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KISS: el ocaso de los ídolos

Sölvesborg, 7 de junio de 2019. Se apagan las luces y el aquelarre alcanza su clímax cuando una voz de ultratumba, que perfora la oscuridad y parece surgida desde las mismísimas entrañas del infierno, nos predispone con exigencia a lo que estamos a punto de experimentar: “Sweeedeeen… You wanted the best, you got the best… The hottest band in the world… ¡KISS!”. La masa enfervorecida cumple ansiosa con el primer mandamiento de su fe; es el rito de iniciación de un creyente antes de escuchar a sus ídolos tocar una sola nota. Y cuando cae el telón y el auditorio ruge, se produce en nuestros sentidos esa catarsis auditiva y visual, donde la mirada confusa no sabe dónde detenerse y los oídos no atinan a concretar tal amalgama sonora.

Los superhéroes aparecen entre plataformas hidráulicas, fuego, iluminación y pirotecnia, mientras suena el riff de “Detroit rock city”, y su magnetismo embauca a unos atropellados ojos que, hasta empacharse, recorren estupefactos toda su parafernalia. La estruendosa apertura ya recompensa cualquier sacrificio incondicional hacia quienes antaño dieron sentido a nuestras vidas y nos hicieron concebir el mundo a su imagen y semejanza. Algunos estuvimos ahí casi desde sus comienzos. Y despedirse definitivamente de los “dioses” suscitaba un inevitable ejercicio de nostalgia. Así que, hipnotizado ante el luminoso y emblemático logo con las SS de los rayos de la muerte, y al son de “Shout it out loud”, entré en un estado de trance que me trasladó al año 1979.

Secuestrado por una banda de rock

Yo tenía catorce años cuando recibí la llamada a filas del ejército Kiss. Aunque el rock ya hacía algunos años que gobernaba mi vida, y nunca supe por qué me embrujó con tanta obsesión. La década de los 70 se caracterizó musicalmente por el florecimiento de nuevos estilos que llegaron a ser muy populares: el punk, el reggae, la música disco, el heavy rock, el glam… y, ante tanta variedad, fueron los sonidos poderosos y transgresores del rock los que me esclavizaron. Quizá porque su sonoridad eléctrica era el complemento perfecto para adornar las fantasías de un niño al que también le apasionaban los cómics. Y fue por esta combinación por la que un día cualquiera, mientras esperaba mi turno en el kiosco de Bego para comprar el nuevo número de Spiderman, curioseaba por las revistas de variedades juveniles. Mi vista se detuvo impactada en la imagen de portada de un panfleto infumable, ideado para adolescentes frustrados, cuyo nombre no logro recordar. En aquella portada aparecía la figura diabólica de Gene Simmons con un titular que decía: KISS ¡el beso de la muerte! El instinto me apresuró a quitarla de la pinza del expositor y a hojear la revista clandestinamente. Y quedé fascinado por la imagen de los componentes de aquella banda de rock.

Un nuevo mundo de estética y teatralidad se abría ante mí. Y eso, a priori, parecía garantizar mi sumisión. Pero mi inquietud por averiguar su propuesta musical sufrió un primer traspié al escuchar la primera canción. El hit “I was made for lovin you”, que dominaba las pistas de las discotecas de medio mundo, era demasiado light para unos oídos familiarizados con los sonidos de AC/DC, Saxon o Deep Purple. Y la escasez de medios para acceder a su música paró en seco mi afán. En aquellos momentos la mayoría de la discografía de los americanos no estaba editada en nuestro país. Y los discos que sí lo estaban (Destroyer, Rock and roll over y Dynasty) no sólo eran inaccesibles por su precio para un chaval de catorce años (750 pts.), sino por la imposibilidad de adquirirlos en una zona rural como Medina de Pomar. 

Kiss, ¡el beso de la muerte!

