ERIC CLAPTON – Autobiografía: días sin huella

No se sabe con certeza quién dijo por primera vez aquello de que es mejor no conocer a tus ídolos. Probablemente fue un vienés desencantado tras cruzarse con un gruñón Beethoven por la calle, o algún lector que coincidió con Charles Dickens a la salida de un teatro en Inglaterra. Se lo podría haber ocurrido a cualquier fan que haya recibido a Axl Rose en el aeropuerto, y sin duda debería ser una línea roja para cualquiera que crea que, detrás del autor de Layla y Tears in heaven, hay un tipo sensible de gran corazón llamado Eric Clapton.

Nos resistimos a aceptar que tantas obras de arte atemporales estén creadas por gente poco deseable, aunque la realidad no haga más que dejarnos en evidencia. Interpretamos los comportamientos irascibles de esos artistas como signo de una pulsión creativa sin frenos, o nos creemos que tras una tendencia misántropa hay un rico mundo interior que sólo encuentra vía de escape a través de la creación. Una creación trascendental, divina.

Quienes pintaron aquel “Clapton is God” a lo largo del Reino Unido creían seguramente que el virtuosismo con la guitarra podría garantizarle a manolenta un pasaje al Olimpo. Sin embargo, si hubiesen tenido la ocasión de leer Autobiografía, habrían sabido que el Eric Clapton al que idolatraban como a un dios era tan humano como el que más: inseguro, solitario, apasionado, roto, infiel, sarcástico, vanidoso, perdido. 

También, y sobre todo, dolorosamente sincero. Porque, si algo puede decirse de Autobiografía, es que es un libro valiente, honesto hasta el punto de resultar molesto. A diferencia de muchos colegas de profesión que también han plasmado sus memorias por escrito, Clapton no se ha valido de ningún escritor profesional que le hiciera el trabajo sucio de pulir o embellecer el relato…y se nota, para bien y para mal.

Leyendo el libro, queda claro que la habilidad expresiva de Clapton con su guitarra no es la misma cuando se enfrenta al papel en blanco. Con un estilo desapasionado y generalmente frío, a Clapton no parece interesarle engancharnos con su narración tanto como le interesa contar su historia, seguro de que la verdad, independientemente de cómo sea presentada, prevalece.

Esa elección, vital y estilística, otorga a Autobiografía todas sus sombras y sus luces. Porque un editor o editora perspicaz habría recomendado a Clapton que se recreara en aquel mágico momento en el escuchó por primera vez a Elvis, en lugar de dejar el episodio en un mero “nunca había escuchado nada igual”. También le habría sugerido que le dedicara algunas páginas más a su amistad con George Harrison o B.B. King, consciente de que ésas son la clase de historias que el público melómano busca. Si se hubiese rodeado de un equipo editorial profesional que se atreviese a llevar la contrario a ese cascarrabias confeso que es Clapton, le habrían señalado las repeticiones innecesarias, unos pocos “errores de raccord” y alguna contradicción menor. 

Si el autor hubiese escuchado todos esos consejos, tendríamos entre manos la historia de superación de un gran tipo, con sus dosis perfectas de anécdotas morbosas y pornografía sentimental. Autobiografía habría sido, en definitiva, la clase de libro que su público objetivo querría leer.

Ahora bien: de haber sido así, el libro apestaría a diseño y a dinero rápido. Y no. Autobiografía desprende la fragancia de la honestidad brutal, la torpeza de quien habla antes de pasar por filtros mentales y la imperfección del verbo salido de las entrañas. Clapton no intenta caer bien, ni encontrar la forma adecuada para describir un determinado evento. No le hace falta.

En el mundo parco en palabras de manolenta, el abanico de adjetivos no se abre más allá de “bien”, “increíble” o “impresionante”. Los hechos, a cambio, se presentan con la sequedad con la que golpea la realidad. Así, en lugar de dedicarle páginas enteras a cómo se sintió al ser criado por su abuela y rechazado por su madre o al enterarse de la muerte de Connor, despacha los acontecimientos con rapidez y nos deja a solas con nuestros propios sentimientos.

Y no es Robert Johnson, ni Connor Clapton, ni Patti Boyd, lo que ocupa más páginas en este libro. Tampoco las numerosas bandas y proyectos por los que ha pasado a lo largo de su carrera. Si hay algo que aprendemos leyendo Autobiografía, es que la vida de Clapton no ha estado tan marcada por la música o la familia como por un alcoholismo que, a pesar de tres décadas de sobriedad, sigue amenazando su existencia. Más que todo aquello por lo que es conocido, Clapton se presenta en su propio libro como un tipo que no supo gestionar sus grandezas y sus miserias más que a través de la botella:

“[L]a falacia del alcohol es que la gente dice que bebe para olvidar y, en realidad, lo que hace el alcohol es magnificar el problema. Yo me tomaba una copa para hacer desaparecer el problema y después, como no se iba, me tomaba otra y otra. (…) Escondía botellas por todas partes, llevándomelas a escondidas a lugares en los que no miraba nadie. Por ejemplo, tenía media botella de vodka debajo de la alfombrilla que hay bajo los pedales del coche.”

Quizá por esa honestidad practicada en cientos de reuniones de Alcohólicos Anónimos, Eric Clapton escribe su vida como una sucesión de hechos que lo presentan como un perfecto capullo. Es tal su compromiso con la verdad que ni siquiera hace esfuerzos por juzgar sus actos, siempre abundantes en daños colaterales entre aquellas personas que lo quieren. Así, vemos que además de todo lo anterior dicho, Clapton ha sido también mentiroso, desconsiderado, borde, desagradecido.

En algunos pasajes de Autobiografía, parece que el autor se esfuerza por hacerse odiar, como queriendo derribar su propio mito. A Clapton no le preocupa, por ejemplo, el qué dirán cuando habla de su pasión por la caza: “son una parte de nuestra cultura y herencia y necesitan que las protejamos de gente, o movimientos, que normalmente no comprenden el equilibrio económico de las comunidades rurales y que han visto demasiadas películas de Disney“.

A la hora de abordar uno de los episodios más ignominiosos de su carrera, cuando públicamente apoyó a la derecha xenófoba británica y abogó por la expulsión de inmigrantes, un párrafo le basta y le sobre como disculpa. Su exabrupto llevó a la creación de Rock Against Racism, pero Clapton sale del paso aduciendo que a él la política nunca le interesó.

Episodios aislados que, sin embargo, no deberían llevar a pensar que es un libro para buscadores de carnaza. El ojo desapegado con el que Clapton mira su vida nos hace ver en ella más hastío que diversión, más errores que aciertos. Y, quizá por eso mismo, Autobiografía es un libro cuando menos inusual, que no erige mitos sino que los destruye, que gusta más cuanto más decepciona. Un libro para quienes se resisten a no conocer a sus ídolos. 


Lo mejor: saber que es el propio Clapton, sin trampas ni medias verdades, quien escribe.
Lo peor: una prosa poco depurada y errores menores que pueden sacarte de la historia.


 

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
Julen Figueras on FacebookJulen Figueras on Twitter

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

14 + nueve =

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.