EL DROGAS: “los medios están haciendo imbéciles más que gente con criterio”

“Oye, perdona, ¿esta cola para qué es?”. “Es para El Drogas, que va a firmar discos”. “¿El Drogas? Ah…”. Parece mentira, pero todavía hay gente que no conoce al tipo de pañuelo en la cabeza y gafas de sol que aparece en el cartel de la entrada. Él aún se las da de poca cosa, pero El Drogas es, además de uno de los músicos más trabajadores del rock, el autor de varios clásicos inmortales de la música popular en español.

También es un incansable altavoz de causas justas y a menudo perdidas, desde la memoria histórica hasta los muertos y asesinados en nuestras costas, pasando por los desahucios o la corrupción. Por encima de todo lo mencionado, El Drogas es padre, abuelo, hijo y socio de una familia a la que dedica la mayor parte de su tiempo. Quizá por eso, en la firma de discos de la Fnac Donostia tienen prioridad quienes van con niños.

El Drogas no es muy amigo de las prisas, y firmar unos setenta ejemplares de Sólo quiero brujas en esta noche sin compañía puede llevarle mucho más tiempo del calculado. El cantante charla con sus fans, se abraza y se saca fotos que gente a la que quizá no conoce personalmente pero que parece sentir, a través de esa unión intangible llamada música, como amigos y amigas de toda la vida. 

También se olvida del reloj cuando charlamos, a mediodía, durante una hora larga. Cuando le propongo terminar la entrevista para no pasarnos del tiempo establecido, él no tiene prisa. “Por mí seguimos, hasta las cuatro y media no tengo nada”. Me tienta aceptar y pasarme otro par de horas preguntándole de todo, sabiendo que no hay temas intratables para alguien que va con la verdad por delante.

En la Fnac de Donostia, El Drogas sale del backstage improvisado como si la cosa no fuera con él, unos aires de pequeñez que no pueden fingir. Con la cabeza gacha y una sonrisa nerviosa, agarra la guitarra que espera junto al micro, se sienta en la banqueta y presenta el plan de la tarde. El grueso de la actuación lo ocupará el “timbre acústico” de Sólo quiero brujas en esta noche sin compañía, más otros cuatro temas antes de la firma.

En las distancias cortas, parece que esa grandeza teatral que lleva El Drogas sobre el escenario se desinfla, y lo que vemos es a un tipo de seguridad dubitativa. “Cuando voy solo, nunca toco una canción de la misma forma que el día anterior. A veces estoy más acertado, otras…” me explica. “Es la única manera de que de repente se dé la genialidad. Pero la genialidad no se da siempre, y puede acabar siendo un desastre. Esa tensión que me da mi propio miedo a mi propio desastre hace que los nervios estén ahí”.

Es difícil decir si a El Drogas le gusta más tocar o hablar. También es difícil decidir cuál de las dos facetas resulta más disfrutable. A veces, la actuación se parece más a un monólogo musicado que a un concierto con comentarios. Cuando el de la Txantrea le da a la lengua, el desastre generalmente se esquiva y se llega de rebote a la genialidad.

Habla entre canción y canción de su “amigo” Ortega-Smith, de las dificultades de ponerse la armónica en su sitio, o suelta interjecciones como “¡qué país!” para luego corregirse y decir, con sorna, “¡Más País!”. Aprovecha algún silencio para aceptar preguntas, y como nadie se anima, hace como que le preguntan las razones de sacar un disco quíntuple. “¿Por qué? Muy sencillo, porque los cinco discos están compuestos con los mismos tres acordes. Y arranca las risas del soso público gipuzkoano.

Después de pasar por el bajo y la guitarra eléctrica, a El Drogas se le ve ahora especialmente cómodo con la acústica a cuestas. Es con ella con la que escribe la mayoría de su material actual, aunque, dice, desde esa premaqueta hasta la grabación final hay un “proceso precioso que no cambiaría por nada”. Repite en un par de ocasiones que no le gustan las canciones redondas, porque “si se te va el batería, el que venga tiene que tocar lo mismo que hacía el otro”.