Si bien en algunas tiendas de electrodomésticos se vendían vinilos y cassettes, en su surtido predominaban artistas nacionales de música que en aquel tiempo se denominaba melódica (Nino Bravo, Camilo Sesto o el italiano Umberto Tozzi). Curiosamente, en los bares, al igual que en las gasolineras, comercializaban cassette (más económico que su primo el vinilo: 550 pts.). Y fue en la extinta cafetería Baly’s donde compré Unmasked. No parecía un lugar común para un adolescente de quince años. Pero su dueño fue pionero en el pueblo en poner un atractivo billar americano, y pasábamos tardes enteras educándonos en trascendentes valores culturales como las apuestas y el orgullo ganador. Junto al “desenmascarado”, y entre discos de Tequila, Baccara o Boney M, también estaba expuesto Back in black. Y cada tarde miraba embobado sus luminosas portadas, con la obsesión de que algún día fueran mías.

Los malabarismos para conseguir el cash quedan ocultos en el secreto de sumario. Las carencias agudizan el ingenio. Aunque cualquier acción ilegal ya haya prescrito. Y jamás olvidaré la ansiedad que me producía cada día saber que el tesoro seguía en el cofre. Cada hueco de cassette vendido era un sobresalto interior, sólo calmado cuando mis ojos encontraban la portada deseada. Hasta que llegó el día glorioso y aquella portada de cómic, que hasta llegué a mirar con una lupa para recrearme en sus detalles, pasó a formar parte de mi raquítica colección de discos. Aquella tarde, y para sorpresa de mis amigos, me retiré mucho antes del horario habitual.

Un viejo reproductor Sanyo fue el testigo de excepción de mis primeras vibraciones. Recuerdo aislarme del mundo en una habitación solitaria de la casa, que estaba sin amueblar y que nadie pisaba más que yo. Y fue darle al play, escuchar los primeros acordes de “Is that you”, y notar cómo el alarido de Stanley se introducía en mi espina dorsal hasta dejarme congelado. Aquella música era distinta a todo lo que conocía. Me sonaba a viaje intergaláctico. Como si fuera la banda sonora de la que por aquel entonces era mi serie favorita de ciencia ficción, Espacio 1999. Luego llegaría “Shandi”, hit que fue número 1 en nuestro país, y ya consideré amortizada la compra. Mi fascinación relegó a las demás bandas a la indiferencia. En mi universo sólo tenía cabida Kiss. Me convertí en ese tipo de fan que se encierra en su pequeño mundo. Devoraba toda publicación y destinaba casi todo mi tiempo a soñar con sus conductas de sexo y rock and roll.

La vieja radio Sanyo

La adolescencia escoge ídolos que desempeñan un gran papel en el proceso de desarrollar la personalidad. Son modelos a los que admirar sus “virtudes”, y a la postre son los que luego entendemos adecuados para relacionarnos socialmente. Y se tiene la creencia de que a corto plazo producen malas conductas, pero también pueden motivar los ideales e inyectar positivismo. Es evidente que el ídolo nace por la exhibición de virtudes. Y si tuviera defectos, o bien se idealizan, o bien se pasan por alto. Pero a esa edad estás en fase de crecimiento y no eres consciente de que detrás de todo esto se esconde un gran negocio que solo pretende vender. Por eso, el adolescente es una presa fácil para los traficantes de imagen y mercaderes de lo superficial. 

El filósofo alemán Nietzsche decía que “todas las pasiones tienen una época en la que resultan sencillamente nefastas, en la que subyugan a sus víctimas con el peso de la estupidez”. Pero también sentenció que “si un templo ha de erigirse, también ha de derribarse”. Y para eso están los ciclos y la robustez de personalidad de los individuos: para romper con los sueños y vivir en las realidades. Algunos crecen y se fortalecen, otros simplemente “no quieren escuchar la verdad porque no quieren destruir sus ilusiones”.

