UZZHUAÏA: triunfar a tu manera

El 22 de septiembre de 2014, tras un exitoso crowdfunding y una gira por toda España, Uzzhuaïa pararon en seco. El descanso, indefinido, duraría cuatro años, hasta el 17 de abril de 2018, cuando anunciaron su regreso para celebrar diez años de su disco más emblemático: Destino Perdición. Los webzines aplaudieron la noticia; sus acérrimos inundaron las redes del grupo con abundantes mensajes tipo “ya era hora”, “por fin” y “se os echaba de menos”.

¿Por qué una banda cuyos fans recorren España para disfrutar de su directo más de una, dos y tres veces por gira echa el freno en su apogeo creativo? ¿Por qué, casi cuatro años después, regresan al 110%?

He cambiado

Los Uzzhuaïa que conocemos hoy, los que se convirtieron en familia y parieron eso de “ahora o nunca, ésta es nuestra revolución”, se terminaron de formar en el año 2002 tras la entrada de Álvaro, hermano de Pau, vocalista, que se incorporó en 2001. Ya formaban parte del grupo Israel (guitarra), Alex (guitarra) y Jose (batería), reacios entonces a que un muchacho que apenas alcanzaba la mayoría de edad se encargase del bajo.

Si bien iniciaron su andadura allá por 1993 en Valencia, habiendo publicado algunas demos y su primer disco –3000 grados-, no fue hasta la incorporación de los dos últimos miembros cuando comenzaron a ganar la reputación de gran banda de rock en la que se convertirían. En aquel período, del que se recordaría su paso por el escenario del Serie Z, se cocía lo que terminaría siendo Diablo Blvd., lanzado en el año 2003.

A modo de catalizador, las ideas y gustos que Pau y Álvaro añadieron a la mezcla, impulsaron al grupo lejos del metal noventero y dirigieron la nave hacia horizontes que poco tenían que ver. La composición se adaptaba al potente, extenso y melódico chorro vocal de Pau; dejaron campar a sus anchas los ramalazos de Backyard Babies, The Cult y Skid Row en las melodías -“Viaje sin fin” es un descarado ejemplo- , así como la influencia de Alice in Chains o Danzig en los riffs sobre una base rítmica propia del mejor rock duro americano. El sonido pantanoso de Down y el espesor de Sabbath, siempre presentes en su obra, también tuvieron su papel en “Lejos de mi ciudad” y “Sueña hoy”.

Con años por delante para pulirlas y desarrollarlas, las señas de identidad del quintento quedaron definidas. Editaron once canciones, entre ellas “Efecto Diablo”, su clásico temprano, con letras en castellano -una lucha contra los prejuicios que mantienen a día de hoy- y orientadas a un estilo que entonces, en España, ya no era popular. Entretanto, Sôber, arropados con inversión en publicidad, triunfaban a nivel nacional con Paradÿsso, mientras que Uzzhuaïa, aunque recibían excelentes críticas en humildes medios especializados, se ganaban los fans uno a uno, concierto a concierto, sin sonar en radio o salir en televisión.

No consta que hubiese acuerdo verbal, pero los resultados hablan por sí mismos: la banda, siempre y sin excepción, hizo lo que quiso y sólo aquello en lo que creía. Hoy, orgullosos, lo afirman en voz alta. La libertad creativa les proporcionó tanto cohesión personal y artística como la imagen auténtica y honesta con la que estrecharon lazos con sus seguidores.

Heridos en enero

Recién comenzado el año 2004, en pleno despegue, jóvenes e hinchados de ilusión, sufren un varapalo que los empuja súbitamente hacia la madurez: les desvalijan el local de ensayo en plena madrugada de año nuevo. Se plantean dejarlo pero, gracias al apoyo de amigos, músicos y la propuesta de telonear a los mismísimos Skid Row, sobreviven. La rabia que surge al perder sus herramientas, sus vías de expresión, la inversión de los ahorros que más duelen -los primeros-, la convirtieron en gasolina.

