BLACKWATER CONSPIRACY – Two tails & the dirty truth of love & revolution: asalto a la élite

El compositor Igor Stravinski acuñó una frase para la reflexión: “los artistas menores toman prestado, los grandes artistas roban”. Una afirmación que rechaza la idea de que todo creador deba hacer un esfuerzo por diferenciarse. Pero, entonces ¿dónde quedan conceptos como originalidad o innovación? ¿Debemos asumir que la música es una materia ajena a las transformaciones, y que solo queda perfeccionar los mismos esquemas? 

Hay quien considera que lo que escucha solo tiene importancia en el destino individual; en su efectividad y funcionalidad más que en el propio proceso creativo y sus cábalas. Desde esa perspectiva, solo importa que una canción penetre, que impacte, que colme nuestras sensaciones, sin tener en cuenta “los filtros de calidad” ni el proceso de elaboración. Si el grueso de la masa sobrevive con emociones pasajeras (que ante todo activan su nostalgia), no es de extrañar que en este negocio los músicos utilicen fórmulas efectistas por encima de propuestas innovadoras

¿Y dónde quedan aquellas otras voces que, agotadas por las mismas recetas, buscan incansablemente nuevas secuelas donde refugiarse? Cualquier postura tiene cabida en la villa del señor de la música. Los artistas que roban obtienen el perdón y la complacencia de la masa. Pero sigue habiendo autores menores que, tomando de prestado, son capaces de definir un sonido propio y ajustarse a otras exigencias.

Sobre ese particular es fascinante el mundo de las “influencias”. Y es que la tendencia de quienes enjuician públicamente un trabajo musical es la de certificar sus influencias como señales necesarias para situar al lector con el tipo de sonido que se va a encontrar. Lo que sin duda fortalece la idea de que cualquier sonido tiene una raíz previa, y que la originalidad es inexistente. Evidentemente, la mayoría de las bandas suenan a otras bandas por la estrechez del dominio de una única influencia. Para muchos oyentes es perfecto, porque parten de una referencia para valorar su calidad. 

Pero hay quien prefiere bandas como Blackwater Conspiracy, que tiene tantos ascendientes que es complejo ubicarlas en el mapa de nuestra experiencia musical. El reto está en captar la complejidad de un sonido que baila con todos. Sintetizar la diversidad de influencias en vez de fijarse en una sola, es una forma efectiva de encontrar un sonido con personalidad. Y esa es la auténtica tarjeta de presentación de este segundo disco de los norirlandeses: Two tails & the dirty truth of love & revolution.

A veces, cuando escuchas un disco, sientes que sus creadores saben que se están embarcando en el periodo clave de su carrera. Aunque luego, claro, la calidad de su propuesta pueda ser insuficiente para la actual realidad del rock. No es fácil atravesar ese muro de hormigón de lo que seduce popularmente si tu único compromiso es el de transmitir el arte en el que crees. Y ése es el principal hándicap de este brillante redondo.

Empapado en las tradiciones del blues y el rock and roll, pero bendecido por la propia identidad musical y creativa de la formación, Two tails & the dirty truth of love & revolution es un paso adelante con respecto al debut de Blackwater Conspiracy. Su fortaleza reside en lo memorable de su profundidad. Donde las canciones funcionan mejor como álbum que como hits por separado, y donde se huye de la inmediatez y lo simple, en favor de cocerse a fuego lento en tu cerebro. 

Quizá también porque el corte intimista de más de la mitad de los temas expande tu conciencia como fruta prohibida, y es cuando más emociona la voz de Phi Conalane. Como en “Bird in a Coalmine” o “She gets me high”, dos baladas que además agregan a sus melodías algunos toques folklóricos irlandeses. Por su lado, “Tattooed & blonde” y “The healing (you & I)” tienen atmósferas más relajadas y de instrumentación clásica, y la melodía de esta última suena tan dulce como tomar un batido de chocolate. 

Sorprende también que, siendo norirlandeses, las influencias de Blackwater Conspiracy parecen ser principalmente americanas. Esto se hace más evidente en el tratamiento de las voces. La raíz de su sonido es el blues, pero también encontramos country y rock and roll. Solo con escuchar un par de compases de “Take it on the chin” y sus notas resbaladizas de guitarra, se descubre que el southern está muy presente. Y esas teclas en “Atlanta smile”, que acompañan en la lejanía a la melodía, tiene un sabor puro “boss”.

Conalane y el guitarrista Brian Mallon han estado juntos desde sus días de Million Dollar Reload, y es evidente la química compositiva. Lo demuestra por ejemplo el trío de ases de la apertura del disco, que mantienen una alta intensidad y merecerían ser tocados en cualquier estadio. Phil posee uno de esos estilos vocales que late con pasión en un momento y rezuma vulnerabilidad en el siguiente. Un claro ejemplo es “In another lifetime”, un auténtico cisne de balada entre tanto pato de azúcar sensiblera. Cuando agregas a la mezcla la destreza de Kevin Brennan al piano, y una voz que tira con fuerza para tocarnos el corazón, obtienes un verdadero tesoro musical; mientras que la épica de “Bird in a coalmine” queda adornada por las justas y adecuadas notas de guitarra del eficaz Brian. Nunca me he visto impresionado por los destellos técnicos, pero sí por el tono y la sensación. Es evidente que algunos guitarristas lo tienen casi todo, pero me inclino más por quien me hace llorar, como Mallon, que por quien impresiona por su sincronización. 

Con suerte, “Two tails & the dirty truth of love & revolution” cosechará el título honorífico de vencedor, para elevarse al siguiente nivel y obtener un reconocimiento merecido. Formaciones como Stone Broken, Dirty Honey y Blackwater Conspiracy han volado a contracorriente frente al pesimismo instalado de quienes pregonan de que el rock and roll está muerto como rentabilidad comercial. Y quién sabe si no habrá una revolución en marcha. Mientras esperamos la llegada de esa rebelión, lo que sí es seguro es que Blackwater Conspiracy están listos para dar el salto a la élite y su música merece ser escuchada por muchos. Al menos por todos aquellos que hacen caso omiso a las palabras de Stravinski y buscan sonidos prestamistas más que robados. 


Lo mejor: que de la frustración de ser ignorados surja la motivación para seguir insistiendo en la calidad de lo que crean y en lo que creen.
Lo peor: que el mercado los penalice por no tirar de fórmula.


Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
Jesús Mujico on Facebook

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

tres × 4 =

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.