Culto a los ídolos

Casi puedo tocar con los dedos aquella caja de Discoplay que trajo mi más preciado tesoro. Paul Stanley se había convertido en mi único ídolo por una voz cuyo color erizaba mi piel, y por esos gestos amanerados que, en sus directos, le hacían ser el frontman de los frontman. Cuántas veces le habré imitado en la soledad de mi habitación, o en la pista de las discotecas donde te sentías el gallo del corral. Así que cuando abrí aquella caja, con un mimo especial para no deteriorar su contenido, y apareció ante mis ojos mi primera camiseta, me quedé totalmente extasiado. Era de color negro. Con el logo de Kiss encima de la ladeada figura de Paul Stanley que mantenía una pose de brazo alzado, y en forma de molino aporreaba su guitarra. En la serigrafía resaltaban los colores azules y amarillos.

Al probármela, me veía en el espejo como si el mundo estuviera a mis pies. La miraba y la remiraba, la doblaba y la desdoblaba, la posaba estirada sobre la cama y no se me quitaba la sonrisa de felicidad del rostro. El primer día que la estrené sentí que era el dueño de la calle. Luego se han sucedido otras muchas camisetas, pero nunca con el valor emocional de aquella. Con los distintos lavados se fue quedando fea y encogida, pero siempre me resistí a quitarla de circulación. El primer fetiche es como el primer amor. Habrá habido otros mejores pero siempre será el primero.

Mis recuerdos se siguen agolpando, uno detrás de otro, como flashes sensitivos que desaparecen en escasos instantes: la primera vez que escuché en la FM “Nowhere to run” desconocía que se publicaba un nuevo disco. Estaba en la cama enfermo con faringitis. Al escuchar los primeros acordes acústicos ya los sentí familiares. Y cuando sonó el riff poderoso y entró la voz de Stanley se me curaron hasta las enfermedades que no existían. Miraba a la radio pidiéndole explicaciones por la felicidad. ¡Cómo podía ser que mis KISS publicaran un disco y yo no lo supiera! Era normal, no existía este mundo globalizado al dictado de las nuevas tecnologías y las noticias llegaban con cuentagotas.

Primera aparición de Kiss en TVE

Más tarde, como sabía que más o menos cada dos horas los locutores repetían las canciones, mantenía mi dedo expectante en el botón de grabar del reproductor de cassette. Así hasta que llegaba el premio. Pero ¿y si en ese momento no tenía una cinta virgen? Pues a buscar rápidamente una cinta original de tu madre de cualquier artista de rancheras, que seguro no iba a echar en falta. Se ponía un celo en cada agujero del canto superior y se acabó el problema. Luego el desgraciado del locutor hablaba en mitad de la canción y jurabas en hebreo. Pero daba igual. Cualquier grabación, por cutre que fuera, cumplía su cometido. No eran tiempos para exigencias.

Pocos ritos te satisfacían tanto como el de abrir y escuchar un nuevo vinilo. Recuerdo palpar con la yema de los dedos la portada de Creatures of the night, acariciando las caras de mis ídolos como si fueran el fruto del deseo. Y al sacar el disco de la funda… todavía puedo sentir el olor penetrante a plástico y a nuevo. Fui dj de discoteca, o pinchadiscos (que era como se decía en la época), y con la nómina me pude comprar un gran equipo de música con plato incluido. Imposible imaginar mejor estreno. Aquellos momentos de poner el vinilo en el giradiscos, coger con mimo el brazo de la aguja hasta colocarlo suavemente en el primer tema, y hacer sonar de forma atronadora la batería de Eric Carr, fueron pura magia. Y si a ello unimos los riffs galácticos de criaturas de la noche, casi me muero de placer.

Por el contrario, mi decepción fue mayúscula por su puesta en escena en el programa musical Aplauso. Era su primera visita a nuestro país, estrenaban criaturas de la noche, y las expectativas eran máximas. Pero no sé si por un playback pésimamente ejecutado, por el horrible bajo en forma de hacha, por la nueva imagen insípida de Starchild , o porque “I love it loud” nunca fue santo de mi devoción, el recuerdo más entrañable que tengo de aquella actuación es que mi viejo reproductor Sanyo, pegado al costado de la tv donde se registraba el altavoz, grababa las canciones con una calidad espantosa pero suficiente para hacerme feliz durante días.

