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Salto al vacío: AVATARIUM en Estocolmo

Uno cree que, con el conocimiento e intuición que dan los años de escuchar música intensivamente, se accede a una especie de sexto sentido -¿o mero prejuicio?- gracias al cual evitamos perder el tiempo en música que, buena o no, no nos interesa. Si lo que te gusta es el blues, es probable que Bleeding Anarchy no sean lo tuyo. Si te va el metal extremo, quizá no tengas en tu playlist a la The Jimmy Jones Trio Band. Todo, desde el nombre hasta la tipografía y el maquillaje y el vestuario y los instrumentos y los amplis y, por supuesto, el arte de portada, nos dan información valiosa (y nos ahorran tiempo) sobre lo que aún no hemos escuchado. Pero, ¿cómo encasillar a una banda como Avatarium, cuyas señas estéticas dicen una cosa, mientras su música dice muchísimo más?

Cuando llegué, medio de rebote, a la banda sueca, las coordenadas que me daban sus signos y colores me sugerían un doom con medio tentáculo en el black metal. Lo que no supe ver hasta escucharlos con oídos abiertos fue que, además del doom, en la tierra de Avatarium habitan el hard rock clásico y el goth ochentero, pinceladas de prog y ningún gutural. Quizá una mezcla demasiado arriesgada como para plasmar en una portada en los ropajes de sus miembros.

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The fire I long for, su cuarto LP, se publicó en noviembre del año pasado. No había sido presentado formalmente frente al público hasta el sábado pasado, en el precioso Nalen de Estocolmo. Era también su primera actuación en casa desde 2016, e iba a ser grabado con cámaras profesionales y subido en streaming a Facebook. Quizá por todo eso todo el evento tenía algo de evento exclusivo. Las columnas neoclásicas, el tapiz de terciopelo y el juego de luces y sombras otorgaban al sitio un aura eclesial. La entrada de la banda, con una hierática Jennie-Ann Smith haciendo de suma sacerdotisa, no hacía sino acentuar la sensación de misa satánica.

Un punto de partida que puede recordar al de Ghost, aunque la pesadez no fingida y una vocalista de altura inalcanzable pongan a ambas bandas en planos completamente distintos. En Avatarium, a diferencia del teatro espectacular de la banda de Tobias Forge, lo escénico parece una extensión de lo personal en Avatarium, y por eso los músicos no tienen que mantener ningún personaje. No tienen un guion a seguir, ni movimientos ensayados, sino que hacen lo que sienten, y dejan transpirar su disfrute entre sonrisas y miradas cómplices.

El show arrancó con la misma pesada dupla con la que lo hace The fire I long for, y el gruñido envolvente del bajo nos empujó a unas catacumbas de las que no saldríamos durante algo más de hora y media. Hasta entonces, seis novedades y varios clásicos, que recibieron todo el calor que una audiencia sueca pueda dar. Es decir, no demasiado, pero el suficiente como para constar que su nuevo álbum es tan bueno como pensaban. La banda, claramente satisfecha, hacía llegar su agradecimiento por boca de Jennie-Ann.

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La vocalista afirmó estar muy contenta de tocar por fin en Estocolmo (como otras muchas bandas escandinavas, parecen vender mejor en Alemania), aunque también confesó tener algo de miedo por cómo resultaría la noche. No ayudaban, seguramente, el grupúsculo de borrachos vociferantes que, desde muy atrás, generaban un constante y muy molesto rumor. A ella, o bien no le llegaban esos ruidos, o bien los ignoraba con mucha paciencia. Al resto no nos quedó más remedio que aceptarlo y rendirnos ante la vocalista, en sonrisa permanente, que los acallaba con su portentosa voz en cuanto empezaba la música.

“Into the fire/into the storm” elevó el tempo hasta el hard rock de tintes Purple. “Shake that demon” nos obligó a reconocer que la distancia que une a Avatarium con otros grupos más cercanos como Europe no es, en realidad, tan larga. El momento del clásico «In my time of dying», interpretado por Smith y Jidell a solas, sirvió para señalarnos el camino que la banda ha recorrido desde los pantanos hasta la ultratumba.

Y, por si quedaran dudas, con “Lay me down” y “Stars they move” demostraron que donde la banda es realmente imbatible es en las baladas. Ahí, y en realidad durante todo el concierto, quedó claro que la auténtica estrella de la noche es esa frontwoman con garganta heredera de Dio. 

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Fue su estratosférica voz la que nos hizo tocar el punto álgido de la noche, con la conmovedora “Pearls and coffins”: convertida en su particular “Child in time”, sus teclados lordianos de Rickard Nelson y un solo eterno de Marcus Jidell que lo llevó a desgarrarse en el suelo dejaron el listón inalcanzablemente alto.

Ahí, los aplausos y vítores se hicieron generalizados y no se repitieron con semejante intensidad hasta la despedida final. Ésta se hizo sin las típicas promesas sobre una pronta vuelta, pero con el deseo de que no pasen otros cuatro años hasta poder volver a verlos. 

Avatarium y yo podríamos habernos pasado la vida transitando por calles paralelas sin llegar a cruzarnos nunca. Sin embargo, de vez en cuando vale la pena arriesgarse a perder algo de tiempo en descubrir lo improbable donde parecía que no habría nada por descubrir. ¿Quién sabe si detrás de los próximos Bleeding Anarchy no hay una exquisita banda de blues?

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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