Cuando la leyenda se materializa: GLUECIFER en Madrid

Gluecifer tenían la noche ganada. Los presentes, o bien querían repetir la experiencia vivida en el Azkena Rock 2018, o bien estaban decididos a comprobar si aquel grupo, que tan buenos momentos ofreció a principios de la década anterior, había regresado en tal estado de forma como para ofrecer un concierto que, según se comentaba, fue “histórico”.

Pues bien: cuando reúnes a la vieja banda porque, tras un sueño vívido, sientes que es el momento, porque echas de menos a aquellos tipos de los que te has distanciado, a los que te unía la música -canciones que dieron forma a toda una “ola”- y de los que te separaste tras lanzar tu mejor disco; cuando te resbalan las reuniones de gigantes que necesitan pasta y decides que, si vuelves, has de superar tu legado, ridiculizando aquello que detestas; cuando fichas a un bajista entregado a la causa que luce el esqueleto de Social Distortion tatuado en los pectorales; cuando a tu cantante que, vete a saber por qué, canta mejor que nunca, le hace mejor juego su look de siempre con los años de más; cuando la mejor parte de todo esto es hacerlo sin presión: sin planes de por medio, sin canciones nuevas ni discos en el horizonte… 

Cuando todo esto ocurre, las habladurías y rumores, que están a punto de convertirse en leyenda, se materializan. 

fuente: Gluecifer.net
fuente: Gluecifer.net

Lo que recordabas, tanto de hace año y medio en Vitoria, como de hace quince años, cuando no peinabas canas ni te importaban las consecuencias del exceso, se repite. Sin factor sorpresa, eso sí -indispensable para convertir un concierto irrepetible en uno de leyenda-, pero con igual fuerza y en el contexto de una sala a los pies de cinco agentes del rock.

Tan sobrados iban Gluecifer de sonido, ensayos, actitud y, sobre todo, forma, que se permitieron arrancar con “A call from the other side” en lugar de algo más apabullante para, poco a poco, subir la velocidad con “Car full of stash” y provocar un crescendo que culminó al tercer tema, “Get the horn”, y coronaron con “Easy living”.

Para entonces ya tenían al público machacándose los costados en las primeras filas, los mismos que lo hacían hace veinte años y unos cuantos nuevos comprobando en carne propia lo que debería ser todo concierto de rock: una banda empacada a la perfección y en plena conexión con el público, comandada por un impecable Biff Malibu alimentándose, como el resto de los miembros, de la desbordante energía de las primeras filas.

El desarrollo fue tan intenso, tan falto de cuartel, que los cuarenta y cinco minutos en los que cupieron hits como “I got a war”, “Leather chair” o “Ducktail Heat” se sintieron como 90. Sin embargo, el agotamiento al que el público se enfrentaba tema tras tema, el aire cargadísimo y las cervezas que no paraban de regar cabezas y pista, no afectaron a una banda abrumada por todo ello y resuelta a estar a la altura

La segunda mitad del concierto, que sólo se diferenció de la primera por dos brevísimas despedidas del grupo, mantuvo el extenuante bombardeo de canciones como “Take it”, “Bossheaded” o los himnos “The year of manly living” y “Desolate city”. 

Irrepetible como reunión. Irrepetible como concierto de punk rock. A las claras: no se puede hacer mejor. Noventa minutos de excelente sonido, sudor -arriba y abajo-, velocidad, grandes canciones y, lo mejor que darse en un concierto: comunión. 

Edgar Corleone
A la música le dedico la mayor parte de mi tiempo pero, aunque el rock me apasiona desde que recuerdo, no vivo sin cine ni series de televisión. Soy ingeniero informático y, cuando tengo un hueco, escribo sobre mis vicios.

Tres nombres: Pink Floyd, Social Distortion y Bruce Springsteen.

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