Desenmascarados

Nunca acogí demasiado bien el anuncio de quitarse el maquillaje. Los vaivenes de entradas y salidas de componentes en los últimos años ya eran demasiado dolorosos como para, además, verlos perder la personalidad que les hacía especiales. En el año 1983 asomaba con fuerza la época dorada del videoclip. Y, por las tardes, la cadena pública acostumbraba a programar vídeos de todos los estilos musicales. Con la particularidad de que se comunicaban los nombres que saldrían al día siguiente. Así que el día que anunciaron “Lick it up” fue como el acontecimiento del año para mí. Aunque no quería que se desenmascarasen, en el fondo necesitaba descubrir el misterio. Un nuevo triunfo de los mercaderes de imagen.

Supongo que las pellas de la clase de literatura o filosofía suponían un sacrificio menor. Y aunque ese día hubieran puesto un examen, ya me encargaría de fingir una enfermedad. Era un incondicional dispuesto a sacrificar cualquier cosa, y también un hombre de recursos. Media hora antes de la emisión, ya estaba ante la TV de la cafetería Rhin. No fuera a ser que al funcionario de turno se le ocurriera adelantar la emisión. El nerviosismo era latente hasta que por fin llegó el momento. No me interesaba nada de lo que salía en las imágenes, excepto el caminar de los cuatro componentes que ocultaban el cuerpo de mitad para arriba. Y eso que Kiss solía adornar sus vídeos con mujeres hermosas y las hormonas, con esa edad, estaban disparadas.

Kiss: lick it up
Lick it up

Aquellos segundos con la imagen retenida en sus botas se hacían eternos. La incertidumbre siguió y siguió hasta que al final aparecieron sus rostros. Y me entró la risa. Mi primera exclamación fue: ¡pero si Simmons es negro! Carr y Vincent parecían enanos. ¿Y mi Stanley? Sí, él era tal y como lo había soñado. Era mi referente, y mucho cuidado con quien hiciera un comentario sacrílego. Si tenía que defenderlo contra el mundo era capaz de lavar su honor en un duelo. 

A veces los sueños también se cumplen

En el nuevo curso del instituto conocí a un compañero que también fanatizaba con los enmascarados. Gracias a él conseguí una cinta del disco en directo Alive I. Fue uno de los discos no solo que más veces he escuchado de mi vida, sino también el que me dio la idea de cumplir el sueño de emular públicamente a mí ídolo. Propuse el proyecto a tres amigos y hubo consenso. El lugar y el día: el salón de actos del instituto en la fiesta de Santo Tomás. Aquellos días previos los recuerdo como los más excitantes de toda mi adolescencia. Construimos guitarras y bajo de marquetería, y una batería de cartón que parecía de verdad. Queríamos hacerlo a lo grande. Y un compañero con conocimientos de pirotecnia iba a dar al show la dimensión que nuestros héroes merecían.

Los ensayos los hacíamos en el garaje de la casa de mis padres y los vivíamos con muchísima irritación. Cada uno de mis compañeros tenía vicios adquiridos en sus formas de bailar, y éstos eran corregidos hasta la saciedad. Repetíamos y parábamos la música a cada instante. Buscábamos la perfección. Lo único que era imposible de representar era el tamaño de la lengua de Simmons. Todo lo demás era factible. De vez en cuando aparecía mi abuela para darnos unos bocadillos y algo de bebida, y encima la pobre recibía un rapapolvo por molestar. ¡Qué santa mujer, lo que tuvo que aguantar! Ser héroes por un día tenía su peaje. Y teníamos que demostrar con una espectacular puesta en escena los insuperables valores y la dimensión de unos artistas que para la gran mayoría eran unos esperpentos. ¡Qué sabrían ellos!

