PAUL STANLEY – Dar la cara: una vida al descubierto

paul stanley

El protagonista de este libro y su coescritor, Tim Mohr, relatan una concluyente historia que confronta a Stanley Eisen, un hijo de inmigrantes judíos que nació con una deformidad en la oreja derecha llamada microtia, con su otro yo, Paul Stanley. El muñón y su sordera, junto a una familia disfuncional, marcaron una infancia difícil que se convirtió en un punto de inflexión de trascendencia vital. Hasta el punto de que su niñez determinó una personalidad introvertida, afrontando la vida como un lobo solitario, distanciándose emocionalmente de la gente. La lucha por compensar su vacío afectivo explica la tremenda motivación que impulsó a Eisen a reinventarse.

Cuando tenía doce años, The Beatles llegaron y descubrió el rock and roll. A partir de ahí, comprar una guitarra, unirse a una banda y vivir por y para la música, fueron su auténtico refugio. Al transformarse en el chulesco y orgulloso Starchild de Kiss, el maquillaje y la melena escondieron su complejo. La lucha de Paul Stanley por reconciliar a la persona y al personaje (el inseguro y solitario frente a la estrella de rock) es el tema encubierto de su autobiografía, Dar la cara, una vida al descubierto. Mucho más que un acopio de chascarrillos previsibles y anécdotas de dudoso gusto, el contenido del libro, que abarca varias décadas del rock, muestra la búsqueda de una identidad.

Stanley muestra cronológicamente la mística de Kiss para desvelar con naturalidad los entresijos que se mueven detrás de la música y de una banda. Si bien narra su propia historia, el libro está cargado de pormenores internos de su banda. El testimonio de cómo él y sus compañeros llegaron a cumplir el sueño americano está repleto de lenguaje bélico (“mentalidad de nosotros contra el mundo”), así como de reconocimiento de frustraciones (como las salidas de Chris y Ace) y de malas decisiones (como no haber sabido estar a la altura durante el cáncer y consiguiente fallecimiento de Eric Carr). Pero, al mismo tiempo, sus reacciones ante determinados eventos y sus insólitos comportamientos sirven para retratar a Paul Stanley como a un santo Job.

Aunque luego esa presunta paciencia (al relatar, por ejemplo, las prisas por manejar las situaciones que él consideraba desesperantes) contraste con la agresividad de su argumentación. Y llaman sobre todo la atención las críticas a su “hermano” Gene Simmons. Aunque Gene Simmons siempre se ha sido considerado el cerebro detrás de Kiss, según Stanley, es él mismo el verdadero motor del negocio. Sin su liderazgo -dice Paul-, mientras Simmons estaba preocupado por su carrera cinematográfica, la banda habría desaparecido de la escena del rock. A Simmons lo valora como un “estratega calculador”, pero nunca como un “genio”.

Paul se jacta de haber sido quien descubrió los descalabros financieros producidos en los 80 por sus gestores fiscales, y también quien diseñó la estrategia de quitarse el maquillaje por pura subsistencia. Además, niega con rotundidad que toda la comercialización de los productos de merchandising fuera idea de Gene. Más bien fue su gerente y descubridor, Bill Aucoin, quien proyectó todo un dispositivo de marketing para obtener ingresos adicionales por la venta de productos relacionados con la banda. Partiendo de estas premisas, Dar la cara es también un manual sobre cómo crear una empresa de éxito. En él se nos muestran las dificultades económicas de los inicios, cómo eliminar a representantes y gestores económicos, evitar los problemas fiscales… facturando millones de dólares (por supuesto con mucho esfuerzo y ejemplar visión empresarial).

Las constantes alusiones a los méritos propios, por tomar las riendas en solitario y llevar a la formación a una carrera exitosa, son su orgullo y parece comprensible que exija un reconocimiento. Él magnifica sus habilidades, sus composiciones y su persistencia para que la marca Kiss prosperara. Pero no se comprende tanto que ridiculice a Criss y Ace y, negándoles el pan y la sal, no reconociera sus aportaciones musicales. Parece incomprensible que Paul nunca admitiera el valor de un buen guitarrista como Ace, auténtico artífice del sonido Kiss. Como la personalidad y voz de Peter, que incidieron directamente en el éxito de la banda. Su ego parece impedirle aceptar que sin ellos nunca volvió a ser lo mismo.