En la banda que lleva su nombre, “cada músico que va a participar sabe que tiene sitio y sabe por dónde entrarle a la canción”. Con este formato, es la gente que participa, dice, la que “va deformando o formando la canción. Vas viendo como va yéndose hacia aquí, y si fuese otros músicos estaría yendo hacia allá”. Por eso, las colaboraciones que inundan Sólo quiero brujas en esta noche sin compañía son, en el sentido estricto de la palabra, irrepetibles.

La perseverancia con la que El Drogas prosigue su carrera produce admiración, pero también algo de alarma, porque su ejemplo evidencia que en el tiempo y con los cuatro acordes con los que él publica cuarenta y dos canciones, “otras bandas no consiguen sacar ni diez. Podría parecer altanería si no se apoyase en la evidencia. Cuando hablé con él en 2013, tras la publicación de Demasiado tonto en la corteza, ya tenía en mente algunos de los proyectos que ha ido sacando adelante desde entonces. Los conciertos en teatros con la R&B band, o la recuperación de la (des)memoria histórica, pasaron de las palabras a los hechos en cuestión de meses.

El Drogas le quita hierro, y señala la cara amarga del asunto. “El formato R&B es un formato para mí fantástico, muy divertido, muy espectacular y colorido…pero claro, yo eso en una sala no lo quiero hacer. Lo llevo a teatros y ¡joder!, hice siete teatros y en un país que hasta en el pueblo más pequeño hay teatro o casa de cultura…es un fracaso. Es un triunfo toda la preparación, y donde hemos tocado ha sido inolvidable…pero ha sido un fracaso, así de claro”.

Algunas historias salen y otras no”, continúa. “Toda la teoría que tienes en la cabeza tienes que mascarla mucho, rumiarla, porque hay cosas que no…y luego, de lo que sí puedes llevar a cabo, hay que ver cómo llevarlo a la práctica. Porque a veces es en plan ‘hostia, eso que he pensado…’. También es un placer poner los pies en el suelo. Te diría que la gran mayoría de cosas no se han llevado a cabo. Yo al final digo que vives más de los fracasos que de los éxitos”, y ríe, “o de esos fracasos que ayudan a que el siguiente trabajo a lo mejor sea más práctico.

La gira que comienza este mes de noviembre es buena prueba de su capacidad de planificación y adaptación. Para hacerlo económicamente viable, calcula, deberían meter un mínimo de quinientas personas por sala. Y no incurrir en gastos innecesarios: “para poder llevar el piano, el contrabajo…todo ese compendio ha tenido que ser muy elaborado para no poner zancadillas a nuestros propios técnicos, no andar cambiando de instrumentación en cada canción…porque vamos a escenarios que son cada día diferentes, así que, ¿cómo lo llevas a cabo? En algunos casos, el piano de verdad no lo puedes meter, así que llevas el piano que tiene su atrezzo y tal y tal y está bien. Evidentemente no es lo mismo, pero a algunos escenarios no puedes hacer llegar el piano que pesa 300 kilos”.

En la Fnac de Donostia no hay instrumentos pesados ni más atrezzo que el desplegable promocional. Salvo por la acústica y la armónica, nadie acompaña a El Drogas. Y las canciones, siendo nuevas, sólo las siguen algunas bocas ávidas que traían el trabajo hecho de casa. Sólo en un momento se viene el público arriba (o deja de lado sus vergüenzas), y es para cantar el estribillo de “Al salir la luz”: na, na, nanana, na, na, nanana, na, na, nanana, na. Simple, efectista. 

¿Para qué más palabras?”, se pregunta el artista. La canción, con su estribillo para todos los públicos, es un homenaje a las mujeres luchadoras. En los últimos años, y cada vez con más frecuencia, El Drogas ha ido ahondando en letras de marcado carácter feminista, una rareza en el mundo del rock. Cuando le pregunto si encuentra en su obra de varias décadas alguna canción que haya envejecido mal, alguna “La mataré” de la que ahora se avergüence, no le viene ninguna a la cabeza. “Las canciones están hechas cada una en su tiempo, pero…no sé Loquillo lo que pensaba, pero a mí ya entonces ‘La mataré’ me chirriaba, ¿no? No lo sé, ‘Mañana será igual’, por ejemplo, me pongo a pensar y sigue siendo bastante actual, ¿no?”.