Diseñamos con mucho esmero la imagen de cada uno. Pero vivíamos en un pueblo, y en aquella época era imposible encontrar botas con plataformas y otros complementos. Así que el vestuario lo equiparamos como mejor pudimos. A las botas camperas negras, se le unía un pantalón negro al que pegué varias estrellas brillantes de cinco puntas. La parte de arriba era una especie de chaleco negro que cerraban las mangas largas con cremalleras, y donde brillaban unas cuerdas entrecruzadas en el pecho y en los antebrazos. Y, por fin, una tarde de febrero de 1983 iba a cumplir uno de esos sueños que jamás olvidas. El nerviosismo por los preparativos siempre estuvo escondido debajo del olor a corcho quemado. Los maquillajes los hicimos entre nosotros y quedaron casi perfectos. A nuestras preciadas melenas les dimos un lustre similar al de los personajes.

Una vez en el salón de actos, pusimos unas mesas unidas al fondo del escenario, forradas de papel brillante, para que hiciera de plataforma para la batería. En las cuatro puntas de los costados del plató teníamos unos ceniceros que contenían una especie de pólvora que luego iba a manejar nuestro experto en material peligroso. Mi guitarra en forma de flecha tenía en la punta del mástil una especie de petardo con mecha. Así que cuando Alcalá, Arévalo, Ugarte y Mujico (en aquellos tiempos todos nos llamábamos por los apellidos) se ubicaron en sus puestos en el escenario, y comenzó a sonar “Deuce”, la suerte estaba echada. El batería, con una cerilla, encendió la mecha del mástil. Y cuando, a la vez que se abría el telón, salté de frente desde la plataforma de la batería, con la guitarra echando una andanada de humo con chispitas brillantes, el repleto salón de actos se quedó tan perplejo que ya no fueron capaces de cerrar sus bocas hasta el final de la actuación. Todavía puedo recordar sus rostros y los nombres de algunos y algunas que estaban en las primeras filas. Hasta el fuego que salía por los costados del escenario causó tales sensaciones que “Strutter” fue bailada por la mayoría de asistentes.

La noche de felicitaciones fue larga. Y descubrimos que del anonimato a la popularidad había unos minutos de distancia. A todos nos gustan los halagos. Pero afirmo, sin lugar a equivocarme, que esos momentos fueron mi orgullo. Y no sólo por expandir el evangelio de mis dioses a todo incrédulo, sino también por reafirmar que mi religión era la verdadera. Desde aquel día sentía ser alguien especial. Todos me identificaban como “el Kiss”. Un loco cualquiera, como el que imitaba perfectamente a Michael Jackson, o el que tuviera la habilidad especial para atrapar serpientes. O sea nada. Pero para ti era el todo.

Transgrediendo las normas

Nunca faltaron momentos para seguir retroalimentando a la bestia. En ese mismo año, en un viaje de fin de curso a París, compré todos los discos que seguían sin editar en nuestro país (incluidos los cuatro en solitario de sus componentes). Los puse encima de la cama del hotel, ordenados cronológicamente, y los miré con la felicidad de a quien le ha tocado la lotería. Mis pobres padres me dieron un dinero importante para que no me faltara de nada. Y tuvieron que tragar con que me lo gastara todo en mi única obsesión. Incluso tuve que pedir prestado para poder comer. Y tampoco hubiera pasado nada si no comía. 

Mi colección de Kiss a través de los años

Mi mente imaginaba ser el único en toda España que tuviera toda su discografía. Y ¿qué más muestra podía haber de fidelidad que tener todos sus discos? Pues eso no fue todo. En el rastro de la ciudad de la luz compré las botas de leopardo de Stanley, de la gira del “Lick it up”, un pantalón de tigre y una camiseta negra con muchas cremalleras que por la espalda tenía la silueta de Simmons dentro de una telaraña. El pantalón era de un material que se te pegaba a las piernas y marcaba lo mucho o poco que tuvieras. Me lo probé todo en la habitación del hotel. El pregonero hizo su trabajo y mis compañero/as de excursión abarrotaron el dormitorio para comprobar el ridículo. Y aquel vestuario tan estrafalario causó furor entre las chicas, que me miraban como un extraterrestre, o quizá como un enfermo.