Tres años después del seminal Diablo Blvd., Uzzhuaïa publican “el blanquito”, su disco homónimo. Producido por un Gonzalo Parreño que acumulaba cinco años de experiencia desde el primer disco del grupo -el cuasi olvidado 3000 grados-, y compuesto e interpretado por una banda con una dirección clara, Uzzhuaïa, un árbol de veinte canciones podado a once, supuso la confirmación de su talento.

En el disco blanco encontrábamos a un Pau del todo desarrollado, cumpliendo lo que auguraba en Diablo Blvd.. Un cantante que, en lugar de empeñarse en demostrar, ejercía. Pau se desligaba de lo que uno podía esperar de un cantante de rock duro: no lucía voz aguda ni rota sino que, de forma limpia y melódica, cantaba a pulmón. Pero, si bien era lo primero que llamaba la atención, “sólo” era una de las cinco piezas que formaban la maquinaria.

El bajo de Álvaro, quizá el instrumento más desapercibido del género, era tan protagonista como la batería de José o los riffs doblados de Alex e Isra, sonando ahora, de verdad, a los Skid Row del 91. La mezcla, tan espesa como cruda, hoy perdura fresca y potente. Y, ahí, en medio de todo, estaban las mejores canciones que habían compuesto hasta la fecha. Cortes arquetípicos con estribillos para corear -“No intentes volver atrás”, “Perdido en el huracán”-, revientacervicales -“La cuenta atrás”- o el necesario momento blando -”La otra mitad”- fueron, durante años, imprescindibles en sus directos.

La producción de Uzzhuaïa ha envejecido tan bien como sus canciones. En un género que, para bien o para mal, dejó de ser una moda a principios de los noventa, producciones como ésta siempre sonarán, por definición, a hard rock, pues es parte de su ser.

Si bien ya se corría la voz en las profundidades de la red y en las barras de algunos bares -“esa banda tiene un directo de aúpa”-, fue en esa época en la que comenzaron a comerse cada escenario que pisaban. El grupo tenía un nivel fuera de lo común en su categoría -la de los que no viven de la música, que curran de lunes a viernes y sustituyen el descanso con conciertos-. Visualmente llamativos, influidos por quienes acarrearon lo mejor del género hasta los primeros noventa, exhibían un engrase absoluto: la potencia de un tren y un “saber estar” practicado hasta que sale natural. Detrás, se intuye, había un sacrificio que tarde o temprano pasaría factura. También ilusión y ambición; combustible a mares. Cada bolo, fuese ante diez o ante cien, era un bolo a recordar.

Estaban listos para comerse el mundo. Un mundo que, en la década de los 2000, se repartían el nü metal, el metalcore y el rock alternativo, en el que las bandas clásicas resurgían para agotar entradas en minutos y vaciar las carteras del personal. Tiempos en que el público no buscaba qué escuchar; la oferta era tan abrumadora y estaba tan al alcance del ordenador que esperábamos a que nuestro medio favorito nos dijese dónde hacer click.

El crecimiento vertiginoso de Internet, entonces, propició el cambio de costumbres y formas de consumo musical. Quienes ya tenían un nombre en medios escritos y radiofónicos, sin perder el tiempo, ocuparon su plaza en la red de redes. Algunos mantienen su influencia hasta el día de hoy. El sistema no lo inventaron ellos, pero las reseñas discográficas y las crónicas de las webs más asentadas eran, además de un canal de difusión, un espacio publicitario para quien pudiese pagarlo. No era el caso que nos ocupa.