Donde Paul Stanley es extremadamente honesto es con la valoración de los errores creativos de la formación. Los discos Unmasked y el conceptual The Elder, los temas inéditos de “Let’s put the X in sex”, o protagonizar la película Kiss meets the Phantom, son calificados de “horribles y de mal gusto, y pésimo juicio”. Pero casi siempre su honestidad queda manchada por el espíritu de un desmedido orgullo. En los 90 tuvieron que decidir entre abrazar el grunge o volver al maquillaje con los miembros originales. Su elección fue la acertada porque las cuentas volvieron a ser millonarias. Paul no puede remediar narrar “sus” aciertos comerciales como si los números fueran el único objetivo de la gloria y los demás miembros solo fueran muñecos de paja.

Pero al éxito que obtuvieron, propiciado por la nostalgia, lo pagaron Ace y Peter con el abuso de las drogas y el alcohol. Y temporalmente la rueda de la victoria dejó de girar. Hasta el siguiente reemplazo con nuevos miembros. Ver que al público no le importaban los cambios le dio la idea a Stanley de que Kiss era mucho más grande que sus miembros: la banda podría ser eterna con nuevos componentes que interpretaran los personajes icónicos que crearon (“la gente viene a ver los personajes que creamos y lo que representan esos personajes. No es a mí a quien vienen a ver, sino a lo que yo encarno”).

Poco después, Paul comprendió que la fama y el dinero no le hacían completamente feliz. En el año 1998, Stanley interpreta el papel principal de El fantasma de la ópera. Además de sentirse identificado con el personaje, las vicisitudes y contradicciones de su figura le hicieron darse cuenta de que los problemas eran más profundos que su deformidad. Y, por fin, iba a hacer público su defecto de nacimiento. Descubre que encarar esa dificultad emocional, y contársela al mundo, le podría fortalecer. Y la guinda la puso al convertirse en portavoz de una organización que ayudaba a niños con problemas faciales.

A pesar de las fortalezas de las memorias de Stanley, de un hombre extremadamente concentrado y decidido a triunfar como músico de rock, hay un esfuerzo por pasar por alto el “monstruo egocéntrico” que lo ha perseguido desde la fundación de Kiss. Su narcisismo es producto de su intento por esconder sus defectos a toda costa, y convierte su inseguridad en una aparente fortaleza cuyo objetivo es que nadie le pueda hacer daño. Y, evidentemente, como narcisista nunca se identificará como tal. Sin embargo, su sinceridad y la trascendencia de sus declaraciones es tal que ocultan su afán por ser el centro de atención de todo.

Tampoco podemos desdeñar que la filosofía de vida de Stanley lo convierten en víctima de sus propias contradicciones. Para él, la familia y sus esposas parecen ser lo primero, pero no por encima de la libertad de su único vicio reconocido: el sexo. La mayoría de los episodios están plagados de sus excesos sexuales. Aunque luego esa actitud de la contracultura y la revolución sexual, en las que basó gran parte de la letra de sus canciones, fueron ingredientes claves para el éxito de la banda.

Cuando el libro va a llegar a su fin, un orgulloso Paul Stanley habla de la experiencia de ser padre. Llegó tarde a la paternidad pero parece compensarlo con amor y devoción. Aun estando en el ocaso de su carrera, ha cambiado el éxito por la felicidad y la lujuria por la estabilidad emocional. Dice amar a su esposa y profesa devoción por sus hijos. Todo parece irle de forma positiva.

En definitiva, esta autobiografía de Paul Stanley es introspectiva respecto a su vida personal, y satisface sobremanera verlo consciente de sus errores y defectos personales. Aunque también sorprenda que Stanley sea de los pocos que ha evitado los abismos de las estrellas de rock. Nunca se enganchó a las drogas y rara vez bebió alcohol. Y eso a pesar de sus constantes depresiones.

Personalmente siento que Dar la cara, una vida al descubierto, editado en castellano por Es Pop Ediciones, es un libro honesto. Y, a pesar de su mirada teñida de parcialidad, admiro a Paul por la pretensión de dar una visión sincera y perturbadora de su vida, su familia y Kiss. Pero, a la vez, me decepciona que en los puntos esenciales de la narración haya pasado la bayeta por la superficie de la mesa, sin darle brillo y sin conocer de qué material está fabricada. El lenguaje es coloquial y tiene un ritmo frenético que propicia la lectura. Pero la falta de profundidad lastra una obra que nos deja en un purgatorio de sensaciones. ¡El prólogo era tan prometedor! Kiss le abrió la puerta para explorar la vida, dice, pero a los lectores solo nos ha dejado en su antesala.


Lo mejor: un prólogo excepcional y relevante en el que se produce esa magia, el clic definitivo, que te hace sentir que cuanto venga después puede ser innecesario.
Lo peor: el contenido trivial y especulador frente a la profundidad y la reflexión del prólogo.


Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
Jesús Mujico on Facebook

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

7 + 19 =

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.