El caso es que días después me lo puse por el pueblo ante el enfado de mi padre, y no faltaron las anécdotas divertidas. Un pueblo de la España rural recién comenzada la transición tenía sus normas. Y transgredirlas podía traer consecuencias. Al final eran los padres quienes eran señalados por no haberle dado al chaval “una hostia a tiempo”. Pero nadie iba a cambiar mi personalidad. Así que, subiendo por la calle mayor, un niño desde un balcón llamaba insistentemente a su madre para que viniera a ver el show. De repente varios balcones estaban ocupados de chismosos. Aunque reconozco que por momentos sentía ridículo, luego me sentí el centro de atención. La vanidad de adolescencia deja daños colaterales y algunas enseñanzas.

Cambio de ciclo

La etapa ochentera de la banda me provocó más escepticismo que alegrías. Se iban sucediendo los discos, y la actualización de su sonido, ante las exigencias del mercado, me fue alejando en interés. Vibraba con la mayoría de las canciones de Stanley e ignoraba las de Simmons. Pero, en general, nunca fui capaz de asumir la pérdida del sonido de los 70. Publicaban algunas canciones aparentes, pero a cada paso dado más perdía la fe. En el año 1983 salí totalmente decepcionado de su directo en Donostia, en aquella primera gira española de su historia. Esos no eran los Kiss con los que yo soñaba. Yo tenía dieciocho años y a esa edad cualquier sensación es más intensa. Convives con la magia de la inocencia, la ilusión por volcarte con tu ídolo, la primera vez… y, sin embargo, al verlos en aquel concierto tan trivial, a mi particular paraíso se le abrieron las primeras grietas de decepción. Mis superhéroes se convirtieron en villanos porque esperaba sus súper poderes y solamente ofrecieron su lado oscuro. 

Los 90 trajeron mi cambio de estado civil, y, consigo, una menguante intensidad en mi amor por la música. El grunge asoló toda la escena rock y supuso un cierre momentáneo a las grandes bandas de los 70 y 80. Y los neoyorquinos también fueron damnificados. A eso hay que añadir que, a medida que avanzaba en edad, crecía en entendimiento, y las respuestas a algunas interrogantes que anteriormente nunca me había planteado contribuían a alejarme de mi obsesión. La banda seguía patrones no muy distintos a los de cualquier estrella del pop. Además, empecé a descubrir sonidos más serios que me aportaban más satisfacción. 

En definitiva, una suma de factores que, pasados los años, y adquirida más experiencia, fortalecieron una idea que en aquel momento ya iba cogiendo forma: Kiss era la banda con la misión de introducirte en el rock. Un ciclo inevitable de adolescencia. Pero una vez que has pasado el umbral, toca caminar solo. Y ahora solo queda darles las gracias por los servicios prestados y un “siempre estarás en mis recuerdos”. Así, mi carnet de kissmaniaco pasó a estar en standby, aunque eso tampoco me eximió de estar al día de su noticiario.

La gota que colmó el vaso fue aquel horripilante disco que nunca quisieron publicar. Pero el ansia por rentabilizarlo, porque ya se podía conseguir pirata, hizo que finalmente saliera al mercado y cayeran en el pozo de la mediocridad. Compré el cd de “Carnival of souls” en la extinta tienda de discos de Sestao “Full Moon Records”. Me pudo la curiosidad y, probablemente, el afán por completar la discografía. Recuerdo empezar a escucharlo en el coche y quitarlo al tercer tema. Paré en un pueblo llamado Villasante, metí el CD en su caja e, indignado, lo tiré en un contenedor de la basura. Mi exclamación no dejó lugar a ninguna duda: ¡iros a la mierda! Había soportado todas sus adaptaciones al mercado, todas aquellas palabras de titular de prensa, donde con cada trabajo publicado, y como si fuéramos unos pobres ignorantes, nos contaban la misma retahíla: “este es el mejor disco que hemos hecho hasta ahora”. ¡Pero abrazar el grunge, con todo lo que supuso en aquel momento…! Nosotros veíamos el grunge como un movimiento soberbio y despreciativo de toda la música que nos gustaba, y aquello, viniendo de Kiss, ya era imperdonable. El sentimiento de traición había traspasado mi límite.

