desde Bad Habit hasta Gotthard. Otro día, rock clásico que incluye el Perfect strangers o el IV de Led Zeppelin.

Sin más datos que los que arroja la propia presencia de esos discos, pienso que alguien con buen gusto ha decidido deshacerse de su música. Tal como cuando vamos a casa de un amigo ojeamos las baldas de discos (para admirar, comparar o juzgar), así me siento a veces explorando entre discos usados. La música habla a las personas y también de las personas. Quizá alguien con quien he coincidido en cualquier concierto de la capital me está vendiendo, a través de esta tienda, sus discos a precio de saldo.

Aunque puede que sólo sea una casualidad, son éstos los discos que generalmente están mejor preservados. Inmaculados, aunque ciertamente usados. Como si hubiesen llegado directos desde la sala de estar de algún melómano. De alguien que sí escucha su música mientras ojea las letras y los créditos. ¿Quién es esa gente?

Vivir dos veces

Un martes feliz consigo ser yo quien llega primero y me encuentro con los “nuevos lanzamientos” apelotonados en las primeras filas, como un montón de nieve virgen esperando ser pisada. Me llevo un hits de Journey, los dos primeros de Skunk Anansie, el Lateralus de Tool y el Misplaced childhood de Marillion. Estoy contento. Esta vez son otros quienes miran mi taco de reojo.

Habrá algunos ratones de la feria del disco que pensarán que esa misma labor de fondo es la que hacen los coleccionistas. Y lo es, pero hay un romanticismo muy distinto en los discos de los discos usados que llegan hasta ti. Con mucha o poca imaginación, cuando pongo esos álbums en casa creo estar viendo a esa otra gente por cuyas manos pasaron poco antes. Una etiqueta con el precio, irrisoriamente bajo, indica que fue comprado hace décadas. Un ticket que nadie llegó a sacar del interior te da información de alguna tienda de música ya desaparecida en Estocolmo. La clásica pegatina “nice price” a lo mejor no te dice absolutamente nada, pero la conservas como una herida de guerra infligida sobre el plástico de portada.

Cuando llego a casa, pongo el disco de Marillion en la cadena, y ojeo el librito. En la contraportada, una etiqueta distinta a las demás. Es dorada, y lleva un nombre y una dirección. ¿Quién es ese tal Tobias Haire que regala un disco en perfecto estado para que cualquier individuo lo compre al peso? ¿Sería la etiqueta dorada un distintivo de una tienda de discos? Me da por investigar. La dirección no corresponde con ninguna tienda. Debe de ser de un particular. Quizá un coleccionista.

Pero, ¿qué coleccionista pondría pegatinas indelebles en sus discos? Sin duda, una persona metódica y de costumbres peculiares. Necesito saber más. Recurro al censo sueco, pero sin resultado, porque no existe ningún Tobias Haire en la dirección postal que figura en la etiqueta. Quizá se ha mudado y ha decidido deshacerse de sus discos repetidos.

O quizá se ha muerto, y sus herederos han llevado sus pertenencias a la tienda de segunda mano más cercana. Me pregunto lo que piensa, o lo que pensaría él sabiendo que el fruto de años de pasión termina en un charity. Si él se lo habría imaginado de otra forma, quizá legados a un pariente melómano, o si simplemente el tiempo erosionó su amor por la música hasta que aquellos discos dejaron de suponer nada.

De cualquier forma, aunque Tobias haya desaparecido, algunos de sus discos los tengo yo ahora. Y, cuando el sintetizador de “Pseudo silk kimono” rompe el silencio, siento que algo me une con ese extraño más allá de nuestro gusto por Marillion o el celo con el que tratamos los cd’s. Muerto o no, ese desconocido vive de alguna forma en la etiqueta que permanecerá pegada a mi disco de Marillion. Quiero pensar que a Tobias Haire le hubiese gustado saber que sus discos están ahora a buen recaudo.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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