No somos perfectos

Lo que para oyentes receptivos era uno de los atractivos de su música también fue una de sus fronteras: demasiado heavies para el público rockero y demasiado rockeros para el público heavy. En España las corrientes rockeras se dividían por escenas que, a su vez, se asociaban a tribus. Si estabas en tierra de nadie, estabas en el nü metal o en el “alternativo”. En la época, Saratoga, Warcry y Avalanch encandilaban a la juventud metalera. Marea se ganaban el país provincia a provincia mientras a Platero y Tú se les echaba de menos y Extremoduro ascendían al estrellato, los tres de tendencia castiza. M-Clan habían “pactado con el diablo” y no se les contaba. Al mismo tiempo, el público objetivo de Uzzhuaïa tenía la mirada puesta en los fallidos Velvet Revolver o babeaba con el debut de Brides of Destruction. En la radio rechazaron sus temas porque “las guitarras sonaban alto”.

Y, aparte, las letras. Cierto sector ignora el rock cantado en castellano porque “en castellano no suena bien”, especialmente cuando no encaja en los géneros establecidos. Lo que puede deberse a diversas razones -las letras, en el idioma nativo del oyente, reciben más atención que la música, por ejemplo, o simple falta de costumbre por ser el rock música naturalmente anglosajona- nunca dejó de ser una cruzada personal más, algo que agrandaba su aura de autenticidad y la sensación de que todo lo demás les importaba un carajo.

Uzzhuaïa ni pagaban publicidad ni tenían quien se la pagase. Tampoco tenían viejas glorias entre sus filas. No pertenecían a ninguna escena porque no existía ninguna a la que adherirse. Era difícil recomendar sus discos, pues tanto boca a oreja, paradójicamente, los estaba convirtiendo en banda de culto. Hay cierta sensación de que los nombres, hace quince años, ya comenzaban a pesar más que la música. Estos cinco se estaban forjando uno a pie de escenario, pero no parecía ser lo más importante.

Ahora o nunca

Terminando la gira de presentación del disco blanco, en verano de 2007, el grupo comienza a intercambiar ideas, dando forma, poco a poco, al que será su próximo trabajo. Con el asesoramiento del que podría considerarse el sexto miembro, Gonzalo Parreño, reducen un conjunto de quince canciones a doce, imponiéndose, en el empeño de entregar un disco directo, la idea de dejarlo en diez.

Destino Perdición se gestó en seis meses y se grabó en directo durante enero de 2008 en Musiclan. Lo mezcló Manuel Tomás, con toda la confianza ciega del grupo e, impredeciblemente, lo masterizó Max Miglin. El resultado fue el clásico cuyo décimo aniversario les trajo de vuelta a los escenarios en 2018.

Destino Perdición supuso, sin duda, el punto de inflexión. Un single como “Nuestra revolución” pudo haberles hecho la carrera. Lo tenía todo: el riff, el puente, la letra, un estribillo infalible, el omnipresente sonido de la pandereta y un solo de guitarra tarareable. Es una canción pop con contundencia y actitud de hard rock.

Pero el álbum no se limitaba a una pieza potente: el tema homónimo, que podrían cantar todos los colegas que llevan guitarra a los botellones; el himno a los caídos “Blanco y negro”, la composición más sentida de Uzzhuaïa hasta la fecha; el homenaje a su tierra, “Baja California”, que se convirtió en su carta de presentación; su contrapunto salvaje, “Cuando ya no quede nada” y el colofón final, “Desde septiembre”.

Su quinto disco de estudio es el más completo. Los medios de la época se deshacían en elogios; los viejos fans insistían en sus círculos: tenéis que escuchar a estos tipos. Ya eran fuertes en Valencia, pero con Destino Perdición se asentaron en Madrid, uno de sus bastiones. Jugaban sus mejores bazas: influencias americanas, temas pegadizos, una producción arrolladora y la amalgama de estilos de la que tantos desconfiaban. Estaban ahí, bullendo de creatividad y fuerza motora, al alcance de quien quisiese desviarse de tendencias.