La gira de reunión de los Kiss originales

El anuncio de reunión con los miembros originales trajo consigo un nuevo disco y una gira mundial con maquillaje. Tocaba renunciar a mi apostasía y renovar el carnet de mis ilusiones. ¡Quién entiende a los altibajos del corazón! La primera fecha en Madrid estaba prevista para noviembre del año 1996. Pero una huelga de camioneros franceses obligó a la cancelación. Recuerdo que mi enfado me llevó a llamar por teléfono a Madrid Rock, donde había comprado el ticket, para saber si conocían algo de los rumores de aplazamiento. El empleado de la tienda lo desconocía, y me sorprendió dándome el número de teléfono del propio promotor. Sin esperar un solo segundo, contacté con él. Y, a pesar de su molestia por conocer su número, me trató con amabilidad y me alegró el día al afirmar que el concierto se celebraría en junio del 1997.

Reunión de los Kiss originales en Madrid

Para aquella segunda fecha me inventé una reunión de trabajo en Madrid. El por qué no viene a cuento. Así que no me quedaba más remedio que vestir un reluciente traje y corbata. En la previa, alrededor de los aledaños, miraba embobado a miles de fans maquillados y sentía cierta envidia. Toda una vida creyendo ser el fan número uno de la banda, y toda aquella locura me dio de bruces con la realidad: más bien parecía ser el último. Tenía entrada de grada, por lo que el escenario me quedaba bastante lejos. ¡Qué tensa se hizo la espera! Cuando cayó el telón, y mientras “Deuce” atronaba en nuestros oídos, pasó por mi mente toda una vida de recuerdos a su servicio.

Las dos horas que duró el show nunca llegué a saber si realmente ocurrieron. El tiempo huyó y me arrastró consigo. Una vez en la calle, tocaba hacer balance de lo vivido con mis compañeros de viaje. A ellos, en caliente, poco les importó lo que allí sucedió. Las tripas les decían que “los habían visto” y no había mucho más que añadir. O sí había que añadir, y tiraban de manual kisstario con otra expresión archirrepetida por sus fans, que en sí misma no significa nada, pero para muchos es como un slogan de dimensión divina, con derechos adquiridos al perdón, que sentencia cualquier discusión: “¡Kiss son Kiss!” Por supuesto: ¡y una mesa es una mesa! Mi veredicto fue el de estar en una nube: una nube negra que amenazaba tormenta. Siempre vi aquella noche como mi divorcio irreversible. La realidad es que sentí que ya lo había visto todo y ya no tenían nada más que ofrecerme.

Durante toda una semana me pitaron los oídos. Los insoportables miles de vatios, unidos a la penosa acústica del pabellón, hicieron inaudibles todas aquellas canciones que siempre anhelé disfrutar. El concierto fue notable en lo visual y lamentable en lo sonoro. La mayoría de las canciones se hacían irreconocibles hasta que no llegaban los estribillos coreados por los propios asistentes. Ni siquiera puedo juzgar el trabajo vocal, porque simplemente no lo escuché. Y como jamás mi sectarismo nubló mi juicio, puedo afirmar con contundencia que, aunque fuera una noche inolvidable, seguramente habrá sido uno de los peores conciertos de mi vida.

