NEIL YOUNG + Promise of the Real – Earth: cosecha amarga

neil young earthEl sesgo natural que nubla todos nuestros juicios se convierte, cuando hablamos de nuestras bandas de cabecera, en un juego de luces y sombras. Luces que iluminan lo positivo, y que dejan en la oscuridad los aspectos menos favorecedores. Hablamos de la honestidad del cantante (luces) cuando adapta las canciones a una edad en la que la voz ya no alcanza (sombras), del gran espectáculo sobre el escenario (luces) cuando la banda ha sido musicalmente cuestionable (sombras), de unos músicos que siguen sonando como hace treinta años (luces) cuando los temas nuevos ya no son tan inspirados como entonces (sombras). En ese claroscuro, Neil Young ha cosechado durante su trayectoria tantos momentos brillantes como fallidos, y los ha sabido llevar con el estoicismo de quien se cree lo que hace, de quien hace lo que cree.

Siempre sin arnés, Young ha buscado los caminos más difíciles con el fin de llegar a sitios para los que la línea recta era suficiente. Lo hizo con la obra conceptual y cinematográfica Greendale, con el solo-pero-eléctrico Le Noise, con la grabación de bajísima fidelidad A Letter Home, con el solo-y-después-orquestado Storytone. El último lanzamiento del cantautor de Ontario, Earth, es otro más de sus numerosísimos experimentos que le hacen tambalearse entre la genialidad y el fiasco. Bastaba quizá anunciar el lanzamiento de un directo que recogiera lo mejor de la gira que le está llevando estos días por Europa, incluir un dvd y sacar algo de dinero extra. En cambio, lo que ha publicado con Promise of the Real es otro atrevimiento más con el que seguir estimulando una trayectoria que siempre tiene algo nuevo que ofrecer.

Earth no es un directo al uso. En un intento de dotar de contexto temporal al imperfecto pero fabuloso The Monsanto Years que ha venido presentando, el nuevo disco de Young y sus compañeros de viaje es un catálogo de canciones políticamente cargadas que ha ido publicando a lo largo de los años, y que encajan en la temática que más preocupa ahora a Young: la degradación medioambiental, la avaricia del hombre blanco, el respeto por el resto de seres vivos del planeta. Un objetivo encomiable, en la línea de uno de los artistas más indomables de América, que agrada por sus intenciones políticas más que por sus logros artísticos.

Desde la portada, que advierte de contenidos modificados, el nuevo lanzamiento de Young es más político que lírico, pensado no tanto para deleitar como para azuzar conciencias: si no hacemos nada por cambiar las cosas, no nos quedará mundo en el que vivir ni gozar de la música. Y, para hacer llegar su mensaje, se ha valido esta vez no sólo de su repertorio, sino también de un peculiar proceso de pospruducción para adornar las canciones con elementos llamativos pero no necesariamente acertados. Young advirtió de que en el disco tendrían voz los animales no-humanos del planeta, y no mentía: además de las ovaciones del público, se escuchan aquí y allá cacareos, mugidos, zumbidos y toda clase de sonidos ambientales entre el recurso poético y la parodia. Cuando el ruido de bocinas y motores inunda algunos pasajes, el mensaje es tan explícito que ruboriza.

El resultado, como era previsible, ha sido irregular y más bien prescindible. Podría haber sacado provecho de una de las formaciones más sólidas y versátiles con las que nunca ha girado, capturando el espectacular sonido que consiguen sacar sobre las tablas. Podría haber sido la excusa para comercializar las casi tres horas que dura cualquiera de sus conciertos en una edición de lujo. En cambio, estamos ante un doble que pierde ambas oportunidades: constreñido por la duración del vinilo al que se aferra como medida de todas las cosas, sólo trece canciones entran en el repertorio final. La producción, por su lado, se queda a medio camino entre el retoque tosco y el máster crudo de la mesa de sonido.

Young ha aprendido a no renunciar a nada, metiendo en el mismo trabajo lo mejor y lo peor de lo que es capaz, muchas de sus luces por otras tantas de sus sombras. No hay forma de negar los puntos flacos de un disco fallido, pero ni siquiera el propio Young lo haría: con sus imperfecciones e impurezas, Earth es un disco honesto y un nuevo intento por llamar la atención sobre un asunto que demasiada gente ha decidido ignorar. Un disco para completistas y para oyentes con oído generoso, agradable pero olvidable, que no salvará el mundo pero que tampoco rompe la cadencia de Neil Young: el viejo siempre vuelve para volver a sorprender.


Lo mejor: escuchar los temas más recientes, más el estreno «Seed Justice», y constatar que el pulso de Young no ha perdido fuerza.
Lo peor: lo que pudo haber sido y no ha llegado a ser.


 

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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