Además, añade, “las canciones no envejecen de manera generalizada, envejecen para la persona que la ha recibido. Una canción, cuando la has puesto en común, es el propio público, de manera individual, quien la hace suya”. Parece la clase de frase bienqueda para acabar por no decir nada, pero entonces sigue y menciona a uno de sus artistas de cabecera. A mí me encantaba Gary Glitter, y no puedo tragar al tío. Entonces, digamos que soy yo el que pone en su lugar a este Gary Glitter que tiene juicios por pederastia desde hace muchísimo años…” aunque, al final, añade que “I’m the leader of the gang” le sigue “pareciendo acojonante.

Hay otros tipo de machismo que no encuentra en su música pero que sí ve en el día a día, y son “esos micromachismos que existen dentro de las casas. Llevo con mi socia desde el 82, y las veces que yo he limpiado la taza del váter a fondo…”, ríe nerviosamente, pero termina tajantemente, diciendo que “eso sí tengo que ser capaz de cambiar”. Una determinación que no esconde, sin embargo, ningún arrepentimiento.

Lo hecho, hecho está, y lo que hiciera lo hice por convencimiento en aquel momento”. Se le nota algo incómodo hablando del asunto, como si estuviese contestando a una pregunta que yo no he formulado pero que ha escuchado tantas veces que no puede quitársela de encima. Tampoco creo que haya que ser rencoroso con uno mismo”, continúa, más distendido. “La vida es crisis, entendida la palabra como movimiento constante. No tienes por qué hacer todo bien, ni estar continuamente flagelándote. También está bien reconocer que antes pensaba algo de manera clara y luego no. Yo soy una persona que suelo decir y llevo a la práctica que hay que poner hoy las convicciones de ayer en duda para seguir aprendiendo. Y aquí sigo”.

Hablando de convicciones. Si antes no tragaba las reuniones de bandas míticas, ahora telonea a La Polla Records, que revienta pabellones allá por donde pasa. No soy partidario de levantar al muerto, pero en este caso sólo puedo alegrarme. Porque sabiendo todo el entramado que nos sucedía a los grupos de entonces…me alegro de que hayan recuperado sus trabajos y de que económicamente les vaya mejor, por fin. Porque hostia, es de vergüenza lo que sucedía en esa época. Tú te dedicas a tocar y los temas económicos…al final, los primeros éramos los de los grupos. En ese aspecto, me alegro por ellos. ¿Cómo no me voy a alegrar de que colegas recuperen su trabajo y lo puedan explotar como ellos quieran?”.

Claro que siempre los hay que prefieren a las bandas en la pobreza, no vaya a ser que pierdan la autenticidad. “Eso ha sido toda la vida, ¿no? Yo he visto gente de sesenta años que, cuando tenías veinticuatro, te criticaban porque sacabas No hay tregua con RCA, una multinacional, ¿no? Luego los he visto calvos, con corbata, y trabajando en un banco defendiendo a la empresa a muerte. No va más allá de la simple anécdota. Eso me pasa con la gente que se define auténtica. ¿Dónde tienes el sello de autenticidad? Aiba la hostia, si detrás en la etiqueta pone Made in china. O esa gente que cree que le han salido un par de alas blancas, y no se dan cuentan de que lo que en realidad tiene es un par de alas de pollo”.

Aunque parece quitarle importancia a lo que él considera una anécdota, no suelta el tema durante los siguientes minutos, para terminar con una sentencia de las que crean jurisprudencia: dudar de la sinceridad que pueda tener Evaristo me parece tan de mal gusto como dudar de la catalanidad de Serrat.

La reunión de La Polla Records ha sido, tal y como el propio cantante señala, “un acto social muy potente”. A la gente, parece, le faltan referentes actuales, en un momento en el que el rock no parece ofrecer nada nuevo, ni estimulante, que sirva como relevo generacional. Lo que el rock urbano está aportando ahora mismo es nada. Quizá sólo grupos de versiones en festivales masivos, donde a la gente le importa una mierda lo que diga este u otro grupo

Así, como sin quererlo, El Drogas menciona y se carga de un golpe dos asuntos espinosos. Las bandas tributo y los festivales. “No me metería en un cine a ver cien tráilers, prefiero meterme una tarde hora y media a ver una película guapa. A partir de ahí, que cada uno se busque la ruina vital que quiera”. Queda claro, ¿no?