Decadencia y algunas reflexiones

Sí, es verdad esa frase hecha convertida en leyenda: “Kiss es una banda que hay que ver una vez en la vida”. Y una sola vez vale porque, visto un show, vistos todos los demás. Su directo es prefabricado y con falta de espontaneidad. Cuando el set siempre es el mismo, se manejan en el escenario como marionetas y las gracias se repiten de forma invariable, se agota cualquier sentimiento de querer repetir. El rock en vivo debería tener la virtud de lo imprevisible. Kiss tiene un show gigante con un trasfondo de rock enano. Por eso, aunque sus adeptos los defiendan con uñas y dientes (“tener fe significa no querer saber la verdad”, dijo Nietzsche), siempre me dio la sensación de que se trataba de una banda poco respetada por el resto de amantes del rock. En los últimos tiempos esa falta de respeto ha ido aumentando incluso entre sus propios seguidores. Cada vez son más las voces que, viendo cómo les estafan sus ilusiones por sus devaneos con el playback (tal y como reconoció el propio Stanley disculpándose por twitter tras su concierto en Nagoya), les reclaman un retiro con dignidad.

No hay duda de que Kiss nunca estuvieron en esto por el respeto musical. Con el tiempo te das cuenta de que lo hicieron por el estrellato y el dinero. Siempre han sido un producto comercial por encima de todo, en lugar de ser un vehículo para la expresión artística de sus componentes. La realidad es que fueron creados a partir de una visión calculada y con un conjunto de valores muy distintos al de otras grandes formaciones. Y siempre pensé que eran más obvios y desvergonzados que ninguna otra banda en el planeta rock, y tal vez eso sea digno de respeto en sí mismo, pero si hablamos exclusivamente de música pues el respeto se diluye. Su música nunca fue tan convincente como su personalidad. Y el reconocimiento real lo tienen por ser campeones del espectáculo.

Crearon figuras icónicas, pero su irrelevancia musical les condenó a no poder comer en la misma mesa que las formaciones más importantes de la historia. Cuando tu truco se convierte en el foco, ya no tocas, simplemente actúas en un circo. Así, una forma musical apasionante la diluyen en un producto genérico para atraer a un público masivo y con el único objetivo de extraerle la mayor cantidad de dinero posible. Esos no son los valores que el rock representa. La imagen y la mercadotecnia en la que Kiss se hicieron expertos interpelan especialmente a jóvenes ingenuos y fantasiosos que buscan conformarse una identidad. Pero para gente más experimentada, que busca en la música otra profundidad, es muy difícil tomarlos en serio. No encuentran mucho para masticar después de que el sabor del chicle haya desaparecido. 

Por otra parte, toda banda es libre de seguir arrastrándose por los escenarios. Su legado y trayectoria exitosa les excusa para seguir tocando hasta cuando ellos quieran. Ni siquiera veo una contradicción entre dejar de ser relevantes y seguir girando. Se puede compatibilizar mientras vendan tickets y sigan teniendo el gusanillo. Ahora bien, siempre he admirado a quienes saben cuándo es el mejor momento de replegar velas y decir basta. Y no dejar que una última imagen ridícula manche la hoja de servicios. Dejar un gran sabor de boca con una honorable despedida es un punto positivo más dentro de los logros a los que aspira una gran banda. Nuestro inspirador filósofo sentencia: “morir altivamente cuando no es ya posible vivir dignamente. Morir cuando todavía es posible un adiós real”.

Se acabó el sueño

Cuando despierto del trance me encuentro entre montañas de confeti y humo, y mucha pasión desenfrenada. Y coreando a todo pulmón por última vez “Rock and roll all nite” es mi forma de agradecer a los americanos que, aunque hace tiempo que solté amarras y dirigí la nave de mi vida a otros puertos que merecen más la pena, llenaron mi etapa adolescente de grandes ideales y me ayudaron a enfrentarme a los peligros de la vida. También me enseñaron a creer en los sueños, y a creer que éstos en realidad sí se cumplen. Pero, sobre todo, sus valores artificiales y su mercadeo de imagen fueron el mejor aprendizaje para ser crítico y realista. Nietzsche era tajante: “El mundo real es mucho más pequeño que el mundo de la imaginación”. Y yo hace mucho tiempo que dejé de imaginar.

Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
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