RUSS BALLARD – It’s good to be here: rayos de una luz que se apaga

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En los años setenta, Russ Ballard podría haber sido uno de los grandes. De los grandes que todo el mundo conoce, quiero decir; porque, a pesar de no ser especialmente conocido, Ballard en los setenta era uno de esos compositores tocados por la gracia divina. Capaz de escribir más himnos de los que podrían entrar en discografías enteras de otras bandas. Su nombre rara vez aparece en rankings, pero cualquiera que lleve el tiempo suficiente escuchando rock ha oído el nombre de Russ Ballard aquí y allá, apareciendo de forma recurrente al lado de otros más ineludibles como Rainbow, Kiss o America.

Mencionar sus éxitos es innecesario para quien lleva el rock como una segunda piel, pero el hecho de que el artista siga en activo es algo que sí ha pasado desapercibido para mucha gente. Ya pasó en 2015, cuando It’s good to be here vio por primera vez la luz, en una discreta edición digital que casi nadie parece recordar. Ahora, cinco años después, Ballard lanza el mismo LP en formato físico, con nueva portada y mejor producción. 

It’s good to be here es, ni más ni menos, lo que podríamos esperar de un disco de Russ Ballard en un momento en el que a nadie le importa Russ Ballard. Como una estrella apagada que, a años luz de los escenarios, aún sigue irradiando luz, el cantante y guitarrista inglés consigue recordarnos su relevancia por la vía de algunos buenos temas y un gusto por lo comercial que no parece abandonar nunca. 

Los diez temas originales que Ballard presenta en It’d good to be here se sostienen con poco esfuerzo en un LP que se antoja, sin embargo, algo descohesionado, como la revisión mejorada de un boceto que aún no tiene versión definitiva. Y es que, aunque prácticamente todas las canciones son buenas (incluso las más ligeras y asépticas “Annabel’s place” y “Tidal wave” consiguen hacerse agradables de escuchar), la sensación es la de estar ante una colección de singles acumulados a través de los años.

No ayuda una producción que pretende ser moderna, pero que nace tan envejecida como la que otras bandas clásicas intentaron para subirse al carro del nuevo siglo (pienso, por ejemplo, en Forever more de Tesla). Canciones como “Time machine” o “Kickin’ the can” necesitaban menos procesamiento y mayor empaque (lo que, traducido al lenguaje musical, sería una buena banda y dinero para grabar). 

Son precisamente las canciones más desnudas, como “Wasted (the last ride)” o “Proud man”, las que aguantan mejor las escuchas repetidas, dejando que los matices sean descubiertos entre sus melodías y letras más que en las texturas de una voz pasada de efectos o unas baterías programadas. Así, sólo podemos imaginarnos lo que sería de canciones de la categoría de “Colliding” o incluso “My awakening” si cayesen en manos de un productor que esté al día, o incluso interpretadas por artistas pop que necesiten un buen single con sabor añejo. 

Porque, las cosas como son, Russ Ballard siempre destacó más como escritor que como intérprete. Quizá para recordárnoslo, It’s good to be here incluye tres clásicos popularizados por otras bandas (“New York groove”, “Since you’ve been gone” y “You can do magic”), en sendas revisiones que empeoran la conocida. Si el clásico de Hello pierde parte de su groove en una outro larga con palmas y ecos, los de Rainbow y America se convierten en baladas a piano, desnudas de todo el encanto que aquellas bandas imprimieron.

A pesar de todo, It’s good to be here es un disco estimable y entrañable en el mejor de los sentidos. Abundante en buenos momentos, todos los defectos se le perdonan por el regalo que supone poder seguir escuchando a un tipo tan esquivo como prodigioso. En algo tenemos que estar de acuerdo: es bueno que Russ Ballard esté aquí.


Lo mejor: volver a escuchar a Ballard en un nivel muy superior al de muchos coetáneos.
Lo peor: la falta de cohesión de un disco que no termina de traspasar la piel.


Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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