Quien se dejaba llevar por los rumores y las recomendaciones y se aventuraba a verlos en directo, caía rendido. Entretanto, el grupo seguía su propio camino independiente, ajeno al negocio, sus manos invisibles y sus tejemanejes. No se publicitaban a gran escala. Ni siquiera a media. Lo que conseguían se lo ganaban por méritos y, lo que conseguían, perduraba.

El rock había cambiado y el público gastaba 60, 70, 80€ en ver a AC/DC “no vaya a ser la última vez” en lugar de darle oportunidades a una banda de la que no podrás presumir ante nadie. Nunca existió la “burbuja” Uzzhuaïa. Nunca fueron un hype. Y, con todo, seguían. Continuaban tocando, componiendo, entregándose hasta el estrago en cada concierto, empapándose del cariño de los fans que los seguían por el país tras el último bis y volviendo a sus vidas cada lunes.

Durante la gira hubo salas llenas y también las hubo medio vacías, pero en todas se encontraban lo mismo: gente cantando sus canciones, fans que los abrazaban al terminar. Tenían lo mejor de tenerlo todo sin tenerlo todo, pero tenían lo más importante: el control sobre su música y la satisfacción de disfrutar siempre de lo que hacían.

No quiero verte caer como lo hicieron los demás

La trayectoria de Uzzhuaïa no sólo es intachable como banda de directo. La crítica premia su ejemplar progresión creativa. Tienen a todos los webzines a sus pies, exceptuando, claro está, a los que parten el bacalao. Pero el destino los golpea de nuevo: Gonzalo Parreño, su inseparable productor, amigo y compañero, lucha contra un cáncer de pulmón. Entonces, y por segunda vez, la banda convierte la desgracia en cerillas y material inflamable: componen “13 veces por minuto”, que, desde que se publica como adelanto del disco de mismo nombre, se convierte en un fijo de su repertorio.

Si Destino Perdición fue el punto de inflexión o, en palabras de la banda, su consagración en cuanto al ejercicio de componer canciones, 13 Veces por minuto es un paso adelante impulsado por la seguridad de quien es consciente de su potencial y libre de imposiciones.

Abrazaron su lado más comercial así como liberaron el más agresivo, sin complejos. Las múltiples caras de Uzzhuaïa se dispersaron aflorando en sus canciones tralleras de siempre -el tema homónimo, “O.C.K.” o “No quiero verte caer”-, los riffs marca de la casa -”Antes del amanecer”, “Ángeles malditos”- y la faceta más suave y melódica -”Magnífico fracasado”, “Ante la tempestad”-.

En su quinto disco de estudio se percibían, de nuevo, oportunidades que nunca se materializaron. La gran barrera que impidió que los cientos que entonaban “Magnífico fracasado” desde el primer concierto de la gira pasasen a contarse con cuatro cifras no fue el idioma, ni la heterogénea propuesta ni la imagen de la banda. Fue la falta de empuje de un negocio que, desde hace décadas, poco tiene que ver con honestidad -ese valor asociado al rock y, paradójicamente, maltratado por las bandas más admiradas-. El público tiene poder pero, cuando el altavoz de Internet le da voz a quien ya tiene empuje suficiente o puede pagárselo, sólo algunos elegidos llegan más allá.

Cuando les preguntaban por qué no girar fuera -cruzar el charco, Sudamérica ha servido de trampolín a no pocas bandas- se mostraban cautos: “es arriesgado”. Arriesgado significa caro. Cruzar puede arruinarte sin un apoyo firme que organice la gira, que garantice los pagos y un mínimo de seguridad. Uzzhuaïa llevaban años en ese umbral entre vivir de su música y el hobby serio.

Sin embargo, recibieron una valiosa recompensa: fans que se convirtieron en amigos, miles de rockeros de todo el país rendidos a sus pies, cantando y bebiéndose el Jack Daniel’s que Pau repartía a chorro en los conciertos de la gira mientras sonaba “Durango”, dedicada a una mítica sala Valenciana en la que hubiesen podido residir. Triunfar contra viento y marea a esa escala es, cuando menos, loable, pero tampoco lo ponían difícil, pues todos queremos vernos reflejados en una banda que desprende tal honestidad.