Cumplidos los sesenta años, El Drogas no tiene tiempo para buscarse su propia ruina vital. Prefiere dedicar tiempo a su familia, “jugar con mis nietos y verlos crecer, estar abrazando mientras pueda a mi madre todos los días, escuchar a mi hija lo que me habla de su trabajo y de sus estudios”. También tiene tiempo para escuchar a nuevas bandas (menciona los nombres de Belako, Agoraphobia y Sonic Toys), aunque ya no lo hace como antes: antes me ponía el Ace of spades de Motorhead para salir dando codazos a la calle.

Ahora que es abuelo, lo que suena en casa lo controlan los nietos. “Ellos mandan. Si tengo que oír a los payasos de nosequé, pues los escucharé tan a gusto. Cantaré las canciones y las intentaré sacar con la guitarra para cantarlas con ellos. De hecho, compongo bastante más fuera del oficio, improvisando con ellos canciones veraniegas, metiéndoles como protagonistas en las historias que me invento, y me lo paso tan a gusto porque son historias concretas de ese momento y al día siguiente ya ni me acuerdo. Y con mi madre pues lo mismo. Canto canciones que me invento con ella y ya está, que es lo que hace falta”.

A pesar de sus ideas contundentes y su lengua sin filtros, a El Drogas parecen llamarle desde los medios de comunicación (o incomunicación, diría él) de todos los espectros ideológicos. Algunos parecen buscar el titular fácil y el click rápido, pero es una oportunidad tan buena como cualquier otra para dar la batalla. “Pero en la entrevista de La Razón no metieron lo que dije de Marhuenda, dice, y me froto las manos.

Dije que es un monigote al que no tendríamos que estar pagando su jubilación a base de subvenciones que da el gobierno. Como el Inda, y como otra mucha caterva de periodistas que me niego a aprender sus nombres. En general, los medios de comunicación están controlados por cuatro personas. Son lobbies de poder y no hay más. No vamos a estar tú y yo, eso fijo”.

Y sabiendo que habla para el enemigo, ¿no era más fácil no acudir a la llamada? “El más tonto soy yo” responde sin aparente ironía. “No tengo ese afán de limpieza moral. En El Español me preguntaron, ‘¿quieres hacer la entrevista?’. Voy porque voy a decir lo que pienso. El Español es el medio digital que más se lee por los titulares que pone…¿me lo sacan de contexto? Bueno, ¡me lo sacan del texto! La conversación que tuve con la periodista [Lorena G. Maldonado] fue muy potente. Una periodista además feminista. Y luego leo y joder, si yo no la he liado, la editora o editor que haga la selección del titular tiene claro cómo hacerlo para que llame la atención”.

El panorama que enfrenta el periodismo generalista es desolador, y El Drogas no oculta su disgusto. “En el periodismo falta la valentía de no trabajar para la empresa sino para lo que yo he entendido que trabajaban, que es el bien común. El criterio se lo tiene que formar cada persona, el periodista tiene que contribuir a eso, a formar personas inteligentes. Y hoy no va tanto por ahí como de defender los intereses empresariales de estos medios, que son los mismos en todos los medios. No hay grandes diferencias en el tratamiento de las noticias en El País o en El Español, o de La Razón a El Mundo. Están haciendo imbéciles más que gente con criterio”.

Y si las cosas están feas en las altas esferas del cuarto poder, nada va mejor en este reducido mundillo de música y de rock, más pendiente del contador de visitas que de los contenidos de calidad. “No hay que dejarse llevar por eso, o trabajar para eso. No importa si tienes mil me gustas o uno. Yo por ejemplo, uso el Facebook como manera de quedada para ciertas cosas, pero soy consciente de que la foto más estúpida es la que más me gustas va a tener. No es un fin en sí mismo”. 

Zuckerberg, que es, según El Drogas, “uno de los mayores fascistas que ha parido madre”, lo ha censurado en varias ocasiones. “Yo llevo ya tres publicaciones. Pero luego, como cuando me llega el aviso la publicación todavía está, le hago foto a esa publicación, la pongo como foto, tiene más me gustas y encima me mandan un aviso de Facebook de que me dan veinte euros para promocionar esa noticia” y se ríe a gusto. “Es el absurdo. Con esto me gusta jugar, porque el día que me lo cierren, me importa una mierda, yo voy a seguir currando de la misma manera”.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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