Una historia que contar

En junio de 2013 el grupo se desvinculaba por completo de la industria y decidía tirar por su cuenta: iniciaban una campaña de crowdfunding para editar y comercializar su nuevo disco como se merecía: cedés, vinilos, camisetas y hasta una caja de edición limitada. Era eso o nada: con el material escrito, sencillamente, no podían pagarse una grabación a la altura de sus anteriore trabajos.

En cinco días recaudaron los 8000€ que necesitaban. Cuando terminó la campaña, habían recaudado 17.502. Santos y diablos sería una realidad.

Quedó claro que participaron los que siempre habían estado allí, la inquebrantable base de fans que se habían ganado a pulso, pues nada cambió.

El álbum resultó ser el colofón a su progresión. Las tres caras de Uzzhuaïa quedaron bien diferenciadas en su disco más heterogéneo. Abrían con un cañonazo punk de la escuela Mike Ness -“Una historia que contar”- para, a partir de ahí, reproducir sus influencias como base de algunas de sus mejores composiciones: riffs stoner en “Fugitivos”, “Bailarás en el infierno” y “Directo al mar”, más The Cult en “Santos & diablos” y hard rock de los primeros noventa en “Latidos”, y su lado más comercial -”El solitario”, “1975”-, todas ellas coronadas por estribillos que probaban cómo, a base de años en el oficio, le habían cogido el tranquillo. Santos y Diablos también incluía su pieza más personal y arriesgada, una “En ciernes” que, tal como la presentaban en la gira, le había salido a Pau “de las tripas”.

A su disco más maduro le acompañó otra gira que superó la veintena de conciertos a lo largo del país. El panorama era el de siempre: salas con aforos dispares con entrada decente y unos cuantos llenos, público entregado, sudor, whiskey americano y repertorios que, para contentar a todos, tendrían que haber durado tres horas.

Si la triste despedida pilló al público por sorpresa fue porque durante la gira no hubo signos de flaqueza. No fueron los primeros en dejarlo en su mejor momento, pero fueron de los pocos que lo hicieron antes de consumirse; antes de que alguno dijese “basta”, antes de vaciar el depósito. No vivir de la banda les permitió anteponer su amistad a todo lo demás. Si estos cinco han presumido de algo, ha sido, sobre todo, de ser una familia. Y hasta las mejores familias necesitan descansar de sí mismas.

Sin saberlo has escrito parte de mi juventud

Tanto quienes nunca los vieron en directo y sufrieron la resaca de su separación durante años como aquellos que lloraron su pérdida celebraron la noticia: la banda anunciaba un regreso que se gestó durante una comida informal. Álvaro se lo soltó al resto como una bomba: ¿por qué no celebramos el décimo aniversario de Destino Perdición?

Sin esperarlo, con los miembros del grupo inmersos en sus respectivos proyectos – 13 Millas, Corazones Eléctricos y Capitan Booster-, la banda colgaba una pista al inicio de 2018 que desembocaría en el anuncio de seis fechas en las que el nombre de Uzzhuaïa volvería a brillar. Y, en Madrid, Barcelona, Zaragoza, Bilbao, Murcia y Valencia, brillaron como nunca. Lo presenciaron, además de los incondicionales, que lo disfrutaron como si hubiese sido la primera vez, unos cuantos más que descubrieron lo que se habían estado perdiendo.

Al grupo, cinco años después, le empieza a encajar alguna de sus propias letras -”No quiero verte caer”- pero, más que sobrepasados por la experiencia, lo estuvieron por la cálida acogida. Habían puesto la maquinaria a funcionar de nuevo y esta parecía rejuvenecerles durante las dos horas que duraba cada show. Allí estaban la actitud, los temas y la entrega absoluta. Cualquier podía imaginarlos planeando aquellos festines: “o lo hacemos bien, o no lo hacemos”. Lo que se vio es lo que hubo: una ratificación de que, cuando quisieran, podrían volverlo a hacer; una celebración de la pasión, de hacer lo que uno ama; una reunión de amigos. ¿Por qué? Porque podían y porque les apetecía.

Uzzhuaïa: brindar por el rock & roll

Uzzhuaïa permanecen en el lugar que se ganaron. Parece que los conciertos adicionales que han dado en 2019, aprovechando el esfuerzo invertido en aquellas seis celebraciones, han sido tanto una forma de tantear al público como un empeño en dejar claro que nunca cayeron como lo hicieron los demás. Sin colapsar webs ticketeras, han demostrado que no viven ni de nombre ni de nostalgia; a los neófitos, que no se les había vendido humo. Que hay pocas bandas como ellos. En España, quizá, ninguna con una historia como la suya.

A la lucha de una banda por abrirse camino, al aferrarse a su propia voz y a dedicarse a lo que uno siente, Pau lo llamó “tener el gen suicida”. El “gen suicida” son todas esas expresiones con las que a tanta “leyenda” se le llena la boca mientras “olvidan” explicar cómo favorecen la reventa de entradas o aclarar que los fans pagan por disfrutar de voces pregrabadas en el mejor de los casos. Ese “gen suicida” es algo que se daba por sentado hace tres, incluso dos décadas, el corazón de esta música que nos llena la vida. Hoy es una rara avis que pierde peso a diario, una actitud que parece convertir en kamikazes a quienes empiezan desde abajo con ímpetu, decisión y talento.

A Uzzhuaïa no los eligió la mayoría, pero sí muchos sin seguir recomendaciones de eminencias de la prensa escrita. Su futuro es incierto. Ni la propia banda sabe cuál será el siguiente paso: “somos libres estando juntos”, afirma un satisfecho Pau. En pleno 2019, cuando suben al escenario, a ninguno se le intuye la mirada de un magnífico fracasado; bajo las acechantes patas de gallo que antaño no existían, si uno se fija, es fácil ver la sonrisa orgullosa de quien ha logrado triunfar a su manera.

Edgar Corleone
A la música le dedico la mayor parte de mi tiempo pero, aunque el rock me apasiona desde que recuerdo, no vivo sin cine ni series de televisión. Soy ingeniero informático y, cuando tengo un hueco, escribo sobre mis vicios.

Tres nombres: Pink Floyd, Social Distortion y Bruce Springsteen.

9 comentarios en “UZZHUAÏA: triunfar a tu manera

  1. Impresionante, vaya pedazo de artículo. Cuánta verdad y qué bien escrita. Me descubro ante usted y, por supuesto, ante los gigantescos Uzzhuaïa por seguir siendo tan grandes y honestos como han sido siempre.

  2. Un gran artículo de una gran banda a la que digo desde hace mucho y como tu birn cuentas, siempre trendremos la chispa adecuada de Uzzhuaia para qur llene nuestras almas de Rock

  3. Magnifico articulo, soy seguidor de ellos desde que los descubri con Diablo blud, aqui en Almeria tienen un grupo de seguidores aferrimos, son uno de los grandes grupos de rock de España

  4. Impresionante artículo, los sigo desde verlos teloneando a skid row y desde ese día han sido un referente y mi banda hasta el punto de tatuarmelos y recorrer un montones km detrás de ellos. Se merecen estar en la historia del rock de este pais y de haber llenado salas una tras otra. Además de convertirse en grandes amigos ellos y los suyos. UZZ FOREVER.

  5. Desde aquel día en la sala Caracol, con Pau encima de la barra cantando “Nuestra Revolución” me hice uzzliver….
    desde entonces, perdí la cuenta de todos los conciertos y de los km recorridos.
    Una de las bandas que han construido mi vida.

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